Ante la inacción de la justicia, Graciela Pera investigó durante un año y siete meses para dar con los asesinos de su hijo Matías, de 21 años, quien fue ultimado de un disparo el 19 de marzo de 2004 cuando atendía una ferretería en la localidad de Carupá, en el partido bonaerense de San Fernando. Ahora se moviliza ya que uno de los condenados pidió la libertad anticipada y el otro lo hará el mes que viene.
El mediodía del 19 de marzo de 2004, Matías Sebastián Díaz atendía el local de venta de artículos para computación, en la esquina de la ruta 197 y Leandro N. Alem de la localidad de Carupá, ante los requerimientos de siete clientes, quienes fueron sorprendidos por un sujeto armado que exigió, a los gritos, la entrega del dinero de la caja, mientras su cómplice oficiaba de campana en la puerta. Sin que nadie opusiera resistencia alguna, la víctima recibió un disparo a quemarropa, que lo dejó agonizando y falleció, horas más tarde, en el Hospital de San Fernando.

Después de la morgue, la autopsia, el velorio y el entierro, Graciela estuvo tres meses en cama hasta que se decidió a actuar. “Un día me levanté y me fui a la fiscalía a preguntar. No había novedades, y me dije: 'Esto no va ni para atrás ni para adelante' Y empecé a ir a la fiscalía todos los días", contó en diálogo con el diario Clarín.

Primero habló con el dueño de la ferretería y el hombre le contó que una mujer había pasado por el negocio y le había dicho que ella sabía quiénes habían matado al chico.

Graciela fue a la fiscalía para ver quién era la mujer, pero le dijeron que era una testigo de identidad reservada y que no le podían decir nada sobre ella, excepto que vivía en la Villa Garrote. Ella dejaba el auto a siete cuadras de la villa y se metía. Y finalmente supo que la señora que sabía lo que ella quería saber se llamaba Mónica.

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"Ubiqué la dirección, golpée y me abrió una mujer. Era ella. Hablé como dos horas hasta que la convencí. Quedamos para el día siguiente y otra vez no dormí. Tenía miedo de que se arrepintiera, que se fuera de la casa, porque los miedos de ella yo los entendía perfectamente... La pasé a buscar al otro día y ahí estaba. Una mujer de una nobleza increíble. 'Yo le di mi palabra', me dijo, y vino conmigo".

"Cuando llegamos, el fiscal no lo podía creer. Estuvieron un rato a solas y luego el fiscal me hizo pasar. Y Mónica contó todo...".

Con todos esos datos llegó a un primo hermano del asesino de Matías. Contó que "El Negro Fernández" le dijo que había matado al chico de la casa de computación y que lo hizo acompañado por Chanín Albermajer, un ladrón que había estado tres años y ocho meses preso en Bahía Blanca por robar un banco con un arma de guerra. Salió de la cárcel en enero de 2004 y en marzo fue a asaltar el negocio de Matías.

Graciela siguió. Después encontró a un hombre de la villa y él le dijo que uno de los asesinos de su hijo tenía un tatuaje tumbero: un duende enano fumando marihuana.

Un vecino del negocio donde trabajaba Matías vio ese tatuaje en el brazo de uno de los ladrones. Tenía miedo de declarar. Graciela lo llamó todas las noches a las 22, durante 30 noches seguidas. Hasta que el hombre aceptó declarar. El fiscal vio en la carpeta de antecedentes que ése era el tatuaje que tenía Chanín. Las pruebas se sumaban.

En la villa, Graciela obtuvo el dato final. Chanín estaba trabajando en un mercado de la ruta 202. Y se fue para allá sola. Agarró un arma de juguete y la acomodó en una cartera de jean, como para que quedara a la vista.

"Fui al puesto de verduras a las 8 de la mañana. Pregunté por Chanín, cerré los ojos y, cuando los abrí, venía caminando hacia mí. Le digo 'qué tal, como estás. Yo soy la mamá de Matías, el chico que vos y el Negro Fernández mataron en la casa de computación'. Me dice 'No señora, yo no tengo nada que ver'. Yo tenía ganas de romperle la cabeza pero seguí hablando. Él me dice que me había visto caminando por la villa y que estuvo tentado de venir a hablarme pero no lo hizo. Le dije 'Bueno, hablame ahora'. Me dijo 'Yo, señora, le tengo miedo a usted porque si usted vino hasta acá es capaz de cualquier cosa'”.

El juicio oral fue el 28 de febrero de 2008, con El Negro Fernández y Chanín Albermajer sentados en el banquillo. Duró tres días. El Negro fue condenado a 18 años de cárcel. Chanín, a 17.

Ahora supo que uno de los condenados acaba de pedir la libertad por haber cumplido las dos terceras partes de la pena. Y el otro lo hará el mes que viene. Graciela empezó a moverse de nuevo: ya averiguó que el informe del Servicio Penitenciario fue negativo.

"Ahora tengo que luchar para que cumplan hasta el último día que les corresponda. Mi única preocupación es que no salgan antes de tiempo. La pena se agota en 2020, pero no creo que lleguen... Yo ahora lucho para ser parte ante el juez de Ejecución Penal y oponerme a la liberación anticipada".