El paro del campo no sólo interpela al sistema político, a la economía, a las personas que viven en Argentina. También llama la atención sobre fenómenos que son mundiales, y que se viven en el país tanto como en el resto del mundo. El aumento de los precios de la comida, que beneficia al sector productor, es uno de los grandes temores que se analizan desde diferentes organizaciones de brindan ayuda a quienes no tienen para comer.
Durante años los movimientos de lucha contra la pobreza lucharon contra los bajos precios de los commodities porque, decían, empobrecían a los ruralistas de los países en desarrollo (y tenían razón). Pero claro, si suben los precios, como viene pasando en los últimos dos años, zafan los productores pero pierden quienes tienen que pagar por la comida, y no pueden.
Los precios altos complican la ayuda humanitaria. El Programa Mundial de Alimentos (World Food Programme, WFP) de las Naciones Unidas pidió urgentemente US$ 500 millones para cubrir los mayores costos de la comida. Además, en la última década la ayuda alimenticia ha ido descendiendo paulatinamente, mientras que el hambre crece, en términos mundiales.
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Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Un informe de The Economist dice que hay motivos para mantener la esperanza. Las crisis de hoy pueden servir para cambiar el enfoque mundial en cuanto al hambre y los faltantes de comida.
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Al respecto, Rachel Nugent, del Centro para el Desarrollo Global de los Estados Unidos, asegura que “no hay faltantes de comida” a nivel mundial. Salvo situaciones extraordinarias, como Corea del Norte o Darfur, la mayoría de los lugares del mundo tienen comida suficiente. Incluso, los altos precios de los commodities prometen que habrá aún más.
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Lo que no se entiende es por qué hay hambre, si la comida alcanza. El problema es que el enfoque está equivocado. Para solucionar la malnutrición, no alcanza con mandar bolsones de comida. Este es uno de los aspectos que la crisis actual parece estar sacando a la luz.
Combatir la desnutrición significa recomponer los sistemas de salud, educar en la higiene, controlar la llegada de nutrientes en la cadena alimenticia, todas actividades que los políticos no mueren por hacer.
Al respecto, el WFP propondrá en su asamblea en junio ampliar su capacidad de control, y no dedicarse sólo a enviar comida. Este cambio, acompañado por modificaciones similares en todo el mundo, puede significar no sólo un descenso de la pobreza, sino un mayor entendimiento de la problemática de los alimentos.
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