Raúl trabaja en Palermo, en Cabrera al 3400. Pero, a diferencia de la mayoría de los comerciantes del lugar, no es dueño de un restaurant, ni de una casa de ropa. Raúl es bicicletero. Trabaja en la zona desde el año 1957.
“El negocio alcanza para vivir dignamente y de vez en cuando salir a comer algo con mi esposa, nada más”, explica Raúl. “En los ’80 compre esta propiedad, y tengo mi casa arriba”, agrega.
El hecho de ser dueño es uno de los motivos por los que Raúl sigue trabajando mientras que otros tuvieron que cerrar sus puertas. “El alquiler te mata, antes pagaban 300, después 500, y un buen día se les fue tan arriba que tuvieron que cerrar; algunos se cansaron de que los asaltaran y hasta hubo una mujer que tenía un empleado que le robaba y tuvo que irse”.
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El negocio “anda bien”, pero sólo alcanza para vivir “modestamente”. “Para ir a Europa no da”, se ríe Raúl.
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Hoy en el negocio también está Gustavo, su hijo. “Él sólo aprendió el oficio; yo no le enseñé casi nada”, cuenta. A sus 72 años, disfruta de un poco de tranquilidad. “Los domingos escucho algún partido de River por la radio, y armo juguetes con algunos fierros que tengo”, dice, y muestra orgulloso locomotoras, tractores y hasta una Torre Eiffel a escala que vio en un catálogo.
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“Hace siete años que cobrábamos el parche $3, pero aumenta todo, así que hace un mes que lo cobramos $4”, se lamenta Raúl. Comprar una cubierta cuesta $32, y desarmar la bici, pintarla y rearmarla sale $90.
Raúl parece contento, y sonríe entre bicicletas y cadenas para las fotos. “Tengo suerte – dice – mucha gente viaja horas hasta llegar a su trabajo; yo tengo sólo 29 escalones”.
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