El testimonio de una de las personas que acompañó al entonces cardenal. Sus consejos y la intimidad del sacerdote que llegó a ser Papa.
Escribe Federico Wals (*)
Desde principios de 2007 y hasta que escuché su nombre de boca del cardenal Tauran, tuve la posibilidad de compartir con el "padre" -como le decía yo y como él prefería que lo llamaran- momentos, historias, vivencias, experiencias que hicieron que nuestra relación fuera haciéndose más cercana. Pude palpar su coherencia permanente entre el decir y el hacer, su preocupación por todos y cada uno de nosotros y su espíritu de oración. Era común verlo rezar mientras caminaba por la Ciudad o encontrarlo junto a una imagen de la Virgen y otra de San José al entrar o salir del Arzobispado, por eso cuando se detenía más largamente en una, pensábamos que le encomendaba algún "asunto" mayor al Santo... Claramente un hombre de profunda oración.
Su paternal cercanía la sentimos fuertemente con mi esposa cuando nuestra pequeña hija sufrió sorpresivamente un problema respiratorio, debiendo ser internada por largos 11 días. En ese tiempo de angustia y tristeza, él se hizo presente con sus llamados para preguntarnos cómo habíamos pasado la noche, conversar sobre cómo lo estábamos sobrellevando con mi mujer, darnos ánimo y recordarme que estaba rezando por nosotros. Para quienes son padres, saben el valor de saberse acompañados en estas situaciones. Más aún, mi segundo hijo es fruto de su perseverancia. Sin perder la oportunidad, cada tanto me decía: "¿Cuándo va a venir el hermanito?" Una vez le pregunté por qué insistía, a lo que me respondió paternalmente: "No es bueno que ella se críe sola, necesita un hermano. Porque así van a caminar juntos el camino de la vida cuando ustedes no estén".
Claramente le dolía la indiferencia ante el dolor del otro, del próximo, del prójimo.
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Siempre me conmovió la extraordinaria capacidad que tuvo y tiene para ponerse en el lugar del aquel que quedó a la vera del camino... Me acuerdo que solía definirlos como aquellos a quienes la sociedad tiraba en un "volquete existencial" porque ya no les "servían" más. Y ahí estaba él, callado, acompañándolos de diversas maneras. A los pobres, ancianos, víctimas de trata y tráfico, adictos, madres solteras, cartoneros... se les unía en el dolor haciéndolo propio y les pedía que no se dejaran robar la esperanza ni que se olvidaran de Jesús que estaba a su lado.
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Cuando los periodistas preguntaban por qué Bergoglio no daba entrevistas, o si iba hablar al término de la misa, solíamos responder casi automáticamente: "Bergoglio habla a través de sus homilías". Es ahí donde, tanto ayer como hoy, puedo decir sin ánimo de equivocarme, que está su riqueza: en su palabra y pensamiento y es nuestro compromiso que nos dediquemos el tiempo para meditarla, decantarla y hacer que fructifique. El hoy papa Francisco sembró abundante y fructíferamente a lo largo de su vida y lo sigue haciendo; sin que nadie lo viera, con la humildad y generosidad que nace del corazón, siempre caminó y estuvo cerca de aquel hermano que necesitó un gesto, una palabra o simplemente una mirada.
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Los días siguientes a su elección llamó varias veces al Arzobispado para pedir que se avisara a las personas con las que había acordado audiencias que no podría asistir, o cancelar la suscripción al diario... o el mismo día de inicio de su pontificado nos sorprendió con su llamado en la Plaza de Mayo. Y así a lo largo del año. Siempre estuvo presente. Por eso, para quienes compartimos con él parte de su camino, Francisco es un padre cercano, el de siempre, pero de modo nuevo.
(*) Esex secretario de prensa del Arzobispado de Buenos Aires. Actualmente es el encargado de temas religiosos en C5N, Radio 10 y minutouno.com
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