Vecinos de playa

*Por Santiago López.

Siempre me pareció algo llamativo el hecho de que haya gente que en su descanso elija la playa mas concurrida para descansar. Es como si no se tomaran vacaciones del hacinamiento de la ciudad; entonces, ahí están, apretujados otra vez, como en el subterráneo, pero ésta vez, claro, en la playa. Y paradójicamente, entablar un vínculo con el vecino de sombrilla no es algo común. Uno se conforma con escuchar conversaciones cercanas, sin intervenir, y así, ir haciéndose una idea de con quiénes comparte el metro cuadrado de arena que le tocó en suerte. Un edificio de 20 pisos al que se le hubieran borrado las paredes.

Acá en Orense experimento todo lo contrario.

En éstos días hice pié en casi todos los sitios de la playa: mas de mil quinientos metros de longitud, frente al pueblo. Y todos tenían a su vecino más próximo a unos cincuenta metros.

El territorio se marca con la sombrilla y sus satélites: las reposeras, las lonetas, la conservadora; a lo sumo, se extiende los límites con una cancha de pelota paleta marcada en la arena. Pero nadie parece sentirse invadido por el otro.

Y más de una vez, en que hice mi propio campamento en el mismo sector, noté que varios repetían la rutina: metros más, metros menos, las mismas caras ocupaban el mismo espacio que otros días.

La playa de Orense es un mal negocio para los cuidadores de autos: uno puede bajar con el vehículo directamente a la arena, a metros del mar. La avenida Costanera termina en una planchada acondicionada para cualquier rodado. Y es natural ver a poderosas camionetas 4x4 de colores metalizados, intercaladas entre algún Citroen, un Rastrojero, y varios Peugeot. Orense no discrimina, y todos se pueden sentir iguales.
 
A fuerza de cruzarme con los mismos rostros, la conversación cae de madura. Como la charla que mantuve con el mecánico del Oeste del conubarno, que se había enterado de la existencia de Orense por su pasión por la pesca: había leído una pequeña nota en un suplemento de diario dónde informaban de los mejores piques. Admitió que agradecía haber mordido aquél anzuelo. Según me dijo, no tenía precio aquello de que sus niños pudiera jugar libremente sin temor a perderse.

Llevaba cuatro días, y aún no había ido a pescar.

Y aquella larga conversación sobre literatura que tuve con la maestra de Caballito, mientras tomábamos mate en mi búnker al aire libre. Me dijo que hacía ya tres temporadas que veraneaba aquí, y que no se arrepentía del tiempo que le llevaba el viaje: estar en Orense era recuperar todo el tiempo.
 
Sinceramente, me cuesta imaginarme éstas conversaciones en lugares más populares; simplemente porque hay gente que pareciera llevarse su vida laboral a las vacaciones, y no encuentra diferencia entre una sombrilla y el refugio de una parada de colectivos en pleno microcentro.

Acá en Orense, uno puede sentirse un personaje de la serie Lost: por más tragedia que uno halla vivido, siempre termina en la playa…
 
Santiago López

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