El síndrome de Robin Hood o cómo pasar de ladrón a héroe
* Después de la repercusión por el artículo de ayer sobre la historia de "La Garza Sosa", Jorge Boimvaser recuerda algunos casos de ladrones devenidos en héroes populares.
* Historias de robos sin violencia que despiertan admiración de la gente de a pie y vuelven relativa la línea entre lo que está bien y lo que está mal.
Si alguien supone que la simpatía que gozan en la Argentina personajes como La Garza Sosa o los ladrones al Banco Río de San Isidro guarda estrecha relación con cierto fastidio que dispensan los argentinos al sistema bancario debido a las expoliaciones forzosas que sucedieron en el país en las últimas décadas, está en un error.
En otras latitudes más civilizadas en cuanto al respeto que prima sobre los ahorros de la población y un sólido sistema judicial que no permite a los bancos abusar ni especular con el dinero de sus clientes, ocurre exactamente igual que acá, en la Argentina.
Cada vez que aparece en escena un asaltante solitario, una banda de ladrones de bancos o un grupo boquetero –siempre que actúen sin violencia contra los guardias de seguridad, la policía, empleados bancarios o terceras personas que se interpongan en su camino-, son vistos con simpatía y hasta se les reviste de una categoría de héroes por parte de la población.
Aquí, un breve repaso de algunos casos sorprendentes que avalan esta conclusión:
Hace varias décadas, en Tel Aviv, un motoquero realizó un raíd delictivo con extraordinaria celeridad y sincronización. En un par de días, el motoquero solitario había desvalijado más de una docena de bancos actuando a cara descubierta. Llegaba a la escena del crimen conociendo previamente la geografía interna y externa del teatro de operaciones. Vaciaba las cajas en un santiamén, colocaba el dinero en unas alforjas que llevaba colgadas de sus hombros y partía raudamente. Le insumía menos de cinco minutos cada operación. Los noticieros dieron cuenta del hecho y la población le brindó un apoyo espontáneo, casi inaudito en un país en el cual no existen conflictos entre la gente y sus sistema bancario. Cuando estaba por dar su golpe número 18, el motoquero fue detenido. Insólitamente, muchos pobladores se organizaron e hicieron colectas para pagarle al asaltante de bancos el mejor estudio de abogados.
La solidaridad fue inédita. Se convirtió en una leyenda, el héroe de chicos y grandes justamente en un país donde la gente parece no tener tiempo para otra cosa que no sea cuidarse de sus enemigos violentos allende las fronteras. Pero al incruento ladrón de bancos le propinaron mas honores que a un soldado que lucha en los frentes de batalla.
En 1963, 16 ladrones asaltaron el tren del correo inglés en Glasgow. Se llevaron más de 33 millones de libras esterlinas, una verdadera fortuna que actualizados a la fecha equivaldrian a cuarenta veces esa cifra en euros. Entre el grupo asaltante figuraba un hombre desconocido hasta entonces que fue apresado poco después: Ronald Biggs. El ladrón pudo huir y se exilió en Rio de Janeiro. Brasil lo adoptó como un hijo. Durante décadas turistas ingleses visitaban la ciudad carioca para realizar un city-tour en el que invariablemente se encontraban y saludaban al asaltante del tren de Glasgow. La cancillería inglesa realizó todo tipo de gestiones a fín de lograr la extradición de Biggs, pero los diferentes gobiernos que se sucedieron en Brasil lo tenían considerado como un hijo adoptivo y se negaban a entregarlo. Previendo un posible secuestro por parte de comandos de inteligencia británicos, el SIN -Servicio Nacional de Inteligencia del Brasil-, montaba operativos de seguridad cuidándolo casi a la par del Presidente de la República.
Para los ingleses era una afrenta que un asaltante que además huyó de la Justicia fuera considerado un héroe que hasta se burlaba de las autoridades de su país dando cuenta de qué forma había engañado a los fósiles supuestamente perfectos de Scotland Yard. Los turistas pagaban entrada para que Biggs les relatase los pormenores del asalto y su posterior huída. Y firmaba autógrafos con la misma devoción con que se los piden a una estrella.
Biggs tuvo un hijo en Brasil, que hace unos años declaró: “Mi padre es una de las atracciones de Rio de Janeiro, como lo puede ser el Cristo del Corcovado o el Pan de Azúcar, aseguró Mick Biggs, mientras anunciaba la concesión de los derechos a una matríz de entretenimientos electrónicos norteamericana que se aprestaba a comprarle el relato del robo para fabricar un juego que comercializaría en el mercado mundial. Al final, enfermo y nostálgico, Biggs volvió por su propia cuenta a Inglaterra deseoso de tomar -antes de ir preso- una buena cerveza en el mejor pub de Londres
Otro de los héroes modernos fue el famoso “Dionisio” español. El hombre conducía un camión de transporte de caudales y después de dos años de estudiar los movimientos de dinero, una tarde se escapó llevándose dos sacas llenas de dólares. Él también marchó a Río de Janeiro. Joaquín Sabina lo inmortalizó con un tema titulado “Con un par” (por las dos bolsas que se llevó).
Los émulos de La Garza Sosa -aquellos que actúan incruentamente- son muchos en el mundo entero. Desde Biggs al motoquero solitario de Tel Aviv pasando por el Dionisio madrileño, despiertan fantasías en hombres y mujeres que los respetan más que a los Donald Trumps o los Rockefellers.
La sociología podrá explicar los porqué de este fenómeno mundial. Nosotros nos limitamos sólo a contar la historia.
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