Rebelión budista y represión brutal en Myanmar



  • Los venerados monjes de este país asiático, la antigua Birmania, finalmente salieron a encabezar las protestas suponiendo que su presencia detendría la represión. Pero el régimen militar ordenó abrir fuego dejando muchos muertos y heridos.


  • La historia de un país que cambió su nombre y que está cambiando de lugar su capital.

Puede parecer un lugar remoto, allá en el Golfo de Bengala, entre China, India y Tailandia, pero lo que ocurra en Myanmar es importante para el mundo, porque se trata de un pueblo luchando contra una feroz dictadura militar en un rincón del planeta donde la democracia escasea.


 


A pesar de la bestial represión y de las víctimas fatales que está cobrando, decenas de miles de personas siguen en las calles de Rangún y de Mandalay, las dos principales ciudades.


 


Encabezan las multitudinarias protestas los monjes budistas, que son las figuras más reverenciadas por el pueblo birmano. Y el epicentro de la rebelión pro-democracia está en Shwedagón, la pagoda más importante de Rangún.


 


La rebelión popular comenzó por el aumento de los combustibles en un país rico en gas y petróleo, pero que en lugar de invertir en extracción y refinado, dilapida los fondos públicos en una endémica corrupción y en la faraónica construcción de una nueva ciudad, Naypyitaw, para que reemplace a Rangún como capital.


 


Myanmar, la antigua Birmania, es una ex colonia británica donde, en 1962, se perpetró un golpe de Estado: el general Ne Win derrocó al presidente U-Nu y proclamó la “república socialista”.


 


Este militar de izquierda mezcló marxismo, nacionalismo y budismo para crear la doctrina que él denominó “La vía birmana al socialismo”, ideología que no tuvo mucho éxito ni en lo económico ni en lo social.


 


En 1988, una conspiración interna desplazó del poder a Ne Win, acusándolo de ser demasiado blando con la oposición y, por ende, poner en peligro el régimen.


 


Desde entonces gobierna una junta militar presidida por el general Than Shwe, personaje casi imperceptible que decidió cambiarle el nombre al país. Y la antigua Birmania pasó a llamarse Myanmar.


 


El uso indiscriminado de la fuerza es el rasgo de este régimen corrompido y brutal. En la década pasada aniquilaron buena parte de la etnia karen, una minoría cristiana que habita la región fronteriza con Tailandia, con el pretexto de aplastar a la guerrilla que lideraban dos niños de diez años: los hermanitos Too.


 


Por presión internacional, en el 2003 permitieron elecciones legislativas, pero como ganó la opositora Liga Nacional por la Democracia, el comicio fue anulado y se proscribió a la fuerza opositora.


 


La líder de esta oposición al régimen militar, Aung San Suu Kyi, lleva años bajo arresto a pesar de haber recibido una Premio Nóbel de la Paz y de ser la hija de uno de los próceres de la independencia: el general Aung Sang.


 


Con la máxima referente de la disidencia aislada en un arresto domiciliario, la única esperanza del movimiento que inició esta protesta estaba puesta en los monjes budistas.


 


Pero este sector tan respetado por la sociedad birmana, nunca se había pronunciado sobre la dictadura militar.


 


Esta vez lo hizo. Los monjes salieron a las calles a encabezar las protestas, suponiendo que su presencia impediría la represión, pero los efectivos militares lo mismo abrieron fuego y varios bonzos resultaron muertos o heridos.


 


Esto evidencia que nada detiene al régimen, y que la junta presidida por el general Than Shwe, en la medida en que más se corrompe, más paranoica se vuelve, ergo, aumenta la represión.


 


Myanmar está aislada del mundo y su dictadura sólo tiene el reconocimiento y la ayuda de China. Pero la valiente rebelión de estos días, el hecho de que se hayan sumado los venerados monjes budistas, y la brutal represión de la protesta, quizá produzca la reacción internacional y la consiguiente presión que ayude a poner fin a una dictadura de 45 años.

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