Super Pancho - Parte 1

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Télam
Por Télam

Me cuentan, me traen historias a un ritmo creciente. Sin buscarla, una red de contactos y referencias me abastece sin pausa de historias de todo tipo. Gente a la que no conozco pero me es referida, llega hasta mí con su testimonio. Tengo dos criterios de selección. En primer lugar debo recibir la historia cara a cara. No es tan fácil mentir o aún exagerar o esquivar aspectos que el relator quiera dejar en la penumbra o ignore e invente. Se trata de saber escuchar, y ver lo que el otro relata y también lo que silencia.


 


Callar es casi siempre la mejor estrategia, y preguntar en todo momento con la mirada.


Así se puede ver, hacerse una idea sobre la realidad de lo que nos dicen, e inquirir para completar los aspectos poco claros. Por lo menos hasta donde quien relata puede llegar a saber, o querer decir.


 


El otro filtro impuesto es que la historia toque, describa y explique (esto último ya es mucho pedir a veces) las conductas y sentimientos de seres humanos reales, cercanos, posibles.  Gente parecida a nosotros, o a quienes nos rodean. Los que habitan estas historias constituyen una muestra sesgada. Los countristas, ya sabemos, son el sector privilegiado de nuestra sociedad. Más ricos, más poderosos, más satisfechos, más aburridos, más dados a lo inusual y hasta lo perverso. Pero seres humanos sujetos a las mismas pasiones que experimentamos todos, quizás con más medios o audacia para lograr satisfacerlas. En ese sentido, la historia que paso a relatar me interesó mucho porque el juego de circunstancias que permitió que ocurriera sólo se puede concebir en un Country y en el medio social que lo puebla.


 


La historia de Rubén Matos involucra muchos  aspectos de la vida en los countries, las miserias y grandezas de la gente que los puebla, la tragedia humana, los costos que se pagan para evitar la soledad, para ocultar el desconsuelo,  la tristeza que envuelve –a veces–  a los que parecen por encima de todo agobio, bien arriba en la pirámide social, brillantes y vistosos.


 


Lo sucedido enseguida captó mi interés. Ocurrió en un country que conozco así como a algunos de los personajes. Enseguida la ví como una batalla entablada lenta pero metódica y ferozmente entre el dinero, el poder y lo establecido por un lado y por el otro el amor, la pasión y otro tipo de poder, más elemental, una fuerza de la naturaleza. No tuve claro cuál de los dos prevalecería casi hasta el final del relato en que todo se vio claro.







 


Fue un drama cuando se casaron y una comedia cuando se divorciaron pocos años después. Ella venía de una familia muy conocida, dinero ya establecido y origen armenio. Los Armenasián tenían la más prestigiosa escribanía de su colectividad. Ella misma era ya una escribana exitosa y tenía todo como para elegir qué rumbo tomar: 25 años que lucían espléndidamente jóvenes, trabajo e ingresos generosos en la propia escribanía familiar, muy importante y activa.


Dueña de un cuerpo espigado y rostro agraciado, lucía todo lo que hoy se espera de una joven de esa edad, gimnasio mediante y cuidados. Pero su figura era bonita aún si hubiera prescindido de aquellos esfuerzos extras. Un pelo rubio abundante enmarcaba una cara sumamente atractiva, marcada por una boca generosa y ojos marrones sesgados con un ligero toque oriental. La sonrisa dejaba ver dientes blancos perfectos. Era una mujer sumamente atractiva y de carácter chispeante. No le faltaban amigos y pretendientes.


 


Por lo demás, Romina era culta refinada y divertida. Entendida del mundo,  había viajado desde chica y se movía en todos los entornos con la fluidez del conocedor. El futuro era suyo y la única pregunta era a quien elegiría para proseguir su vida. En el ambiente en que se movía casarse era lo esperado hacia la edad que ella tenía. Y eligió.


“EsPi”, como lo conocemos ahora nunca fue su nombre, claro. El mote proviene de la manía desagradable que tienen las clases medias y medio altas venidas a más: americanizan todo lo que se les ponga a la mano. Y más en los countries donde nadie censura los horrores verbales y más bien se institucionalizan. No sos nadie si insistís en llamarte Ricardo: Richard, o aún Richie va mejor. Así, Matías es Mathew (“Maziu”), Roberto es Robert o quizás Bob, Carlos por supuesto es Charlie, Andrés es Andrew (Andru), Mabel es Mabby, y Julia es Julie (“Shuli”), la 4 por 4 es el “Wagon”, no vas a Los Angeles sino a ELEI,  y te reunís a tomar algo en el “House” (Jaus). En fin todo así para mostrar lo inmensamente internacional, yuppie y cool que uno es.


 


Y también las iniciales que identifican nombre y apellido. Igualito a los “americanos”. Juan


Carlos es JC(“SheiCi”), Horacio Rodriguez es HR (“EichAr”), Mario Bouzas es “EmBi”.


Asique “EsPi” es SP que va por Super Pancho. Tendría que ser “EsePé”, pero le decimos “EsPi” de puro cancheros que somos.


 


El nombre verdadero nada que ver es Rubén Matos, pero casi nadie tenía idea, en todo caso llegaban hasta Rubén.


 


El “Santa María del Sol Country Club” es una potencia en el fútbol intercountry, tenemos copas ganadas desde los años 70s en que se fundó el Club. No sé, es una tradición, hay un semillero importante y tenemos generaciones de recambio que se van formando. La clave es que la mayoría de nosotros, los socios varones jugamos fútbol de manera que siempre hay equipos de calidad para representarnos.


 


Fue en los vestuarios donde nació la leyenda.  Allí nos duchamos, vestimos y desvestimos todos los sábados y domingos para los diversos compromisos futboleros.


 


No bien Rubén se casó con Romina Armenasián, se integró a nuestro equipo de primera. Era un jugador excepcional en el medio del campo. Pocas veces convertía el gol, pero muchos de los tantos eran generados por su incansable tarea en el lugar donde se inician las jugadas. Inteligente, pícaro para moverse, pero al mismo tiempo noble y generoso: armaba la jugada, lenta y minuciosamente como un ajedrecista pensando en jugadas por delante. Y en el momento justo cedía la pelota para que el que estuviera mejor ubicado convirtiera. Rápidamente conquistó nuestra admiración y cariño. 


 


Era obvio que no pertenecía a nuestra clase social. El “Santa María del Sol Country Club” es –nos gusta hacerlo notar– un club sin exclusiones ni criterios cerrados para el ingreso. Esto se refiere –claro está– a que no discriminamos etnias, profesiones u orígenes socio económicos. Por supuesto las expensas –que son altísimas– y los gastos “de representación”, son necesarios para desempeñarse en nuestro pequeño mundo social.  Y ese dinero que forzosamente hay que desembolsar en forma periódica establece una distinción, no cualquiera puede mantenerse en nuestro círculo. Hay que dar alguna fiesta por año, tener ropa para asistir a las que casi todos los fines de semana dan los otros.


También participar de las actividades benéficas en pro de la comunidad que nos rodea, menos favorecida, ir de viaje generalmente a Europa en abril u octubre, a Punta del Este en el verano. En fin, mantenerse a flote en la comunidad del Country requiere un alto nivel de ingresos.


 


Los Armenasián estaban plenamente integrados a todo el movimiento social y deportivo del Club hacía ya muchos años. Socios antiguos, los padres de Romina mantenían la tradición de ir todos los fines de semana. Cuando anunció su casamiento y presentó a Rubén se quisieron morir. Jamás hubieran pensado que su hija preciosa, la única,  criada con todos los cuidados, destacada profesional con master en Barcelona, viajada y protegida, capullo de invernadero iba a elegir semejante personaje para compartir sus días.


 


Rubén Matos era remisero. Había conocido a la que sería su esposa de manera harto casual. Ella se desplazaba todas las mañanas hasta la escribanía en taxi desde el departamento donde vivía con sus padres, en el barrio de Nuñez. Cuando empezaron los robos y secuestros express muchos de ellos perpetrados con la complicidad de taxistas que “entregaban” a sus pasajeros, los padres decidieron contratar un servicio de remise que buscara todos los días a Romina. Originalmente, Don Santiago, un cincuentón veterano fue el encargado de la tarea. Cuando ya era parte del paisaje familiar, chofer casi de toda la familia, tuvo un problema familiar y debió ausentarse por  tiempo indeterminado rumbo a Catamarca.


 


El dueño de la remisería comunicó lo sucedido y avisó que un nuevo chofer reemplazaría a Don Santiago. Lo recomendó y aseguró que en sus manos estarían todos bien cuidados.


 


 

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