Lucas Stoessel trabajó 10 años en una corpo y la dejó para hacer un museo en la puerta de su casa de Saavedra

Lucas Stoessel trabajaba de traje y corbata en una empresa, pero un despido cambió su vida. Hoy se dedica al arte y su casa en Saavedra es de Interés Cultural.

En el tranquilo Pasaje Cisne del barrio porteño de Saavedra, una vivienda rompe con la habitual monotonía urbana. Su fachada está cubierta por dispositivos tecnológicos de los años 80 y 90, creando un museo al aire libre de artefactos obsoletos que acaba de ser declarado de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

La historia de Lucas Stoessel y la creación de la Casa Obopop en Saavedra

El creador de esta singular instalación es Lucas Stoessel, un artista plástico y modelo publicitario que durante casi diez años llevó una vida completamente diferente. Vestido formalmente de traje y corbata, se desempeñaba como oficinista en el área de ventas de una reconocida empresa de medicina prepaga atendiendo al público.

Sin embargo, un masivo recorte de personal lo dejó repentinamente sin empleo. Este duro quiebre laboral se transformó rápidamente en la enorme oportunidad para dedicarse por completo a su verdadera pasión por la pintura y el arte.

La famosa instalación en la puerta de su casa, bautizada como Casa Obopop (Objetos de botonera obsoleta con perillas o palancas), nació de forma accidental. Todo comenzó cuando Lucas, quien se considera una especie de acumulador de objetos hermosos, decidió pegar unos viejos aparatos sobre el timbre de su domicilio. Al día siguiente, una alumna de pintura presionó por error un viejo Discman creyendo que era el timbre y desató la idea creativa.

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A partir de ese insólito momento, comenzó a poblar la pared con tecnología olvidada:

  • Teléfonos fijos y celulares de todas las formas y colores.
  • Calculadoras, teclados y monitores de antiguas computadoras.
  • Radiograbadores, Walkmans y cámaras fotográficas analógicas.

El valioso aporte del barrio a este museo al aire libre

La iniciativa despertó un enorme entusiasmo en la comunidad. Los vecinos y alumnos comenzaron a donar masivamente aquellos aparatos electrónicos viejos que guardaban como tesoros familiares, colaborando activamente en la construcción de esta gran obra colectiva.

Durante los duros meses de la pandemia, la recepción de objetos se multiplicó y Lucas tuvo que ingeniárselas para atornillar cada pieza a la pared para evitar robos. Hoy, la fachada se convirtió en un verdadero punto turístico y un espacio de pura nostalgia que reivindica la experiencia táctil de los botones mecánicos frente a la actual uniformidad de las frías pantallas táctiles modernas.

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