Fiesta en cementerios de Bolivia "despide" todas las almas de los difuntos
* El festejo comenzó el domingo, cuando el "ajayu", como se llama en aimara al alma de los muertos, regresa a casa para estar un día con los que siguen con vida.
Bolivia
Por EFE
Junto a su familia, Ticona se levantó hoy temprano para ir al cementerio a "despedir" el alma de su padre Mariano, muerto hace seis años, tras una noche de vigilia alrededor del altar casero.
Para ello, trasladaron la mesa hecha de cañas hasta el camposanto de Villa Ingenio, colocaron todas las viandas encima de su tumba, encendieron unas velas y esperaron hasta el mediodía cuando, de golpe, el alma de su difunto padre "regresa" a su lugar.
Y, mientras dura la espera, comen, beben, fuman, mascan coca y recuerdan todo lo referido a su ser querido, mientras chiquillos venidos de todos lugares del altiplano se acercan para ofrecer sus oraciones y cánticos a los muertos.
Rezos que, por supuesto, tienen su recompensa: dependiendo de la calidad y cantidad de los rezos, se llevan en sus bolsas de plástico parte de lo que hay en la mesa, siendo las piñas y las grandes "t'ant'awawas" los objetos más preciados.
Cuando todo lo del altar ha sido repartido, regresan a su casa, algunos para seguir con la fiesta y otros para reunirse en familia.
"Hoy es un día importante para nosotros, porque recordamos a mi madre Teodora en su tercer aniversario. Somos diez hermanos que venimos de provincias, y aunque siempre la tenemos en el recuerdo hoy es un día especial", aseguró a Efe Valentín Marca.
Marca llegó a El Alto a las seis de la mañana, acompañado de tres de sus diez hermanas, montó su altar rebosante y esperó a que los chiquillos llegaran a la tumba de su madre para rezar.
"El tercer año es el más importante. Es la despedida final, a partir de entonces la celebración no es tan grande", explicó Marca, mientras de fondo se oía un grupo de niños que, acompañados de una flauta, cantaban tres 'padres nuestros'.
Cuando el sol empieza a asfixiar, la marea de gente que pobla la pequeña ciudad en que se ha convertido el cementerio de Villa Ingenio es incontable, y los contrastes de colores y las músicas de las oraciones difieren de lo que normalmente debe ser un paseo normal por este lugar.
"Es una cultura diferente. La muerte no es algo triste, es algo que tiene que ocurrir y por eso venimos a celebrar con nuestros muertos en un día tan especial", concluye Eugenio Arias, quien va sirviendo vasos de cerveza a los transeúntes que circulan cargados de flores y dulces hacia las tumbas de sus muertos.
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