Rating: ¿Para qué serviría prohibir el minuto a minuto?



  • En Chile, el Senado aprobó el proyecto de ley que prohíbe la medición de la audiencia televisiva en línea, y estalló la polémica. Algunos dicen que así mejorarán los contenidos. Otros, los acusan de querer tapar el sol con la mano. ¿Vos qué pensás?

El Senado chileno dio el primer paso legislativo para prohibir la medición de la audiencia televisiva en línea a través del dispositivo “people meter”, que permite conocer el rating minuto a minuto. El senador de la Unión Demócrata Independiente (UDI), Jaime Orpis, autor de la iniciativa, argumentó que la implementación de dicho sistema “ha contribuido significativamente al paulatino deterioro de la calidad de los contenidos de la televisión”. Y agregó: “En nuestro país, existe excesiva violencia, y eso conlleva a su vez a que vivamos en una sociedad más agresiva”.


 


El proyecto legislativo había nacido bajo el signo de la polémica. Tiempo atrás, el senador Roberto Muñoz Barra del Partido Por la Democracia (PPD) manifestó: “Aunque tiene muy buenas intenciones, creo que ligar el sistema de medición on-line a la calidad de la televisión es como tapar el sol con un dedo”.


 


Globalizado como está el mundo, es posible que, tarde o temprano, la discusión se traslade a la Argentina, donde el sistema de la medición en línea minuto a minuto se implementó en 2006. A mi modo de ver, lo único que se podría conseguir con su supresión sería que los canales respetaran  los horarios pautados para la puesta al aire de los programas. Y no mucho más que eso.


 


Para los programadores, el hecho de conocer al instante cuánto rating consigue lo que se está viendo en pantalla trae aparejada la tentación de prolongarlo o acortarlo, a costa de lo que sea: el ciclo que viene después, el derecho del televidente a confiar en la grilla de programación, el derecho de los anunciantes a que los avisos pautados en un ciclo que debería verse a las once de la noche, por caso, no terminen saliendo a la madrugada del día siguiente. Pero así y todo, las posibilidades de ceder a esa tentación es relativa. En la práctica, sólo resulta aplicable en los ciclos que se emiten en vivo. De todos modos, en materia de ordenamiento horario admito que el minuto a minuto ha contribuido al descalabro.


 


Lo que me cuesta creer, en cambio, es la simplificación que le endilga al modo de medición de la audiencia la mejor o peor calidad de los programas. Si la memoria no me falla, en la TV hubo programas excelentes, buenos, regulares y malos desde muchísimo tiempo antes de que se estipulara el minuto a minuto. Desde siempre, diría. Nada que no suceda con cualquier realización humana: siempre las hay mejores, peores y pésimas.


 


Todavía menos verosímil me resulta la relación que plantea el senador chileno Jaime Orpis entre el rating medido en línea y la violencia social. Ojalá fuera como él dice, porque la solución a ese terrible flagelo que, dicho sea de paso, existe desde Caín y Abel, sería de lo más sencilla. Y, de verdad, no creo que lo sea. La tendencia a ver en la TV la causa de todos los males me suena a una perfecta mezcla de cinismo e ingenuidad. Suponer que el mundo se volverá más justo y los hombres más solidarios o menos agresivos cuando cambien los contenidos de la pantalla es una quimera que sólo puede conformar a quien conserve la inocencia de un niño de cuatro años o al malintencionado que prefiera atacar la consecuencia a fin de asegurarse que nadie invierta su energía en combatir las causas.


 


Que en el mundo hay violencia no es más que una verdad de Perogrullo. Que cambiando la tele reinará la paz es un dislate mayúsculo. Y si no, pregúntenle a Bin Laden cuánto le importa lo que se emite en el prime-time. Al discutir sobre estos temas, a veces olvidamos una evidencia gigantesca: aunque muchos hayamos llegado al mundo después de que se hubiera inventado la TV, antes de ella hubo vida en el planeta. Y la Historia da cuenta de las atrocidades cometidas por los hombres sin necesidad de que fueran televisadas. La tele fue parida, es hecha y es consumida dentro de la sociedad, y no a la inversa. En este caso, el orden de los factores no es intercambiable.


 


Y si vamos a desvelarnos por las mediciones, debo decir que a mí me quita mucho más el sueño el índice inflacionario que la disputa entre Telefé y Canal 13. El porcentaje de la inflación me pega, como a todos, directamente en el bolsillo; y reciente mi calidad de vida sin dejarme ninguna opción. ¿O acaso puedo detenerlo con la presión de un dedo sobre el control remoto? No sólo estoy imposibilitada de frenarla, sino que como vivo en la Argentina ni siquiera dispongo de datos fidedignos respecto del aumento en el costo de vida.


 


La televisión es una contingencia en mi biografía: si quiero, la miro y si no, la apago. Pero el supermercado es necesario. Y, según admite el INDEC, las góndolas están cada vez más lejos de mi billetera. Para peor, la billetera me sopla diariamente que la distancia que la separa de la canasta básica es todavía más larga de lo que dice el Instituto Nacional de Estadística y Censos. Sin miedo a equivocarme, apuesto a que a la mayoría de los habitantes de la República están en situación de decirme: “¿Sabe qué? A mí me pasa lo mismo que a usted”


 


En ese marco, la pelea que libran los canales (minuto a minuto, hora a hora o día a día o mes a mes) por un punto de rating me inquieta menos que el pronóstico del tiempo en las Islas Baleares.

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