#FilosofíaAplicada El anillo de la impunidad

Sociedad

El bochornoso final del partido de fútbol más importante del año y los casos de violencia de género que se esparcen cual epidemia por nuestra sociedad tienen un punto en común: la impunidad de la que gozan los violentos quienes acaban sintiéndose con el derecho de legislar y decidir sobre la vida de los demás. Llegados a esta altura de las circunstancias, ¿se podrá revertir esta tendencia? ¿De qué depende?

En el libro II de la República, Platón nos presenta una curiosa leyenda que busca explicar algunas conductas humanas con respecto a lo que consideramos como "justo" e "injusto". Allí cuenta la historia de Giges, un pastor que logra encontrar luego de algunos fenómenos climáticos un anillo de oro en el vientre de un caballo de bronce que le pertenecía a un cadáver que yacía dentro de la réplica del animal. Un día, moviendo a manera de juego su nuevo anillo, Giges se percató de que al girarlo tenía la capacidad de hacerlo invisible (sí, Platón escribió sobre el "anillo único" varios cientos de años antes que Tolkien). Al encontrarse este pastor con semejante poder entre sus manos, lo utilizó nada más ni nada menos que para seducir a la Reina y matar al Rey con su ayuda, de manera tal de apoderarse de su reino.

Así pues, la moraleja que pretende enseñar esta pequeña leyenda es que los humanos actuamos conformes a la justicia sólo porque podemos ser vistos, porque tenemos miedo de ser juzgados y condenados por la mirada de los demás pero que, si de alguna forma lográramos "hacernos invisibles", nada nos detendría para cometer cualquier tipo de injusticia que nos provoque algún placer o ganancia.

Los humanos actuamos conformes a la justicia sólo porque podemos ser vistos

Ahora bien, aunque no poseamos ningún tipo de anillo mágico, cuando tomamos noción de que en ciertos momentos podemos no ser castigados por nuestras acciones, ¿acaso no actuamos injustamente? Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos estacionado en doble fila porque sabíamos que no había inspectores de tránsito en la proximidad? De esta manera podemos entender que la impunidad no sólo es un mal de nuestra sociedad porque deja sin pena a quien actuó con iniquidad, sino porque también propicia que se sigan cometiendo episodios similares al volvernos invisibles ante los ojos de la Justicia.

Por tal caso, con respecto a los múltiples actos de violencia hacia las mujeres que salen a la luz día tras día, podemos comprobar que en la gran mayoría primó la impericia de las autoridades quienes desestimaron denuncias previas o ni siquiera actuaron ante las ya consumadas. Por ello, cuando se eleva un reclamo multitudinario contra este tipo de maltrato, no sólo se busca realizar un llamado por el respeto hacia los demás, sino también por un sistema judicial que pueda abordar de manera eficiente los casos violentos tanto para penarlos como para prevenirlos. Consumado el hecho, la golpiza, el asesinato o el acto vandálico como lo sucedido en la cancha de Boca Juniors, pareciera que recién ahí se efectúa el acto jurídico, aunque como sabemos, en muchos casos ni siquiera en estas instancias se logra ejercer justicia.

No obstante, pensar que sólo actuamos bien por el miedo al castigo puede acarrear sus complejidades. ¿Dónde queda entonces la voluntad propia? ¿Dónde la conciencia y el respeto por el otro? El filósofo alemán Immanuel Kant proponía una ética, es decir un pensamiento al respecto de cómo debía actuar el ser humano moralmente, en donde el accionar no debía estar condicionado por el fin a obtener, si no por el deber mismo. De tal manera, la buena voluntad sólo se da cuando actúa por el deber en cuanto deber, sin importar las consecuencias de los actos. ¿Cómo describir este deber? Tal vez la afirmación "no tomar a ningún humano como medio si no como fin en sí mismo" nos de buena muestra de ello.

Pensar que sólo actuamos bien por el miedo al castigo puede acarrear sus complejidades

Así pues, lo que postulaba era que cada uno se hiciese cargo de sus actos y que cuando se actuara moralmente no se lo haga por temor a una represalia, si no porque sea algo bueno en sí mismo. Si nos detenemos a pensar, un sistema judicial que esté presente en cada una de las acciones humanas sería imposible, casi tan inverosímil como pretender que haya un policía por cada ciudadano. Es decir, si seguimos actuando "bien" sólo por el temor a la condena, cuando la arbitrariedad se presenta como un velo de invisibilidad nos vamos a sentir irremediablemente liberados para realizar cualquier tipo de acto y, más aún, a sentirnos con el permiso a decidir sobre los derechos de los demás. Por ello, de una vez por todas como sociedad deberíamos hacernos cargo de nuestros actos y nuestras decisiones, hecho que en definitiva no significa más que madurar; por el contrario, si pretendemos seguir siendo unos infantes que no actúan mal sólo por el temor a sus padres, no haremos otra cosa que seguir propiciando todo tipo de calamidades prestándonos unos a otros el anillo mágico de la impunidad.

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