¿Por qué ir a una clase de teatro?

Escribe Ary Cornell

Existe una falsa creencia basada en presuponer que el estudiar teatro se trata de subirse a un escenario a exponerse uno ante una clase atestada de gente, enfrentándonos contra nuestra vergüenza y haciéndonos pasar momentos traumáticos e insoportables. La realidad es que esto no es para nada así.

El estudio del teatro consiste en un largo camino que, solo si es nuestra voluntad, culminará sobre unas tablas, delante de una cámara o vendiendo algún producto en una publicidad.

Pero ese deseo no es indispensable para adoctrinarse en este arte, podemos salirnos del camino cuando nos plazca.

En realidad lo que uno aprende al estudiar actuación (sobre todo en los primeros años) es en cómo funciona una personalidad, una estructura de pensamiento, en cómo nos adaptamos los seres humanos a nuestros entornos sociales y qué rol ocupamos dentro de los mismos.

Cuando transitamos las formas de expresión teatral, dejamos de ver el mundo solamente a través de nuestros ojos para pasar a hacerlo desde la mirada de un tercero, porque para interpretar un personaje es necesario entender el yo, las costumbres, el marco y la educación percibida que componen al mismo.

Para poder realizar esta transición de nuestros componentes a los del personaje se debe, primero, entender el cómo funciona y qué cosas forman una personalidad.

Siendo nosotros también un ser compuesto por las antedichas características, es que nos resultará extremadamente beneficioso poder aprovechar el dominio de los estudios necesarios para entender al personaje y aplicar los mismos mecanismos de observación a nuestra vida cotidiana.

Sucede que cada uno es, en su día a día, numerosas variantes de sí mismo. Nuestra personalidad y formas de relacionarnos muta considerablemente dependiendo de con quién sea que nos estemos comunicando.

Uno no es el mismo cuando se relaciona con un sobrino que con su jefe, nadie (o casi) se dirige a un superior diciéndole "¿pero quién es el mejor ejecutivo de cuentas de la casa?" con expresión aduladora.

El entorno y los códigos que utilizamos para relacionarnos con otras personas (y hasta con los animales) condicionan nuestras formas de hablar, gesticular, mirar y desenvolvernos. Todos esos ítems hacen a la comunicación, él como nosotros vemos a los demás y ellos nos ven a nosotros.

Todo esto no significa que no mantengamos una transparencia o integridad con nuestros ideales y valores en nuestras relaciones, sucede que estas diferencias y adaptaciones son la manera en la que nos vamos vinculando los seres vivos.

El teatro nos da la posibilidad de conocernos mejor a nosotros mismos, concientizar en los sistemas de comunicación mantenidos con nuestros pares, el cómo (y si) nos hacemos entender y de qué manera recibe el o los otros lo que les queremos decir o demostrar. Nos brinda una mayor capacidad de observación, desarrolla nuestra imaginación, es un arma extremadamente efectiva contra la timidez, nos provee de una actividad física y mejora la capacidad de relacionarnos.

El dominio y la aplicación de lo aprendido en una clase de teatro sumado a la relación con el grupo que compone el alumnado harán de nuestra manera de expresarnos algo más claro, preciso y no hay nada más efectivo para evitar confrontaciones, fortalecer vínculos y solucionar conflictos que el entendernos lo mejor posible con los otros y, por sobre todo, con nosotros mismos.

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