Bergara es el "pato de la boda" de una interna policial y política

Mundo

Los ánimos están caldeados en La Plata a raíz del caso Bergara, y no es para menos. Se confiaba que el pasado fin de semana fuera liberado, pero la continuación del cautiverio pone de manifiesto que la investigación está estancada, no hay pistas firmes del delito y se prevé un escenario descarnado cuando la pista policial, tal como está planteada, se caiga por falta de sustento jurídico. No es que no exista la pista policial, sino algo más grave aún: “La pista policial es más pesada de lo que se piensa, pero va por otros carriles a los que está siguiendo la investigación”, le dijo a minutouno.com un funcionario del Ministerio de Seguridad bonaerense.



Hoy, la suerte del joven empresario está echada a la negociación entre partes, es decir, los familiares y los secuestradores, un regateo económico y de pruebas de vida que enerva a todos, tal como quieren los secuestradores. La postal de los investigadores en total impotencia es la visión que nadie quiere tener en una provincia convulsionada por el delito que no cesa.

La historia oficial que se cuenta alrededor del secuestro de Leonardo Bergara es apenas la punta del iceberg. Lo que se esconde bajo la superficie son los conflictos que se arrastra en el ámbito policial y político bonaerense desde la época en que el Ministerio estaba a cargo de León Arslanián.  Hoy algunos altos jefes policiales de la bonaerense siguen consultando a Arslanián y desobedecen las directivas que baja Carlos Stornelli, y como los rumores acerca del regreso de Arslanián siempre están a la orden del día en La Plata, los otros policías se cuidan por las dudas y así nadie hace demasiado por resolver el complejo panorama criminal. Y el secuestrado Bergara queda como el invitado de piedra, la víctima potencial, el pato de la boda en este conflicto de intereses.

La información que trasciende es poco creíble. Hasta ahora se encuentran sospechados de integrar la banda delictiva cerca de diez policías y otros cinco están en la mira aunque no hay pruebas que los incriminen. ¿Quince delincuentes para realizar un secuestro extorsivo que comenzó exigiéndose un rescate de medio millón de dólares y hoy se negocia como en un mercado persa? No hay relación, es poco dinero lo que le tocaría a cada criminal –si el secuestro hubiera salido redondo de entrada- por tratarse de profesionales del delito. “La banda interviniente es seguro más reducida y sabe bien lo que ocurre en la investigación, esto es, tienen información de primera mano. Los chicos juegan en Primera”, afirmó la fuente consultada.

Otro detalle no menor: si los policías sospechados por el secuestro de Bergara tuvieran real participación en el delito,  los secuestradores hubieran liberada al secuestrado o apresurado la negociación. Es que los policías conocen los protocolos de una investigación delictiva como ésta. La justicia, frente a la necesidad de liberar a la víctima cuanto antes le ofrece al detenido mejorar su situación  legal o sumarse al beneficio del arrepentido si aporta urgente la información sobre el paradero de la víctima. Esto produciría un desbande inmediato, los delincuentes no se arriesgan a continuar un secuestro cuando cae un miembro que los puede delatar. Mucho más en el ambiente de los poliladrones, en el cual la delación, el doble juego y la traición son moneda común en sus formas de actuar. Nada de esto pasó en el caso Bergara. Los secuestradores se toman el tiempo del mundo sabiendo que aún continúan seguros de no ser identificados.



Tampoco es consistente la versión que indica que los secuestradores actúan en células y supuestamente no se conocen entre sí. En este tipo de delitos prima la total desconfianza como para suponer que los miembros de una banda se desconocen entre sí. Quizás todos no sepan donde esconden a Bergara, pero difícilmente desconozcan el quién es quién en esta historia.


Desde que se inició la industria del secuestro extorsivo en la Argentina, hace casi cuatro décadas, las megabandas que se dedicaron a este modo delictivo no fueron muchas, y los rescates que cobraban eran siempre cifras multimillonarias.



“La banda de los comisarios” (oficiales de Policía Federal que se desintegró tras el secuestro de Mauricio Macri en 1991), “la banda de Aníbal Gordon” (grupo mixto integrado por delincuentes comunes y agentes de inteligencia), “el grupo Guglielminetti” (agentes de inteligencia militares) y la psicópata familia de Arquímides Puccio fueron los grandes profesionales del rubro y dejaron asentados manuales de instrucción acerca de cómo realizar con éxito el siniestro delito de secuestrar personas y canejarlos por dinero.



Lo que nunca imaginaron estas bandas antiguas era que las internas en las fuerzas de seguridad y en los superiores políticos que las manejan fueran a operar como un hándicap enorme a favor de los delincuentes. Es lo que ocurre ahora y por eso Leonardo Bergara es el pato de la boda de estas internas tenebrosas.

Dejá tu comentario