Peligro de otra guerra en el Golfo

*La captura de soldados británicos por parte de Irán amenaza con otro conflicto armado.
*Europa cerró filas en respaldo a Londres, acentuando el aislamiento del régimen iraní, pero también acrecentando el riesgo de otra conflagración.

Irán y Gran Bretaña quedaron en la cornisa de un conflicto armado. La captura de los soldados británicos por parte del régimen iraní, podría marchar hacia un callejón sin salida, si la diplomacia secreta que desde hace días desarrolla intensas negociaciones a la sombra no encuentran en ambos gobiernos algún atisbo de voluntad negociadora. Ocurre que se han dado en una dirección sin retorno. Para liberar a los soldados capturados, Irán exige de Londres un pedido de disculpas; pero a esta altura de los acontecimientos, pedir perdón sería para los británicos una humillante capitulación.

El problema es que, a esta altura del conflicto, liberar a los efectivos sin que medie la disculpa exigida equivaldría para el régimen iraní a una derrota demoledora. Por lo tanto, el nudo gordiano del asunto consiste, precisamente, en que ninguna de las partes puede conceder sin sentirse derrotado.

Hace tres años ocurrió un incidente idéntico que, sin embargo, se resolvió en pocos días. En aquella ocasión, Londres admitió una “incursión accidental” en aguas iraníes y se disculpó oficialmente, logrando de Irán la inmediata liberación de los marines entonces capturados.

Por qué entonces el mismo caso, al repetirse ahora, pone a los dos países en pie de guerra. La diferencia es que en la ocasión anterior, el presidente iraní era Mohamed Jatami, líder de las fuerzas reformistas que promovió desde el gobierno apertura política y acercamiento a las potencias de Occidente con las que tanto se había enfrentado el padre de la revolución islámica Ruholla Jomeini.

El gobierno moderado de Jatami actuó para evitar que desde Irán se enviara armas a la milicia chiíta del radicalizado Multad al-Sadr, por lo que no abundaban los incidentes fronterizos. Además, en aquella  ocasión las imágenes satelitales mostraban claramente la violación territorial británica.

Hoy el presidente de Irán no es el moderado y conciliador Jatami, sino el ultrafundamentalista Mahmud Ahmadinejad, y desde que llegó al poder los cargamentos de explosivos viajan permanentemente desde Irán al sur iraquí, donde la población es chiíta y la ocupación militar es británica.

LA ZONA                                  



El río Shat el-Arab, donde se produjo el incidente, es la confluencia del Tigres y el Eufrates, y su desembocadura en aguas del Golfo Pérsico es a través de un estuario plagado de pantanos donde la geografía se vuelve compleja.


Por eso en esa zona, hubo litigios fronterizos desde los tiempos en que Irak era una provincia del Imperio Otomano. Esas disputas y diferendos territoriales, producidos la dificultad de delimitaciones claras en una geografía particularmente accidente, pusieron varias veces en pie de guerra a iraquíes e iraníes. Pero en 1975, el entonces presidente de Irak, Hassan al-Bakr, y el sha de Persia reza Pahlevi, firmaron los acuerdos de Argel estableciendo una demarcación definitiva.


Sin embargo, cinco años más tarde, Saddam Hussein hizo estallar la guerra irano-iraquí invadiendo, precisamente, la zona en litigio del estuario del Shat el-Arab.


Nadie olvida en Irán que por los difusos límites de ese delta pantanoso estalló una guerra que duró ocho años y dejó un millón de muertos. Y que Gran Bretaña, potencia que está ocupando en forma ilegítima las tierras chiítas del sur de Irak, no respete la soberanía iraní excita el nacionalismo persa y favorece la política confrontacionista de Ahmadinejad.


No obstante, el régimen de Teherán también sabe que debe cuidarse de dar la excusa que las fuerzas angloamericanas están esperando para lanzar un ataque sobre los centros nucleares iraníes situados en Bousher, Izfahán, Natanz y Arak.


Por eso, hasta aquí, la política confrontacionista de Ahmadinejad ha consistido en provocar sin llegar a puntos sin retorno. Pero está vez, posiblemente, transgredió un límite particularmente peligroso.
Usando una metodología típica de las organizaciones terroristas sunitas iraquíes (que exhibía degüellos y decapitaciones a través del canal qatarí Al Jazzera) difundió imágenes de los marines capturados. Quizá esperaba reforzar la hostilidad de la mayoría de los británicos contra la decisión de Tony Blair de embarcarse en las aventuras militaristas de Bush. Sin embargo, ver a una soldado inglesa de 26 años, madre de un pequeño que la espera en el Reino Unido, con un pañuelo islámico en la cabeza y pidiendo disculpas, desató una ola de ira en la prensa y el pueblo de Gran Bretaña.


Los expertos en lenguaje corporal explicaron algo que las imágenes mostraban con claridad: el fuerte estrés y estado de tensión que evidenciaba la joven, le quitaba credibilidad a su mensaje.
Después de esa imagen, la indignación generalizada se convirtió en una presión sobre el gobierno de Blair, que quedó con poco margen para negociar y realizar concesiones sin que parezca una humillante rendición frente al desafiante Ahmadinejad.

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