A 30 años de Chernobyl: desde Argentina, el drama en la voz de los sobrevivientes
Infierno, silencio, desinformación, terror, malformaciones son algunas de las palabras que se repiten, se abultan, resuenan y resisten al paso del tiempo en el relato de sobrevivientes de la explosión de la central nuclear de Chernobyl, en Ucrania, que hace treinta años liberó una cantidad de radiación equivalente a 400 bombas de Hiroshima.
Chernobyl
Ese silencio, que se extendió durante todo el día, se quebró a medianoche cuando empleados del ferrocarril donde trabajaba su esposo le notificaron que debían evacuar la zona. La orden no parecía revestir demasiada peligrosidad: debían tomar documentos, comida y muda de ropa para sólo tres días y luego tomar un tren a ciudad Vilcha, a 10 kilómetros de la central nuclear.
"Cuando salimos el aire se sentía espeso, la gente empezaba a inquietarse y la estación era un caos, lleno de niños tapados con mantas", recordó Lyudmyla, que por ese entonces transitaba su último mes de gestación.
Pero la supuesta brevedad de aquel éxodo involuntario se convirtió en un desarraigo permanente: la familia jamás regresó a su casa y la monotonía del trabajo de su esposo se quebró cuando fue convocado como "liquidador", eufemismo para los trabajos de contención de la catástrofe y que significaba la exposición a elevadísimos niveles de radiación.
"Por suerte mi hija nació bien, pero a mi marido lo mandaron al infierno y hoy está postrado en una cama con hidrocefalia", dijo sobre las consecuencias de aquel trabajo: acompañar a los vagones que trasladaban materiales al lugar de la tragedia.
Primero sintieron "dolores de cabeza, de garganta, en el hígado, vómitos y tos", detalló y luego dijo: "En ese momento estaba la Ley Seca pero a ellos les daban dos botellas de vino y una de vodka al mes porque decían que eso evitaba los efectos de la radiación, pero en realidad eran medicamentos para no pensar".
"Éramos todos voluntarios obligatorios", advirtió Aleksandr Zagorodniuk, hoy remisero en el partido bonaerense de Moreno. En 1986 tenía 30 años y trabajaba como chofer de camiones para la construcción de una planta nuclear a 800 kilómetros de Chernobyl cuando lo llamaron para llevar arena, piedras y cemento para tapar el desastre.
"Los civiles debíamos prestar dos semanas de trabajo versus la amenaza de ser reclutados para el Ejército, donde se hacían los trabajos de más riesgo", explicó.
Aleksandr se refiere a la tarea de subir por cuarenta segundos y con protección obsoleta al techo del reactor para arrojar hacia abajo el grafito radioactivo.
De acuerdo con cifras de la Fundación Chernobyl Children International, de los 700.000 liquidadores 40.000 fallecieron por causas directas a la radiación, 70.000 padecen algún tipo de discapacidad y el 20 por ciento terminó suicidándose.
"Nosotros no teníamos conciencia de los riesgos, nos mandaban con barbijos de médico y guantes de algodón y el gobierno no daba información sobre el peligro al que nos exponíamos", agregó.
Luego, por toda compensación, recibió una paga triplicada por aquellos jornales, una medalla y un carnet que le permitía viajar gratis en colectivo y comprar medicamentos a mitad de precio.
"Hay miles de personas con malformaciones, familias diezmadas, incontables personas con secuelas irreversibles. Todavía no puedo creer cómo me robaron la vida en ese lugar lleno de flores, plantas, con gente joven. Yo estaba muy feliz de vivir en Estación Yanius", concluyó Lyudmyla.
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