La maldición de los presidentes que acompañaron a Bush en la guerra de Irak
Bush
De acuerdo con la revista The New Yorker, los dirigentes mundiales que acompañaron a George Bush en la guerra de Irak vienen cayendo uno tras otro, sin que haya quien pueda contener la declinación de sus carreras.
De los objetivos que la administración de George Bush mostró durante la última guerra de Irak, el único con bases reales era el que buscaba cambiar el régimen de Saddam Husein por otro de corte democrático, al menos en apariencia. Había otros dos ejes: el descubrimiento de armas químicas y de destrucción masiva, y la desarticulación de la red fundamentalista Al Qaeda, con Osama bin Laden incluido. Como todos sabemos, ni uno ni otro se pudieron cumplir.
¿Que decir de Tony Blair? El Primer Ministro británico dimitió el 27 de junio de este año, luego de haber sufrido más de un revés por su política exterior paralela a la de EEUU. Gordon Brown, su sucesor, prometió sacar las tropas inglesas restantes – alrededor de 5 mil de las 45 mil iniciales – en marzo de 2008. Otros países como Ucrania, Hungría, Noruega y Eslovaquia también sufrieron el contagio del “cambio de régimen”.
Hace una semana, John Howard, el segundo primer ministro con más tiempo de servicio en su puesto en la historia de Australia, se transformó en la nueva baja entre los dirigentes pro Bush. Howard era un recalcitrante defensor del presidente de EEUU. Tanto así, que se burló del candidato Barack Obama a la carrera por la presidencia. “Si yo fuera Osama, rezaría por una victoria de Obama en marzo” disparó Howard.
Sin embargo, no contó con que los australianos no lo acompañen. La mayoría de ellos desaprueba la política internacional norteamericana (63%) y a Bush en particular (69%).
Analistas norteamericanos se preguntan si, luego de seis años de esta política exterior, a los costos de la guerra no debe sumarse la pérdida de apoyo por parte de países que antes eran aliados. Y afirman: “Estos costos se van a seguir sumando mientras el ‘cambio de régimen’ no se de más cerca de casa”.
Extraído de The New Yorker
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