Ultima sobreviviente del Titanic vende recuerdos para pagar el geriátrico

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Pasaron casi 90 años desde que Millvina Dean y su familia subieron al Titanic. En ese momento, ella tenía apenas nueve semanas de vida y apenas si habría notado que el barco se hundía y se llevaba la vida de su padre, Bertram, de apenas 27 años. Su madre

Georgetta logró salvarse con su pequeña hija, a la que metió en una bolsa de correo para mantenerla caliente, aunque el trauma por lo que había vivido la llevó a una más querer hablar sobre su marido muerto.

Con 97 años, Millvina es en la actualidad la única sobreviviente viva del hundimiento del Titanic, y paradójicamente espera que las cosas que la conectan con esa tragedia sean hoy su salvación.

Eso es porque la mujer está punto de perder, por no poder pagarla, su habitación en el geriátrico donde esperaba pasar sus últimos años.

Determinada a hacer frente a esta circunstancia, Millvina rematará sus últimos recuerdos de ese viaje para afrontar las 3.000 libras mensuales (algo así como 15 mil pesos) que cuesta su asilo.

El hogar de ancianos Woodlands Ridge, donde ella se hospeda está en las afueras de Southampton, desde donde la mujer embarcó el 10 de abril de 1912. Apenas cuatro días después, el famoso “inundible” chocaba un iceberg y comenzaba su tragedia.

Apenas un rato después, Georgetta metía a su hija en una bolsa de correo y entraba con ella al bote salvavidas número 13. De su padre no supieron más nada.

“Mi madre la tomó y resultó ser una bolsa de correo, que hizo un muy buen trabajo porque me mantuvo seca y caliente”, aseguró la mujer.

Esa bolsa está incluida entre los 17 objetos que Millvina rematará en abril, junto a un modelo a escala del Titanic hecho de cristal y una foto gigante del barco, con su nombre en una placa, que le dieron los fabricantes de la nave.

“No quisiera desprenderme de estas cosas, pero no tengo opción”, aseguró la mujer que actualmente necesita una silla de ruedas para movilizarse y disfruta de tomar café con un toque de licor.

Tenía ocho años cuando su madre le relató por primera vez lo que había ocurrido con el transatlántico hundido en 1912, y del que sobrevivieron sólo 705 de sus 2,228 pasajeros.

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