¿SABIAS QUE NADIA YA GANO?
Enterate por qué la participante más polémica de Gran Hermano, nominada junto a Leandro para abandonar la casa, ya es ganadora. Tal vez, ella no lo sabe aún, pero estoy en condiciones de adelantar que ganó. Y mucho más de lo que vos te imaginás.
Mientras el público vota para decidir quién de los dos nominados -Nadia y Leandro- deberá abandonar la casa de Gran Hermano, estoy en condiciones de adelantarte que Nadia Epstein ya es ganadora. Es probable que ella aún no lo sepa, pero ya triunfó. Y ganó mucho más de lo que vos te imaginás.
Antes de revelarte en qué consiste el preciado botín que Nadia obtuvo en el reality-show de Telefé, recapitulemos algunos datos sobre la chica que al principio del juego, concitó la atención del público aludiendo a su relación con un hombre supuestamente conocido al que apodó Rocky y que en el último tiempo, cobró protagonismo por sus peleas con otra de las participantes, la tucumana Marianela.
Nadia tiene 25 años y es madre de dos hijas que no viven con ella, aunque las trata a diario. Según contó en tantas noches de desvelo, durante la adolescencia, se escapó de la casa de su madre, junto a su hermana melliza, Natasha. El motivo de su huida, dijo, fue que se sintió abandonada por su mamá, una mujer a la que el mundo se le derrumbó el día que su marido la dejó. Así las cosas, la polémica Nadia y su hermana deambularon por las calles. Cuando las vencía el sueño, se sentaban en un café de algún shopping y dormitaban sobre la mesa. A poco andar, Natasha dijo “basta para mí”, se bajó de esa suerte de “Thelma & Louise” en versión urbana y sin auto, y regresó al hogar materno.
Nadia siguió en sus trece, consiguió alojamiento en casa de una amiga y siguió camino adelante. A rodar, mi vida. Después vino el primer embarazo, a los 17 años. Y allí donde más de una habría antepuesto sus razones a la vida del bebé que llevaba en el vientre, Nadia se cargó las circunstancias al hombro, se hizo dos veces fuertes y buscó, como pudo, un lugar en el mundo para ella y su hijita.
En la actualidad, trabaja de cajera y bailarina en un boliche. Lo que gana le alcanza para sobrevivir pero sueña con tener una casa donde ir a vivir con sus niñas. Fue en busca de la plata para comprar el techo que llegó a “Gran Hermano”, según ella. Puesta a jugar, Nadia hizo lo de siempre: lo que pudo. Desde la primera gala, marcó territorio con excelentes reflejos mediáticos: en medio de 18 desconocidos, apareció como la chica que lo llamaba “Georgie” a Jorge Rial. Enseguida lanzó el anzuelo del tal Rocky al mar del morbo colectivo, y comprobó que había pique. Después, tejió alianzas y las destejió; se ofendió con Marianela; en la fiesta hot, semidesnuda, trató de seducir a la platea masculina restregándose contra un caño; en ocasiones, hasta se atrevió a hacer pucheros, y consiguió ser consolada; alguna vez, se disfrazó de guionista de culebrones y escribió para sí el papel de la enamorada que, maldiciones del destino, llegó tarde a la cita con el corazón de Damián.
Entre sus compañeros, despertó amores y odios. Con todo, hasta ahora, la había ido llevando. Pero lo que no pudieron hacerle los contrincantes en el juego, se lo hizo su carácter: enardecida contra Marianela, perdió las riendas de su propia estrategia y se puso a echar pestes, noche y día. Insuflada de ira, Nadia se mostró como es: políticamente incorrecta en una sociedad donde los buenos modales cotizan mejor que la sinceridad arrebatada. La diplomacia y los mohines de chica incomprendida que esgrimió Marianela triunfaron sobre el tsunami Nadia. Y ahora que le ha llegado la nominación, fuera de la casa se han encargado de colgarle todos los motes de la descalificación. La acusaron de barrabrava, de mitómana, de intrigante, de tirar la piedra y esconder la mano.
Convengamos: puesta enfrentar el veredicto del público, Nadia llega debilitada. Es lo de menos, porque ella, créeme, ya ganó. ¿Cómo lo sé? Te voy a revelar mi fuente: me lo dijo la pantalla del televisor, hace unos días.
¿Querés saber cuándo y por qué supe que Nadia había ganado? Fue la tarde en que desbordada de furia contra Marianela, admitió que se contenía porque estaba sometida a las reglas del juego televisivo. “Afuera, esto yo lo arreglo a las piñas”, dijo. Después, la observé masticando bronca en el confesionario, donde reiteró sus deseos de resolver a los golpes las diferencias con la tucumana mientras recordaba para sí y en voz alta la norma de “Gran Hermano” que la obligaba a contenerse: quien ejerza violencia física contra un compañero será expulsado de inmediato. En el tira y afloje entre el arrebato de los impulsos y los consejos de la razón, Nadia acalló la voz de sus puños, y la sangre no llegó al río. Entonces supe que era una ganadora: esa muchacha de biografía zamarreada había vencido a los demonios de la ira.
Defenderse a los golpes: eso le enseñó a Nadia la ley de la calle. “Gran Hermano”, un programa de TV que la obliga a convivir con gente a la que no ha elegido, la está entrenado, paso a paso, en el camino de la tolerancia y la contención de los impulsos. Ojalá que el público le de la oportunidad de quedarse en la casa para que pueda seguir ejercitándose en la gimnasia del autocontrol. Eso no es fácil ni se logra en dos meses. Pero si la gente le da la espalda y Nadia pierde a manos de su adversario Leandro en la pulseada de las nominaciones, desde esta columna me permito decirle algo: Nadia, a ninguna persona impulsiva le resulta sencillo domar al potro desbocado que le quema en el pecho. Pero muchos lo logran. Vos comenzaste del modo más complejo: en una vidriera donde te observan y te juzgan millones de argentinos. Es probable que hoy o mañana, el animal vuelva a salirse con la suya y te obligue a morder el polvo. No es grave: sólo tenés que levantarte. La lucha contra la ira es larga y, como dirían en “Gran Hermano, tenés perfil de ganadora.
Fuerza, Nadia.
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