El estresante plan de la NASA para recuperar fotografías dañadas en el espacio

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Un grupo de ingenieros tuvo que enfrentar una misión casi imposible: revivir un instrumento clave a millones de kilómetros.

Todo indicaba que la misión estaba por llegar a su fin. La cámara encargada de registrar imágenes de uno de los planetas más enigmáticos del sistema solar había empezado a fallar de forma irreversible. Ruido, líneas y distorsiones reemplazaban las vistas impresionantes que antes mostraban un mundo de tormentas gigantes y lunas volcánicas.

La causa era conocida: un entorno letalmente radiactivo estaba degradando el sensor. Lo que no estaba claro era si existía una solución. Desde el centro de control, a más de 600 millones de kilómetros, se preparaba un último intento. Uno arriesgado, delicado y sin garantías.

El tiempo corría y la presión era inmensa: una luna estaba por ser sobrevolada, y con ella, la oportunidad única de capturar nuevas imágenes antes de perder el equipo para siempre.

Lo que tuvieron que hacer para recuperar la cámara

La protagonista de esta historia es la JunoCam, la cámara principal de la sonda Juno, que desde 2016 ha explorado Júpiter y sus lunas. Aunque no estaba protegida por el blindaje de titanio del resto del instrumental, la NASA decidió instalarla para capturar imágenes que luego serían procesadas por entusiastas en la Tierra.

La estrategia funcionó durante años. Pero a partir de la órbita 47, los efectos de la radiación empezaron a hacerse evidentes. Para 2023, casi todas las fotos estaban dañadas. El diagnóstico apuntaba a un regulador de voltaje defectuoso. La solución: un proceso conocido como recocido, que consiste en calentar el material afectado para corregir defectos microscópicos.

Primero intentaron elevar la temperatura suavemente. Funcionó, pero por poco tiempo. Entonces decidieron ir al límite: llevar el calentador al máximo y someter a la cámara a una especie de reseteo térmico total.

Durante una semana, no pasó nada. Pero justo antes del sobrevuelo a Ío, la luna más volcánica del sistema solar, las imágenes comenzaron a mejorar drásticamente. Para cuando la sonda pasó a solo 1.500 kilómetros del satélite, la cámara funcionaba casi como nueva.

La recompensa fue enorme: fotografías inéditas del polo norte de Ío, con detalles como montañas de cristal, escarcha de dióxido de azufre y lagos de lava activos. Un registro que no solo impresionó al público, sino que también ofreció valiosa información científica.

Aunque el problema comenzó a reaparecer algunas órbitas después, el éxito de esta maniobra dejó una huella: demostró que incluso en el espacio profundo, la ingeniería humana puede encontrar soluciones donde parecía que ya no las había.

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