Isabel, Borges y la ceguera argentina


La escena parece extraída de aquel terrorífico afiche del filmEl exorcista”: El sacerdote parado frente al enrejado de la casa donde habría de practicar el ritual de expulsar demonios. En esta ocasión, el lugar común no era ficticio sino real: La Meca del peronismo en la diáspora, la residencia “Puerta de Hierro” en Madrid. Pero quien llegó aquella mañana fría e inhóspita tampoco era un actor profesional sino un aprendiz de brujo que arrastraría, bajo su demoníaca influencia,  a un baño de sangre en la Argentina.


 


José López Rega llevaba un portafolio lleno de libros sobre una temática esotérica algo extraña, algo alejada del ocultismo tradicional. Tocó el timbre de la residencia no con apetencias políticas sino mas bien comerciales: Quería venderle ejemplares al matrimonio ocupante de aquella mansión. Es sabido que la gente débil de carácter resulta mas sencilla de embaucar en ese contexto de los misterios sobrenaturales. Y la ocupante de aquella residencia – Maria Estela Martínez de Perón, “Isabel”- era una mujer con ambiciones a flor de piel. Faltaba el detonante.


 


La vida de “Isabelita” no había sido fácil hasta ese entonces, y el tétrico vendedor de libros parecía ser el ángel de la muerte azuzando los deseos ocultos de esa mujer con una expresión en la comisura de sus labios que espantaba a sus ocasionales adversarios. Pero Lopecito se hizo ducho en el manejo del carácter de la esposa de Perón, e ingresó en la vida de esa pareja para algo –para mucho más- que para vender libros. La mujer era vengativa, cautiva de aquella expresión bíblica del ojo por ojo, diente por diente… Se dice que cuando el mentor literario-espiritual del órgano de la Triple A, el editor de la revista “El Caudillo” Felipe Romeo le relató el aforismo “el mejor enemigo es el enemigo muerto”, quedó tan conmovida por la expresión que terminó siendo la frase insignia de los crímenes de la ultraderecha peronista.


 


Hoy, en minutouno.com, una introducción a la historia negra de “Isabel” y un contexto de lo que fue la Argentina cuando la esposa del anciano caudillo asumió la Jefatura de Estado.


 


A partir de mañana, relatos oscuros de la historia de una mujer que quiso vengarse de su destino eligiendo a todo un país como mascarón de proa de sus frustraciones individuales.





 


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Una genialidad de Jorge Luis Borges expresada en los tiempos que gobernaba a la Argentina Isabel Martinez de Perón, recreada recientemente por el escritor Andres Bufali en su libro “Secretos Presidenciales”, refleja de alguna forma el contexto socio politico de  entonces que llevó a la esposa de Juan Domingo Perón caudillo a la Jefatura de Estado.

La historia fue asi: Una tarde se encontraba Borges en la esquina de Arenales y Carlos Pellegrini, golpeando el suelo con su bastón a la espera de que algún transeunte le ayudara a cruzar la Avenida 9 de Julio. Tres muchachos militantes de la Juventud Peronista pasaban por las inmediaciones, y uno de ellos le dijo a sus compañeros: “A ese viejo gorila lo cruzo y lo dejo abandonado en medio de la avenida. Ahí que se arregle solo”. Sabido era que la fobia de  Borges para con el peronismo (fuera de izquierda, centro o derecha) se retroalimentaba mutuamente.


 Al llegar al refugio de la 9 de Julio, en medio del caos vehícular y preanunciándole a Borges su intención de abandonarlo a su suerte, le dijo: “¿Sabe una cosa Borges? Tengo que hacerle una confesión: Soy peronista”.    

El joven se acercó al escritor, lo tomó del brazo y comenzó a paso lento el cruce de la avenida. Al llegar al refugio de la 9 de Julio, en medio del caos vehícular y preanunciándole a Borges su intención de abandonarlo a su suerte, le dijo: “¿Sabe una cosa Borges? Tengo que hacerle una confesión: Soy peronista”.

Rápido de reflejos, el escritor descolló con una genialidad que dejó pasmado a su interlocutor: “No se preocupe jovencito, yo también soy ciego”.

Frente a tal respuesta, el muchacho de la Juventud Peronista (quien fue el relator de esta anécdota muchos años después, ya grande, calvo y liberal) se rindió frente a la brillantez del escritor y le cruzó la avenida hasta la vereda de enfrente.


 


Rápido de reflejos, el escritor descolló con una genialidad que dejó pasmado a su interlocutor: “No se preocupe jovencito, yo también soy ciego”.    

La ceguera a la cual se refería Borges fue precisamente el modus operandi de la clase dirigencial de aquella época, que posibilitó a una mujer de escaso coeficiente intelectual, nula formación política y fácilmente manipulable, llegar a la Presidencia de un país que se debatía entre el odio y la violencia mas demencial que vivió la Argentina en su historia.

Si Eva Perón tuvo una virtud que la convirtió en una personalidad reconocida mundialmente fue haberse consustanciado con la causa de los desposeídos y convertirse en su vocera y protectora. “El amor suple multitud de pecados” escribió el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, y los déficits que pudo haber tenido Evita en su formación política los reemplazó con su voluntad de servicio. Isabel Martinez de Perón no tenía ni voluntad de servicio ni una causa que la apasionara. Y demostró en carne y espíritu propio que el carisma y la capacidad conductora de su marido no se absorbe por ósmosis ni se contagia en el candor de la convivencia matrimonial.

Todo eso lo sabían los dirigentes peronistas de entonces, cuando el General Perón lo desestabilizó al Presidente Cámpora para llamar nuevamente a elecciones y ganar con el 63 por ciento del electorado.


Isabel Martinez de Perón no tenía ni voluntad de servicio ni una causa que la apasionara. Y demostró en carne y espíritu propio que el carisma y la capacidad conductora de su marido no se absorbe por ósmosis ni se contagia en el candor de la convivencia matrimonial.
    

Si bien en el sistema institucional argentino el sitial de la vicepresidencia es un puesto mas honorífico que ejecutivo (la famosa descripción de que un vice sólo sirve para tocar la campanilla en el Senado), en el caso de la fórmula Perón-Perón de aquel 1973, era sabido que la salud del anciano líder sufría un deterioro progresivo. Por tanto, el cargo de la sucesión dejaba de ser una situación anecdotaria para convertirse en un puesto clave para la continuidad institucional del sistema democrático.

La ceguera de algunos dirigentes que entornaron a Isabel Martínez de Perón a la vicepresidencia y la sucesión Presidencial, la obsecuencia de otros y el deseo de manipularla de los mas fuertes de su entorno (obvio, con López Rega en la primera línea de los interesados), se encontraron con la incólumne voluntad de Juan Domingo Perón de permitir que esa sinrazón ocurriera.

Las consecuencias de aquella situación parecen volver a repetirse en el escenario político actual, en el cual otra vez la ceguera a la cual se refería Jorge Luis Borges vuelve a posicionar a Isabel Martínez de Perón en la primera plana de las noticias de actualidad y en los entrazados de una política que sigue estancada en asuntos de medio pelo.


 


A partir de mañana, en minutouno.com algunos relatos oscuros de la historia de la Argentina dirigida por una mujer que quiso vengarse de su destino.

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