Polonia y el riesgo de la esquizofrenia política

*Tras haber sido un modelo de salida del totalitarismo y de construcción democrática, el país gobernado por dos hermanos gemelos, ultraconservadores y caricaturescos, muestra el peligro de retroceso que implican los liderazgos ideologizados y estridentes.

Polonia se ha convertida en una patética demostración del desvarío al que pueden conducir los líderes exaltados; aquellos que hacen política dramatizando la realidad y construyendo poder sobre los miedos y las divisiones de la sociedad.


 


Gobernados por los hermanos Kaczynski, gemelos tan idénticos en lo físico como en lo mental, los polacos parecen sacudirse en extrañas convulsiones. En todo caso, está claro que han dejado de avanzar y que se encuentran a la sombra de las peores prácticas del nacionalismo extremo.


 


El país donde el comunismo dio figuras notables como Gomulka y donde el Estado totalitario, atrincherado tras la Cortina de Hierro,  comenzó a derrumbarse cuando el electricista de los astilleros Lenin  de la ciudad de Gdansk y líder del sindicato católico Solidaidad, Lech Walesa, embistió contra el general Wojciech Jaruzelsky hasta derribarlo. Nada menos que ese país es el que ahora gobiernan dos figuras caricaturescas que han hecho de la histeria y del juego sucio la regla básica del poder.


 


Después de iniciar con la ayuda del Papa Juan Pablo II el movimiento sísmico que terminó sepultando a la mismísima Unión Soviética, derribando el Muro de Berlín y desintegrando el Pacto de Varsovia; Polonia marchó con pasos tambaleantes pero decididos en dirección del sistema democrático y de la economía de mercado.


 


Como presidente, Lech Walesa fue clave en la democratización institucional, pero su raíz fuertemente católica hizo que su gobierno fuera tímido e inhibido en la construcción del capitalismo.


 


Curiosamente, su sucesor en la presidencia, quien se había formado en el Partido Obrero Unificado de Polonia (POUP), la versión polaca del partido comunista y fue funcionario del régimen colectivista, llegó al gobierno prometiendo economía de mercado y fue quien empujó al país en esa dirección, imprimiéndole un fuerte impulso.


 


Por cierto, antes de ser presidente Alexander Kwasniewski había reciclado al POUP, convirtiéndolo en un moderno partido socialdemócrata. Sin embargo, a renglón seguido, la política polaca empezaría a desvariar, demostrando que ni siquiera el éxito de haber ingresado a Europa, la concreción de esa vieja aspiración mayoritaria que era ser parte de la OTAN y, principalmente, el despegue de la economía y la mejora en el bienestar social, conjuran el riesgo de peligrosos retrocesos.


 


En la última elección, los polacos se dejaron seducir por el discurso duro y estridente del derechista Partido Ley y Justicia, convirtiendo a Lech Kaczynski en presidente y su hermano gemelo, Jaroslav, en primer ministro.


 


Por cierto, enterrar los crímenes del pasado totalitario no es bueno, pero la forma en que este dúo derechista encaró la revisión histórica desató una casería de brujas.


 


La razón es una ley que obliga a los ciudadanos a confesar cualquier tipo de colaboración que hayan tenido con la policía política del régimen, dividiendo a los polacos entre puros e impuros y también enfrentándolos mediante la creación del Instituto Nacional de la Memoria que, en los hechos, actuó como una máquina de perseguir y descalificar.


 


A esa altura, la moderación y el equilibrio ya habían sido desterrados de la política. Por caso, el ex presidente Walesa, quien conoció las cárceles y los neurosiquiátricos donde el régimen de Jaruzelsky encerraba a los disidentes, repudió esa forma de revisar el pasado, calificando a los hermanos Kaczynski de “imbéciles” y de estar “enfermos de estupidez”.


 


Juego sucio


 


Todos los gobiernos tienen su Fouché, aquel ministro del Interior francés que creó el espionaje moderno y lo usó para, mediante intrigas y conspiraciones, destruir a los enemigos del Estado napoleónico y, dentro de él, a sus propios adversarios.


 


El Fouché de los hermanos Kaczynski es Janusz Kaczmarek, el ministro del Interior encargado de practicar el juego sucio. Y mediante este oscuro personaje intentó el primer ministro Jaroslav Kaczynski deshacerse de los dos socios de la coalición gubernamental a los que empezó a considerar incómodos.


 


Esos aliados del gobierno son Autodefensa, un partido populista de origen campesino, y la Liga de las Familias Polacas, que encarna la visión más moralista, ultracatólica y recalcitrante de la derecha. Sus respectivos líderes, Andrej Leeper y Román Giertych, han venido cuestionando al primer ministro gobernar sin consultarlos ni darles participación en nada. Y para librarse de ellos sin perder el apoyo de los dos partidos en el Parlamento, el jefe de gobierno le encargó a su ministro del Interior instrumentar algún complot.


 


Kaczmarek, valiéndose de la Oficina Anticorrupción, inició la tarea sucia por Leeper, quien además de vicepremier es ministro de Agricultura, teniéndole una trampa en la que encontrara la tentación de un soborno.


 


El plan fracasó porque, alertado al respecto, Leeper no mordió en anzuelo sino que, por el contrario, denunció la oscura conspiración haciendo estallar el escándalo que rompió la coalición de gobierno y obligó al presidente Lech Kaczynski a convocar elecciones adelantadas.


 


Los polacos irán nuevamente a las urnas en octubre, pero volverán a encontrar entre las boletas a partidos extremistas de todos los colores aunque primordialmente ultra católicos, ultra nacionalistas y de extrema derecha. ¿Insistirán en subyugarse con el vociferante discurso exaltado de los líderes estridentes? ¿O volverán a la búsqueda de la reflexión serena y la propuesta equilibrada?

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