#FilosofíaAplicada: Los superhéroes han muerto
¿Por qué estos personajes salidos del cómic que invaden las pantallas generan semejante atracción en el público? Justicia por mano propia, Nietzsche y esperanza.
La producción masiva de películas basadas en la figura del superhéroe que se viene dando en los últimos años, y que se planea profundizar durante el futuro, nos conduce a la inevitable pregunta acerca de por qué estos personajes salidos del cómic que invaden las pantallas generan semejante atracción en el público ¿Será sólo una cuestión de publicidad o existirán cuestiones más profundas que tengan que ver con nuestra percepción al respecto de las falencias humanas?
Poderes sobrenaturales, inteligencias por sobre la media, capacidades de combate únicas, trajes característicos, personalidades carismáticas, son algunas de las condiciones que todo superhéroe debe poseer para ser catalogado como tal y tener el derecho a protagonizar una tira cómica o una película preparada para recorrer el mundo entero. La fórmula es "sencilla" y se repite considerablemente, pero no por ello deja de ser efectiva. Año tras año se estrenan nuevas historias o se reformulan las ya conocidas; los protagonistas mutan, se aggiornan, van mostrando su cara más oscura, ¿más humana? y hasta llegan a dejar entrever rasgos de imperfección, de debilidad, de manera tal de poder mostrar una lucha interna entre dos valores categóricos como "bien" y "mal" en la cual se espera siempre que venza el primero para que el relato tenga un final feliz. Pero si esta forma básica pareciera una aliteración sin fin ¿por qué entonces las películas de superhéroes nos generan tanta fascinación?
Quizás para responder tal cuestión encontremos diversas respuestas. Por un lado la inversión en publicidad de las productoras cinematográficas que pretende generar la idea de lo fundamental que será para nuestras vidas poder ver esa película. Es cierto que los efectos especiales aplicados, los actores contratados y la narrativa del film expresada a través de un buen guión son parte esencial para su éxito pero esto no alcanzaría en absoluto sin una buena carga de marketing. También la épica construida alrededor de cada historia, sus personajes en sí y la "liturgia" emergente, tienen su particular encanto como para cautivar al público en general. Pero sin lugar a dudas es la figura propia del héroe las que nos resulta por demás atractiva, aquel sujeto que tiene en sus manos la posibilidad de aplicar la justicia mediante el uso legítimo de la fuerza otorgado por sus poderes sobrenaturales especiales o por el dinero que le permitió adquirirlos.
Sin embargo, nos gustan los héroes no solamente por su capacidades extraordinarias, si no también porque a través de ellos llevamos a cabo una verdadera experiencia catártica mediante la cual depositamos nuestra esperanza cuasi mágica de que el mundo funciona mal por personas particulares que pueden ser eliminadas de un momento a otro. A grandes rasgos, el mal del mundo siempre está encarnado por estos villanos que sobre la base de fuerza, perseverancia e ingenio podrán ser derrotados, llevándose con ellos la tragedia y la destrucción causada.
Es decir, en la historia del superhéroe y su archienemigo observamos mejor que nunca cómo se plasma la idea maniquea del bien y el mal encarnados en entes bien definidos, idea que solemos tener la tentación de representar en nuestro mundo real: si existiesen algunas pocas personas que sean las culpables de todo el mal del mundo, con erradicarlas se solucionarían todos nuestros problemas... hipótesis ésta que la historia se ha encargado de falsear una y otra vez.
A través de ellos llevamos a cabo una verdadera experiencia catártica mediante la cual depositamos nuestra esperanza cuasi mágica de que el mundo funciona mal por personas particulares que pueden ser eliminadas de un momento a otro
Ahora bien, la figura del héroe también nos remite a un ideal humano, a una superación de éste en donde no sólo se suplen las "falencias" naturales como no volar, no tener la fuerza y los reflejos del reino animal o unos sentidos súper desarrollados, si no también donde los valores morales cobran excesiva fuerza ya que la justicia y la preservación del orden establecido serán los faros que guiarán sus acciones. El superhéroe lucha casi contra su voluntad, tal vez si pudiera elegir no lo haría, pero es tan grande su responsabilidad moral que teniendo el poder, elige arriesgar y predisponer su vida entera para derrotar al mal que agobia la sociedad. Es en esta actitud que se revela el deseo social acerca de cómo se cree que se debería actuar moralmente o cómo, al menos, deberían actuar los demás.
Así pues, muchas veces se ha relacionado esta idea de superación humana que representan estos personajes ficticios con el concepto de "Superhombre" (Übermensch o también «trans-hombre») planteado por Friedrich Nietzsche. Efectivamente con esta palabra el filósofo alemán buscaba hacer referencia a un estado superior que debía alcanzar el ser humano en donde se libera de los valores morales que lo someten (la moral del rebaño), ama el riesgo, acepta la finitud, es intenso y, sobretodo, lucha enérgicamente por la apreciación de la vida en el mundo, se crea a sí mismo y reafirma la voluntad de poder. Si bien podemos encontrar rasgos «similares» entre ambas figuras, al Superhombre nietzscheano no lo mueve las categorías morales, si no la existencia misma más allá del bien y del mal. Aún más, a la figura musculosa, poderosa, sudada y madura de nuestros héroes de película atados a la moral, Nietzsche le contrapone quien es para él la metáfora perfecta de esta superación humana: el niño, quien con su ingenuidad y libertad es el ejemplo más genuino de hacia dónde debería dirigirse la humanidad.
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