Fue a bailar, bebió. No le importó nada. Salió del boliche, manejó rápido, no le importó nada.
A las 7 de la mañana, y al parecer corriendo una "maldita picada" con otros jóvenes, Diego Cuevas perdió el control del auto y se llevó puestos a seis chicos que cruzaban la vereda.
A uno de los chicos, de 16 años, lo mató, a los otros cinco, les causó heridas graves.
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Lo increíble es que en el auto, además de Cuevas y el acompañante, habría más chicos, que, tras el accidente, fugaron.
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El fiscal Alejandro Jons tomó la parte más dura de la norma y dejó preso al conductor por homicidio simple con dolo eventual y lesiones graves.
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Para el fiscal, Cuevas venía corriendo picadas y tuvo desprecio por la vida. Tuvo que representarse el daño que podía causar manejando así, de forma temeraria, y siguió adelante con la acción criminal.
El acompañante admitió que previo al accidente, en un boliche, bebieron champagne.
Lo cierto es que otra vez, un joven, manejando el auto de su padre, y sin importarle nada, destrozó seis vidas, y también la suya.
Otra vez, un automovilista usó el auto como un arma, y no como un auto. Ya sabemos cómo terminan las cosas cuando la ecuación se invierte.
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