Si yo fuera Paula Robles…
*Han comenzado a sonar cantos de sirenas dirigidos a la bailarina que cosecha altos picos de rating en “Showmatch” sin necesidad de hacer nada que no sea bailar con su soñador. Si yo estuviera en el lugar de Paula tomaría una decisión tajante. Te cuento cuál.
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Puesto a juzgar el desempeño de la pareja en la pista, el jueves último, un miembro del jurado, Jorge Lafauci dijo: “La señora Robles, con todo el respeto, tendría que perder un poco la timidez cuando entra al escenario. Me parece que es como que ella está dispuesta a bailar y nada más. Todo el comienzo es como que lo sufre y lo padece en vez de gozarlo, aunque sonría”.
¿Cuál es el problema si Paula Robles está dispuesta a bailar y nada más? ¿A qué otra cosa tendría que estar dispuesta? ¿A emular a Silvia Süller en el momento en que Tinelli la presenta? ¿A aderezar el show haciendo guantes como Alejandra “Locomotora” Oliveras, cuando el oficio de Paula no es el boxeo? ¿A lanzar dardos verbales contra quien sea a fin de alimentar los programas de chimentos del día siguiente? ¿A desesperarse por llamar la atención antes por sus dichos que por su destreza en la danza?
El mismo jueves, minutos más tarde, en diálogo con Marcelo Tinelli, una de las participantes del certamen, Rocío Marengo, interpretó su paso de comedia. Dijo que junto a Nazarena Vélez estaban conformando “un grupo de piqueteras fashion para ayudar a las sentenciadas” semanalmente en “Bailando…”. “La queremos a Paula _agregó_ pero estamos en tratativas; nos tiene miedo”.
Está claro lo que algunos esperan de Paula Robles: que se integre a la superpoblada galería de personajes mediáticos. Pero a juzgar por lo que se ve, ella volvió a la tele para hacer lo que sabe: bailar. Y a juzgar por los picos de rating que consigue “Showmatch” cada vez que ella baila, son multitud los espectadores interesados en verla hacer lo que sabe.
A mi entender, la conducta televisiva de Paula Robles demuestra que es posible remar contra la corriente que pretende exigirles a todos los que aparecen en la pantalla -sean bailarines, periodistas, políticos, médicos o diseñadores- que la jueguen de cómicos y compongan un personaje.
Si yo fuera Paula Robles haría oídos sordos a esos cantos de sirenas. Si yo fuera Paula Robles seguiría repitiendo lo que ella hizo hasta ahora: ensayar con su soñador cuatro horas diarias, sonreír cuando sale a escena, demostrar en la pista que es bailarina por derecho propio y que está allí por sus condiciones para la danza que, como todos saben, no es un bien conyugal.
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