La muerte del hombre que mató a la URSS

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*El analista internacional Claudio Fantini realiza un certero perfil de Boris Yeltsin: desde su adicción al alcohol hasta su dura posición para evitar un golpe de Estado contra Mikhail Gorbachov.

Por cierto, Rusia no va a extrañar a Boris Nicolaievich Yeltsin. Los últimos años de su estancia en el Kremlin fueron caricaturescos y el gigantesco país navegó a la deriva. El presidente pasaba parte del tiempo alcoholizado y la otra parte internado con infarto o trombosis coronaria.


El alcohol hizo estragos en la salud de Yeltsin, agravando los problemas de su débil corazón. Se perdía por el whisky Jack Daniels y por el vodka siberiano, por lo que más de una vez hizo papelones que lo mostraban como un ser patético.


Por ejemplo cuando de visita oficial en Alemania, habiéndose embriagado durante un almuerzo con el entonces canciller Helmut Kohl, al salir del restaurante se acercó a una orquesta que tocaba en su honor, le arrebató la batuta al director y empezó a emularlo con movimientos torpes y grotescos.


Otra vez, regresando desde los Estados Unidos su avión hizo una escala en el aeropuerto de Dublín, donde lo esperaba para una reunión cumbre el jefe de gobierno irlandés. Las autoridades anfitrionas esperaron al pie de la escalerilla durante media hora, sin que saliera nadie de la nave. Hasta que se asomó un secretario y dijo que el presidente ruso se había descompuesto durante el vuelo. Por cierto, la indisposición era por las tres botellas de Jack Daniels que engulló mientras volaba sobre el océano Atlántico.



De todos modos, no fue eso lo peor de su gobierno, sino la inmensa corrupción digitada por su hija y su yerno; además de la derrota del ejército ruso en la primera guerra contra el independentismo en Chechenia y la capitulación firmada por el general Alexander Lebed en nombre de Rusia.



Y también la inestabilidad política permanente de un presidente que vivía cambiando a su primer ministro: un día era Gaidar, después Chernomirdin, luego Kirienko y más tarde Primakov o Stepashin, hasta que volvía Chernomirdin, y así hasta que nombró en ese cargo a Vladimir Putin.


Sin embargo, habiendo sido un presidente decrépito, inconstante y patético, Boris Yeltsin quedará en la historia del mundo y de Rusia. Empezó a avanzar hacia la historia cuando se sumó a la corriente reformista que crecía dentro del Partido Comunista liderada por Mikhail Sergeievich Gorbachov.
Gracias al vigoroso empuje de Yeltsin, Gorbachov pudo convertirse en secretario general del PCUS y nombrar como canciller al giorgiano Eduard Shevardnadze, dupla que impulsó los diálogos, primero con Ronald Reagan y luego con George Herbert Walker Bush, que condujeron hacia el final de la Guerra Fría.


También fue el por entonces enérgico Boris Yeltsin quien encabezó el triunfal contragolpe que frustró el intento del KGB de involución totalitaria al secuestrar a Gorbachov en su dacha de Crimea. En la historia quedará la imagen de Yeltsin trepado al tanque frente al Parlamento para evitar el golpe de Estado. Aunque después de aquel suceso él mismo hizo que Gorbachov perdiera la autoridad que antes le había restituido.



Ergo, fue Boris Nicolaievich Yeltsin quien condujo el proceso en el que desapareció la Unión Soviética. Lo decidió en una dacha de las afueras de Minsk, reunido con los líderes de Ucrania y Bielorrusia, Leonidas Kravchuk y Aleksandr Lucashenko.


Desde entonces, el presidente de Rusia ya no tuvo nadie por encima de su autoridad. Por entonces todavía era un líder enérgico. Lo demostró con brutalidad al aplastar la rebelión parlamentaria que encabezaron Jasbulatov y Rutzkoy, a quienes bombardeó en la sede legislativa hasta hacerlos capitular.


Después vendría su decadencia. Las internaciones constantes por sus problemas cardíacos y las escenas grotescas que hacía cuando se emborrachaba. Mientras Yeltsin naufragaba en océanos de alcohol, su entorno hacía de las grandes privatizaciones un agujero negro de corrupción, en que se enriquecieron de la noche a la mañana personajes como Berezosky y crecía el poder de las mafias.


Su último rasgo de lucidez fue descubrir al hombre adecuado para cubrirle la retirada del poder; ese que, desde el cargo de primer ministro, se encargaría de evitar que lluevan juicios contra Boris Yeltsin y su familia una vez que abandonaran el Kremlin. Ese hombre fue Vladimir Vladimirovich Putin, quien tras cubrir la retirada del líder que le abrió las puertas del poder, se dedicó a aplastar las rebeliones caucásicas a sangre y fuego, y a reconstruir el poder autocrático que siempre predominó en Rusia.

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