Les pibis no están confundides
La medida dispuesta por el Jefe de Gobierno Porteño y su ministra de Educación, Soledad Acuña, que prohibió el uso del lenguaje inclusivo en los tres primeros niveles educativos de la Ciudad de Buenos Aires trajo una catarata de repercusiones. Repasamos algunas reflexiones sobre el asunto.

El 17 de enero de 1930, noventa y dos años atrás, Roberto Arlt escribía en el diario El Mundo un famoso y revisitado artículo titulado «El idioma de los argentinos». Se burlaba allí de las cavilaciones de un ilustre gramático, el señor José María Monner Sans, quien estaba profundamente afectado por la expansión del lunfardo en el territorio nacional y así lo hacía saber en una entrevista publicada al otro lado de la cordillera, en El Mercurio de Chile. Qué tendrá esto que ver con la reciente medida dispuesta por Horacio Rodríguez Larreta que prohibió el uso del lenguaje inclusivo en las escuelas de la Ciudad se preguntarán ustedes. Intentaré responderlo.
Como es de público y notorio conocimiento el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dispuso una medida mediante la que pretende abolir el lenguaje inclusivo en las escuelas, expresiones que incluyan la “e”, la “x” o el “@”, por ejemplo, “chiques”, “todxs” o “compañer@s” no pueden usarse más en las comunicaciones institucionales. La disposición alcanza tanto a escuelas públicas como privadas de los tres niveles obligatorios (inicial, primaria y secundaria) y el argumento de la Ministra de Educación de la Ciudad, Soledad Acuña, para promover esta norma es que el lenguaje inclusivo “genera confusión y obstáculos para la fluidez y la comprensión lectora” en les alumnes.
Volvamos a Arlt intentando rastrear cuáles de sus percepciones mantienen aún vigencia para reflexionar en torno al asunto que nos ocupa. Al respecto, la investigadora Sylvia Saítta evidenció que el escritor de las Aguafuertes Porteñas sostenía “la hipótesis de que es posible deducir el estado mental de una época a través de ciertos giros del idioma”. Arlt creía en la profunda productividad literaria de la lengua popular y observaba una vinculación entre los modos del decir y del vivir de la sociedad de su época, atravesada por importantes cambios sociales y culturales. Para él las preocupaciones de los altos eruditos y académicos, indignados con el lenguaje urbano impregnado por el lunfardo, eran causa de risa. Poco podrían hacer estos “aburridores” como los llamaba, en sus intentos por “depurar el idioma” ante las nuevas expresiones que se imponían en el habla y la escritura. Arlt escribía: “los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos” como los buenos boxeadores en el ring, porque para Arlt “la gramática se parece mucho al boxeo”. La palabra es lucha. La palabra siempre da pelea.
El licenciado en Comunicación Social Tomás Crespo, repone algunas ideas del lingüista ruso Valentín Nikoláievich Volóshinov para repensar la cuestión, quien en 1929, casi a la par del artículo de Arlt, sostenía: "En la palabra se ponen en funcionamiento los innumerables hilos ideológicos que traspasan todas las zonas de la comunicación social. Por eso es lógico que la palabra sea el indicador más sensible de las transformaciones sociales, inclusive de aquellas que apenas van madurando, que aún no se constituyen plenamente ni encuentran acceso todavía a los sistemas ideológicos ya formados y consolidados. La palabra es el medio en el que se acumulan lentamente aquellos cambios cuantitativos que aún no logran pasar a una nueva cualidad ideológica, ni dar origen a una nueva y acabada forma ideológica. La palabra es capaz de registrar todas las fases transitorias imperceptibles y fugaces de las transformaciones sociales".
Ciertamente los dos escritos están cerca de cumplir cien años, la sociedad se transformó y con ella también el organismo siempre vivo y dinámico que es el lenguaje de un pueblo. La preocupación ya no pasa por la expansión del lunfardo sino que la nueva piedra en el zapato de algunes es el famoso lenguaje inclusivo. Hoy, les alumnes que habitan las aulas expresan sus diversidades cada vez con más libertad y más tempranamente, tanto en sus modos de hablar como de vivir y de habitar los espacios. Sostener entonces un idioma binario es un intento por fosilizar una realidad pasada que nada tiene que ver con el espíritu heterogéneo, abierto y complejo de la época. No son elles les confundides, sino quienes pretenden negar y ocultar los cambios del devenir histórico. El lenguaje inclusivo ya vio la luz, ya salió del armario, eso es irreversible.
La socióloga y magíster en Comunicación y Cultura, Lucía Pisciottano, hace referencia a la desorientación institucional que trae aparejada esta medida, para ella genera “una grieta desde el gobierno de la Ciudad en contraposición al gobierno nacional -que instaura el DNI no binario para quienes así lo soliciten e implementa otras medidas-. Decir ‘podés tener un DNI no binario si así lo percibís pero no podés hablar en inclusivo cuando vas a cualquier institución educativa de la Capital Federal’, agrega una capa de política que tergiversa la politización en sí misma que implica este lenguaje”. “De todos modos se va a seguir utilizando y se va a seguir hablando y esto le otorga fuerza para que la política que implica usar este tipo de lenguajes siga teniendo potencia por fuera de las instituciones”, considera con optimismo Pisciottano. La disposición entonces confunde y obstaculiza, cuando supuestamente viene a clarificar y facilitar. En línea con estas ideas, la investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), Gabriela Costanzo, añade: “El lenguaje como proceso político tiene un carácter performativo, de creación de mundos posibles, allí el lenguaje inclusivo encuentra intersticios para lograr nombrar diversidades e identidades a pesar de cohabitar con un sistema de reglas conservador y hace aparecer en la superficie discursiva lo invisibilizado”.
Los esfuerzos por encorsetar los modos del decir no son nuevos. Se puede rastrear la genealogía de varios fracasos de porte en la historia de la Argentina. “No hay una manera de prohibir hablar. Lo intentó el golpe fusilador de Aramburu y Rojas, prohibió mediante un decreto el uso de palabras como ‘Perón’, ‘peronismo’, ‘tercera posición’, y no se dejaron de escuchar por el hecho de que uno pudiera ir preso por decirlas. Hay un cuento de Rozenmacher sobre un tipo que escribe ‘Viva P’ en la pared de la Casa Rosada. Y obviamente lo meten preso. La ilusión de prohibir palabras es de una ingenuidad política pasmosa y al mismo tiempo de un fascismo extremo”, explica el escritor y docente Mariano Dorr y resume su posición con gracia: "Prohibir una forma del uso de la lengua es pegarse un tiro en las pymes".
La comunidad de Letras de la UBA emitió un comunicado conjunto rechazando la resolución impuesta por el gobierno porteño y objetando los considerandos que llevaron a implementarla. Allí se expresa: “No existe algo así como un sistema inmutable que pueda ser desacoplado de los usos lingüísticos y sus variaciones; no hay buenxs y malxs hablantes sencillamente porque no existe una gramática correcta establecida de antemano; hay formas de hablar, diversas, que hacen a las gramáticas. El cambio y la variación en las lenguas es la regla, característica constitutiva de su naturaleza, no la excepción. Esos cambios siempre parten desde y se dan gracias a una comunidad de hablantes que los genera y sostiene”. El escrito añade: “del mismo modo que no se puede prohibir el cambio, tampoco se puede imponer: el acto de prohibir determinados usos lingüísticos no evita que esos usos sean elegidos y eventualmente impuestos por lxs hablantes” y advierte: “es nuestro deber advertir como investigadorxs que no existe ninguna evidencia que establezca una relación entre el fracaso escolar o el bajo rendimiento en pruebas estandarizadas y el uso de lenguaje inclusivo de género. Del mismo modo que el uso del desdoblamiento de los géneros masculino y femenino en la resolución emitida por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no dificulta la comprensión del documento, la variación generada por el uso de formas no binarias no resulta un obstáculo para el desarrollo de las habilidades de aprendizaje de lxs estudiantes. Sería deseable verificar si, en cambio, la desinversión en políticas educativas del Ministerio de Educación de CABA puede explicar esos resultados”.
El escritor y docente Sebastián Hernaiz, hizo pública una reflexión muy clarificadora y difundida en las redes a partir de la resolución. Allí plantea: “El lenguaje inclusivo no soluciona las distintas formas de exclusión sobre las que se organiza una sociedad. El uso del lenguaje inclusivo lo que sí consigue es exponer una incomodidad ante la naturalización del estado de las cosas y subraya el carácter ideológico y siempre fluido de la lengua: ninguna palabra es natural, ningún modo de concebir el mundo es natural”. “Borges decía que no había una sola palabra sencilla ‘ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad’. Cada palabra postula el universo: en cada palabra late la historia de cómo concebimos al universo”, continúa Hernaiz y expresa: “frente a las injusticias hay muchas opciones. Una es la naturalización. Contra la naturalización, el lenguaje inclusivo es efectivo: no hace falta que todxs digamos ‘chiques’, pero no suele suceder que se utilice sin que genere alguna discusión, burlas, incomodidades. Para mí, no es poco. ¿Por usar una terminación en ‘e’ o en ‘x’ de pronto estamos hablando de asimetrías, injusticias, explotación y vidas que corren riesgo? Nada poco para mí cuando encima nos lleva también a pensar la gramática, la morfología, los modos de nombrar el mundo. Una sociedad debería ser la inclusiva, no sólo un lenguaje. Pero el uso del lenguaje inclusivo venía sirviendo para habilitar discusiones para repensar colectivamente qué sociedad queremos”. En su conclusión Sebastián afirma que “la vida en sociedad es una discusión constante” y advierte que a partir de ahora “sabemos que hay un gobierno que, ante una discusión, lo que hace es prohibirla por resolución de su ministra de educación”.
La reacción de la escritora Camila Sosa Villada ante la medida de la Ciudad, publicada en de su cuenta de Twitter, fue tan esperanzadora como osada y podría ser el inicio de un manifiesto: “Lejos de parecerme un problema la proivi del lenguaje inclusivo siento que es la oportunidad de dar la pelea. De pensarnos, argumentarnos y analizar nuestra relación con la cultura. Es un espacio a ganar. No es un territorio que nos pertenecerá siempre si no lo peleamos. Nos guste o no, este es el mundo. Y cito a Lorca: ‘agonía, agonía, fermento y sueño, agonía’. La vida no es bella ni justa. Pregúntenle a los putos de hace 40 años. Pero por no sé qué causa, aun lo seguimos haciendo con lenguaje. Así que afilemos la lengua y a cortar el castellano en mil pedazos. Si algo sabemos es que no hay músculo que manejemos mejor que el de la lengua. ¡A blandir esas cuchillas mis amores!”.
O quizá lo mejor sea aplicar el método de Arlt y hacer algunas bromas sobre el asunto, porque sabemos que la disposición de Acuña y Larreta poco éxito tendrá. Comparto entonces el mejor chiste que vi en las redes por estos días y que deja claro que el lenguaje, como decía Roberto, es como el box, es juego y es pelea. El meme le pertenece al periodista Javier Schurman, es un diálogo entre Soledad Acuña y el Jefe de Gobierno de la Ciudad. Ella pregunta: -Pero Horacio ¿qué hace un docente si su alumna se pone a hablar en lenguaje inclusivo?-. Y él responde: -Larreta.
Las Más Leídas







Dejá tu comentario