Teatralidad y realidad en el fútbol

Escribe Ary Cornell

Hace unos meses, en función de una nota que realicé para C5N, tuve el agrado de asistir a una clase de la "Escuela de Espectadores" que propicia Jorge Dubatti en el Centro Cultural de la Cooperación.

Los conceptos y la forma de transmitir de Jorge, siempre me parecieron brillantes pero hubo dos cuestiones que me llamaron mucho la atención y me dispararon, automáticamente, una reflexión sobre los modos y las formas que tiene el fútbol en estos tiempos.

Explicando una escena que representaba una reunión de los principales aspirantes a la corona de un país europeo durante la edad media, Dubatti desarrollo los conceptos de Teatralidad y Realidad.

La definición que dio sobre Teatralidad fue la siguiente:

"Ante un objetivo, generar en el otro un determinado impacto que lo convenza para obrar en consecuencia". Y la Realidad vendría a ser lo que sucede o se busca realmente.

Incorporadas estas definiciones, me puse a pensar que sufrimos un problema de ubicación en lo que es Real dentro del fútbol.

Desde chicos nos volvemos hinchas y, cuando no, fanáticos de algún equipo. Decisión que escapa a la razón, pero no al sentimiento por algo o alguien (un pariente, una localidad, algún desprecio), que nada tiene que ver con el pensamiento ni  la reflexión.

No hay diferencia real en ser hincha de Independiente de Rivadavia, Cambaceres o Belgrano si es que a esto, no le sumamos una carga emotiva representada en un club de fútbol.

Son 16 tipos que no conocemos entrando a un estadio que no nos pertenece a enfrentarse a otros 16 que tampoco conocemos, trabajando en un deporte en el que no influimos deportivamente por un trofeo que jamás tocaremos y ganando un dinero que nunca gastaremos.

Sin Embargo ahí estamos poniéndonos nerviosos, insultando, o alegrándonos por algo que nos es completamente ajeno a nuestra Realidad.

Esto sonaría ridículo e impensado si no tomáramos en cuenta que es lo que realmente nos produce esas sensaciones, aquello que simbolizamos en el equipo que alentamos.

Cuando a alguien desde una tribuna se le llenan los ojos de lágrimas mira al cielo y le dedica un campeonato un padre fallecido, está volviéndose parte de un plante de jugadores que no conoce y con los que no cruzo jamás una sola palabra, está trasladando el logro de un torneo por el que no ha entrenado un solo día, con el único fin de enmarcar en algo el amor a un ser querido. De igual manera, al encontrarnos con un resultado adverso, cargamos de nuestras propias frustraciones y enojos al partido que se disputa.

Hasta aquí no parece tan peligroso el asunto. Expresarse siempre es bueno, aunque sea a través de algo como el fútbol (precisamente esa es la esencia de una escena  teatral. Acciones que representan a otras).

Lo terrible es cuando ingresa en nosotros esto que explicaba Dubatti en esa charla, el concepto de teatralidad. "Ante un objetivo, generar en el otro un determinado impacto que lo convenza para obrar en consecuencia".

Esto es lo que sucede hoy en día en el fútbol y sus elementos. Ya sean barras bravas, dirigentes inescrupulosos, fabricantes de indumentaria o merchandising.

Se utiliza el cariño aquel que hemos simbolizado en algún equipo, para avalar unas conductas o  realizar unos gastos  que de otro modo no avalaríamos ni haríamos.

Por ejemplo, cuando le exigimos a un chico que trabaja de futbolista el dejar la vida en cada pelota, estamos diciéndole que si no lo hace, por decisión o por perro, la misma nos pertenece. Que si el 4 no llega al fondo a tirar el centro, o no vuelve defendiendo bien, le está faltando el respeto al equipo del cual somos hinchas, y en consecuencia a nuestro padre, a nuestra localidad y hasta a nuestros principios.

Estamos avalando con esto que unos violentos le destrocen sus pertenencias, lo amenacen de muerte, le roben y cuando no, lo golpeen.

Curiosas prácticas para mejorar el desempeño de alguien.

Si nos viniese a preguntar si queremos que propinen una golpiza, roben o amenacen a alguien, naturalmente nuestra primer respuesta será que no. Ahora si ese muchacho cometió el terrible agravio de hacer un gol en contra y ofender así a nuestras querencias más internas, si no está dejando la vida en cada pelota entonces, inconscientemente, con cada cántico propiciado por algún poeta barra brava que reclama un extraño acto de justicia barbárica, le estamos dando la autorización para  cualquier ilícito.

Si les pedimos que maten, ellos van y matan.

Digo esto con mucha preocupación, porque es una idea que se ha trasladado hasta a los mismos jugadores, ellos saben que si sus rendimientos o sus destrezas son paupérrimas se exponen a esta situación.

Escuché muchas veces a jugadores hablar del descenso como lo peor que les había pasado en sus vidas, que les da vergüenza ver a otro ser humano a los ojos después de haber perdido el clásico o que son hinchas desde la cuna y está situación les hace sentir desprecio por sí mismos.

Entiendo que esa desazón, ese odio sin análisis, no hace mejores jugadores, no dota de habilidad o claridad para dar un pase a nadie.

Curioso sería si trasladáramos esta exigencia a un trabajador de otro ámbito, imagínese al repositor de un supermecado dejando todo porque el azúcar esté ordenada, dando la vida en cada frasco de café con la etiqueta para adelante y acusando de falta de garra a quien marca los precios a desgano, para no hablar de cruzarse por el barrio con alguien de la marca rival llevando un pedido a domicilio, no va a dudar en insultar a sus progenitores.

Debemos separar muy bien el concepto de Teatralidad y Realidad en el fútbol. Es hora de pensar en nosotros y nuestras actitudes de una manera más lógica.

Con todo esto no pretendo que nos dé lo mismo quien sale campeón, pero sí que reflexionemos un poco más en nuestros actos a la hora de exigir y por sobre todo a donde está el límite en el que este deporte influye en nosotros mismos. Tengamos la claridad para separar qué produce los sentimientos individuales de cada uno, con lo que realmente es un partido de fútbol.  No dé la vida por Sarmiento de Junín, hágalo por sus hijos.

Si el único vínculo que tiene con un ser querido es llevar puesta una camiseta del mismo color, trabaje en la comunicación con esa persona y dígale que lo quiere, en vez de insultar a un tipo que está corriendo por el sustento de su familia. Si él falla en su juego, se irá de la actividad sin que nadie lo recuerde jamás y si el sistema del futbol le dio un lugar que no merece, agárresela con el sistema. Revolearle un encendedor por la cabeza no hará de este mundo un lugar más justo.

Si todo eso no le alcanza, entrénese, fórmese usted mismo un equipo y anótese en algún torneo, donde si tendrá derecho a reclamarle al equipo del que sí forma parte, un esfuerzo mayor para luchar por un trofeo que si tendrá la posibilidad de tocar y eventualmente ganar  unos botines al goleador que si usará.

Tratemos de potenciar el pensamiento y la inteligencia para mejorar a nuestro futbol y dejemos la enajenación un poco de lado, veo muchísimos tipos correr desaforadamente hacia adelante sin saber qué hacer con la pelota, y casi ninguno  parar un segundo el universo para mirar y pensar la mejor opción de pase.

Jamás en todos mis años, eh escuchado o repetido un cantico que refiera algo así como:

"jugadoooooreeesss..

Maldita sean sus madres,

pongan más cerebro,

que no juegan con nadieeee"

(Es simpático como cuando el equipo pierde con un rival inferior, no estamos incluidos en el cantico, no nos une lo mismo que cuando se gana en la última pelota).

Un especial recuerdo a Andrés Escobar y a Giovani Moreno, dos jugadores que fueron grandes victimas de teatralidad en el futbol, uno pagándolo con su vida, y el otro debiendo emigrar a otro país.

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