#FilosofíaAplicada: Pequeño manual del odio

Sociedad

Por estos días la tensión deportiva producida por los choques entre Boca y River tanto por el torneo local como por la Libertadores se ha dispersado a lo largo y ancho del país, despertando las pasiones más fervorosas, propiciando la exaltación de cierto "folklore" de la agresión y recrudeciendo un odio hacia el rival que se ha ido alimentando con el correr de los años. Pero, ¿por qué se suscita este odio? ¿Cuáles son sus razones?

Tal vez "odiar" sea una palabra un tanto excesiva para ilustrar la rivalidad que desde hace años mantienen River y Boca, ya que al parecer el odio mueve no sólo al aborrecimiento, si no también al deseo del absoluto aniquilamiento para con el otro. No obstante, aunque se trate de un deporte, de un entretenimiento, la pasión que nos suele generar puede llegar a ser tan poderosa que, embargados por ella, sintamos un verdadero desprecio por aquel rival que históricamente se ha configurado como el enemigo a vencer. ¿Qué debemos entender entonces por "pasión"? Quizás podríamos definirla como una emoción exacerbada, como la profunda atracción por algo en particular que nos mueve hacia su búsqueda hasta límites donde la razón queda inoperante; es el apogeo de sentir, la apoteosis de la agitación.

Así pues, podemos entender que conducidos por ella, lleguemos a considerar al rival como el culpable de todos nuestros males y como el objetivo de todas nuestras burlas en caso de resultar victorioso. Pero de todas maneras, podemos profundizar en el análisis al respecto de por qué existe el odio, ya sea en el plano futbolístico o en el plano social. ¿Se debe únicamente a la "pasión" por lo propio el rechazo efusivo de lo otro? Tal vez existan otros elementos que nos ayuden a entender cómo es que se da la génesis del odio.

En primero lugar podemos considerar al odio como el desprecio total para con aquello que nos resulta completamente ajeno y distinto a nosotros, a nuestros valores, a nuestras creencias acerca de cómo es y cómo debería ser el mundo. En este sentido, el odiar parte de la total convicción sobre la veracidad de nuestra perspectiva de la realidad, sobre lo correctas de nuestras creencias. Así, se configura una dicotomía en la cual se observa un "nosotros" que permanecen del lado del bien y un "los otros" que se establecen en el plano del mal, el error. Por ende se configura en una primera instancia un odio hacia el otro real, un rechazo sideral hacia quien está en el lado equivocado de la vida y que, por lo general, solemos caracterizar con figuras fijas e inmutables (el otro como un estereotipo).
Cuando el otro desaparece, con él también desaparece una parte de nosotros
A tal respecto, es tan fuerte esta distinción que nos lleva a constituir parte de nuestra identidad al reconocernos diferentes, hasta llegar al punto de hacernos uno con esta institución que con sus símbolos nos da la posibilidad de decir: "Yo soy Boca", "Yo soy River", etc., y como somos más fuertes tenemos la obligación y el derecho a vencer. Esta identificación colectiva nos da poder dado que nos suple las debilidades que experimentamos al percibir la unidad mínima del ego.

No obstante, también podemos sostener junto al pensador Cornelius Castoriadis, que al odio al otro lo moviliza un odio a sí mismo. ¿Cómo es esto? El primer extranjero es el sí mismo, este uno que hasta nos resulta ajeno, tanto que debemos trasladar este odio hacia un objeto externo a nosotros, a una alteridad que expíe nuestras falencias y se reconozca como el ejemplo de todo lo malo que existe.

En definitiva, ya sea un odio "deportivo", racial o de cualquier otro tipo, de lo que se trata es de una negación de la alteridad, de sostener que el otro no tiene derecho a existir por fuera de nuestras consideraciones; veamos si no cuántas canciones que se entonan en los estadios no toman como idea principal la aniquilación del rival. Ahora bien, ¿cómo romper el cerco? ¿Cómo dejar de negar la alteridad y empezar a darnos cuenta que el otro, por más "enemigo" que sea, también nos construye?
¿Qué sentido tiene odiar a alguien a quien terminamos necesitando?
Pensemos por ejemplo en lo que sucedió cuando se prohibió hace años la entrada del público visitante a los estadios del país; en cierta medida este "deseo" de que el otro desapareciera sucedió, porque su rostro ya no se pudo ver más del otro lado de la tribuna. ¿A quién se le cantaba entonces? ¿A quién se le dedicaba el triunfo? Cuando el otro desaparece, con él también desaparece una parte de nosotros, desaparece aquel que, aunque más no sea para rechazar todos nuestros valores y creencias, nos reconoce en nuestra existencia, nos ayuda a ser quienes somos y a constituir nuestra identidad. Por lo tanto, ¿qué sentido tiene odiar a alguien a quien, en definitiva, terminamos necesitando?

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