Mi amigo el ladrón de bancos
- El periodista Jorge Boimvaser cuenta en primera persona la historia de La Garza Sosa, un personaje controvertido que se debate entre la ilegalidad y las buenas intenciones.
- Ética, doble moral y ayuda social en el apasionante derrotero de un Robin Hood moderno.
Hace unas horas, Hugo Sosa Aguirre (alias “la Garza Sosa”, “Cacho” para los amigos) confesó en el informativo de Canal 7 que estando preso recibió muestras solidarias desde fuera de los muros, y recalcó: “…quien me enviaba libros y me daba contención fue mi amigo Jorge Boimvaser”.
La cita casi obligada para comenzar este informe es –inexorablemente- aquella máxima tan difundida de Bertolt Bretch: “Más delito que robar un banco, es fundarlo”.
No voy a confesar en qué circunstancias conocí a “Cacho”, pues algún fiscal quizás deseoso de prensa y notoriedad puede ponerse cargoso, y ya se sabe que un fiscal cargoso no es tan molesto como un periodista cargoso, pero le pega en el poste.
Sucede como cuando en el Tute Cabrero alguien canta las cuarenta, y se le responde: “¿Las Cuarenta...? No joden pero atormentan”. Así son algunos fiscales con muchas cuestiones, menos con las que deberían ser estrictos e inflexibles, no joden pero atormentan.
“Cacho” fue un delincuente que utilizaba parte del botín recaudado para ayudar a los pibes necesitados de los barrios humildes. Eso me llevó a componer una obra titulada “Cantata para ladrones”, donde lo menciono como “un moderno Robin Hood”. Una vez hace algunos años canté este tema en el programa “Memoria” y la legión de pacatos e hipócritas que habitan la sociedad argentina –entre ellos Elena Cruz, quien saltó de los escenarios artísticos a la política reivindicando la figura del dictador Videla y negando la existencia de desaparecidos-, me acusó por una supuesta apología del delito.
Samuel Gelblung me preguntó por qué reivindicaba la figura de La Garza Sosa y respondí como lo hago ahora: “A mí siempre me robaron los banqueros, nunca los asaltantes de bancos”.
Poco después de ese episodio se instaló en el mercado financiero el corralito, el corralón, la corralona y todas sus variantes de despojo a los ahorristas. Le siguió la pesificación asimétrica y los hechos mostraron que Bertold Bretch no escribía en balde.
Es cierto que a “Cacho” le envié libros a la cárcel y notas de solidaridad. Alguna vez cité El Evangelio según San Mateo (versión bíblica de Casidoro de Reina revisada por Cipriano de Valera) en el cual Jesús le dice a sus discípulos:”…Entonces el Rey le dirá… Venid benditos de mi padre, pues tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve en la cárcel y vinisteis a mí… entonces los justos le responderán: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento, sediento… o en la cárcel. Y respondiendo el Rey les dirá: En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos, a mí me lo hicisteis” (San Mateo capítulo 25).
Para que en una sociedad impere un mínimo de equilibrio entre las personas, los que infrigen las leyes deben ser puestos fuera de circulación. Pero la cárcel no puede ser una jungla infrahumana en que se arroja a los seres como a un infierno donde se bloquea la puerta de salida y se echa una vuelta de candado a las esperanzas de los que dieron un paso equivocado.
Pero el desequilibrio de los órdenes sociales en la Argentina se nota simplemente en la idiosincracia imperante en ciertos estratos de las tribus urbanas.
Antes de que la maldita pasta base se instalara casi definitivamente en las villas de emergencia, ya se notaba una de las más notorias rengueras de la sociedad local: Los pibes le tenían más miedo a los policías que a los ladrones. Se hablada de “tener código” en lugar de la antigua “palabra de honor”, pues la misma expresión “palabra de honor” es la que utilizan los políticos argentinos… y ya se sabe cuál es el honor y cómo cumple sus promesas esa casta privilegiada…
“Cacho” no dejaba que a su grupo entraran pibes deseosos de hacer carrera en la delincuencia, ni admitía la droga en sus cercanías, ni le gustaba hacer daño a los ocasionales vigilantes-custodios que salían a impedirle sus robos. Cuando en el ambiente de las fuerzas de seguridad se supo que “Cacho” amedrentaba para no disparar… no se puede decir que sus asaltos fueron las aventuras de Walt Disney, pero al menos no había carnicería ni sangre derramada a sus alrededores. Varias veces la policía montó algún escenario de criminalidad extrema que no correspondía a la realidad. Una vez “Cacho” insinuó que muchas de sus fuentes informativas para la consumación de robos a bancos y blindados, eran los propios oficiales de la policía bonaerense. Los jueces y fiscales sabían de qué hablaba, pero no avanzaron al respecto.
Hoy “Cacho” busca reivindicarse ayudando desde la legalidad a la contención de pibes en estado de emergencia. Sabe de qué se trata y qué se precisa para sacar a los chicos de la basura in limine a la que nadie le pone freno.
Lo suyo hoy parece calcado del papel que personificó Benicio del Toro en el film “Trafic”. En la película, era un policía que para sacar a los pibes del acecho de la droga se esforzaba para hacer canchitas de fútbol en las zonas marginales de México.
La Garza Sosa trabaja ahora buscando pibes con habilidades futbolísticas y utiliza su indudable carisma en favor de una causa noble.
Me enorgullece haber ayudado a “Cacho” haciéndole “el aguante” cuando estaba entre rejas. Y por carácter transitivo, estar ayudando a sacar chicos de la basura. Sigo reivindicando como antes a mi amigo, La Garza Sosa.
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