El nuevo índice de inflación que el Gobierno anunció el año pasado (y que, dicho sea de paso, generó una fuerte disputa entre el ministro de Economía y el secretario de Comercio) estaría listo para entrar en escena.
Según revela esta mañana el diario Clarín, el nuevo indicador habría dado en enero la mitad de la (discutida) suba de la inflación del 0,9%. Este dato, de por si, escandaliza incluso a los mas insensibles a los precios. Pero vamos por partes.
El IPC actual -que se encuentra bajo sospecha por la intervención del secretario Guillermo Moreno en el INDEC- releva precios de todos los productos y servicios que tienen incidencia en la economía argentina: así se mide por ejemplo la suba de autos lujosos, o servicios que no son de uso masivo, como los transportes aéreos. La crítica que el Gobierno Nacional hace a este indicador es que no refleja la realidad de las mayorías, sino que tiene una gran distorsión.
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El argumento es válido, aunque es muy discutible la solución encontrada hasta el momento para mejorarlo: Hay fundadas sospecha que la intervención del INDEC “maquilla” los números y no calcula sobre los precios relevados por los encuestadores en el mercado, sino que toma los datos de los acuerdos de precios entre el oficialismo y los empresarios, se respeten o no.
Ahora, la explicación de la baja en la prueba de enero habría que buscarla en que en el nuevo índice tendrían menor incidencia o directamente fueron eliminados de la canasta de gastos de enero una serie de servicios que tuvieron subas puntuales, como el turismo.
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Desde el ámbito académico se objeta que el nuevo índice no es un IPC es decir, un índice de precios al consumidor, sino un indicador de una canasta sectorizada. Que no estaría mal que exista, para tener una visión aproximada del costo de la inflación real para la mayoría de la población, es cierto. Pero tan cierto como eso es que el nuevo cálculo debe combinarse con el IPC actual, como sucede en la mayoría de los países del Primer Mundo.
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