El infierno, el paraíso y sus diferentes interpretaciones

Mundo

*El Papa Benedicto XVI aseguró esta semana en una iglesia de Roma que el infierno como tal "existe y es eterno".
*Lugares post mortem como el cielo y el infierno no tienen el mismo concepto en otras religiones.
*La filosofía zen, por ejemplo, no tiene fundamentos en libros sagrados ni en escrito alguno.
*¿Cuánto hay de infierno y de eterno, de Paraiso y terrenal dentro del mundo zen?

El Papa Benedicto XVI habló horas atrás en una Iglesia de Roma y sus breves palabras alcanzaron para alborotar al mundo religioso: “El infierno, del que se habla poco en estos tiempos, existe y es eterno”.



El monoteísmo en su conjunto (judíos, cristianos e islámicos, por orden de aparición en la historia) comparten -con diferencias de matices- la idea de la existencia de lugares incorpóreos post mortem en los cuáles el espíritu del hombre recibe la dádiva divina si su comportamiento terrenal fue ejemplar (el estado de gracia) o paga con desventura eterna si su actitud en vida fue corrupta y apóstata (“…allí es el llorar y el crujir de dientes”, según la referencia bíblica neotestamentaria). Pero hay otras formas de pensamiento religioso -como el Orientalismo- más sumidas en el aquí y ahora que interpretan de otra forma los conceptos de paraíso e infierno.



La filosofía zen (una palabra normalmente traducida como meditación) es una mixtura de tres pensamientos espirituales: la mística del hinduismo, la belleza paradójica del Taoísmo y el pragmatismo de la mente Confucionista. De los tres, el zen rescata una cuota de sabiduría aunque su composición inicial es puramente budista, y su finalidad o esencia de ser es alcanzar el máximo estado de iluminación al que puede llegar el hombre (El Nirvana, palabra que significa la extinción de todo sufrimiento. No es un paraíso vivido fuera del cuerpo ni alejado de este mundo, sino en el cuerpo que a cada uno le toca vivir y en este estado actual de vigilia permanente).


La filosofía zen es extraña: no tiene fundamentos en libros sagrados ni en escrito alguno. Así como el budismo se basa en el Dhammapada (doctrina o afirmación de principios), el taoísmo en el Tao Te Ching de Lao Tsé o el hinduismo posee sus propios salmos llamados Vedas o su libro esencial de filosofía (Upanishads), el zen solo dispone de una serie interminable de cuentos alegóricos y metáforas que explican con hermosa sencillez los avatares del hombre sobre la faz de la Tierra.


 


La filosofía zen (una palabra normalmente traducida como meditación) es una mixtura cautivante de tres pensamientos espirituales: La mística del hinduismo, la belleza paradójica del Taoísmo y el pragmatismo de la mente Confucionista.     

Y referido al dogma monoteísta pronunciado por Benedicto XVI respecto a la existencia del infierno, en el zen existe un antiguo cuento japonés que representa la interpretación de las doctrinas orientales acerca del cielo y el infierno.  Se lo conoce como El Monje y el Samurai, y dice así:

Un belicoso Samurai desafió en una ocasión a un Maestro Zen a que le explicase el significado del Infierno y el Paraíso. Sentado en posición de loto, con las piernas cruzadas, el Maestro atinó a levantar la vista y responderle con absoluto desprecio: “No puedo perder mi tiempo con un estúpido como tu”. Tras lo cual volvió a su estado de quietud absoluta. A cada pregunta del Samurai referida al Cielo y al Infierno el Maestro Zen le respondía con serena quietud, pero sus palabras insultantes hirieron la fibra íntima del guerrero japonés. Ya ardiendo en ira,  el Samurai desenvainó la espada dispuesto a cortarle la cabeza al Maestro Zen:



El anciano levantó su mirada sin perder la calma, y en voz suave le expresó frente al acero que ya estaba casi cortando el aire:



Ese es el Infierno.


 


El Samurai comprendió la lección del Maestro y cuando estaba enfundando nuevamente su espada sintió otra vez hablar al anciano:



Y ese es el Paraíso.

El cuento finaliza con una moraleja: La paz interior se halla cuando el que busca deja de hacerlo, no por haberla encontrado sino por descubrir que siempre estuvo con él, y no fuera de él.

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