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Cuando el sexo se convierte en adicción

03 de diciembre de 2017

Las denuncias por acoso contra un productor de cine en Hollywood puso nuevamente en discusión un flagelo oculto. La respuesta desde las neurociencias.

Por Ángel Gargiulo*

La catarata de acusaciones de abuso sexual a Harvey Weinstein, famoso productor de Hollywood, puso nuevamente en discusión la adicción al sexo. Este tema, incluso, fue abordado en 2012 por la película Thanks for sharing, co-protagonizada por Gwyneth Paltrow, una de las actrices que denunció a Weinstein. Cuando se habla de adicción se implica pérdida de control, mitigación de la responsabilidad. Y, por eso, en una trama de abusos y acusaciones, la pregunta sobre la posible adicción al sexo toma especial relevancia.

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El notable avance de las neurociencias en los últimos años permite entender el camino de las adicciones. La clave es que todos podemos ser "adictos" a casi cualquier cosa, siempre y cuando el objeto de la atracción active una región específica del cerebro de una manera singular.

En concreto, esto se debe al funcionamiento del circuito de recompensa: un conjunto de neuronas que disparan dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la novedad. Este circuito tiene una función para la supervivencia del individuo y de la especie, ya que suele activarse frente al cálculo de mayor posibilidad de encontrar nuevos alimentos o compañeros sexuales. Una vez liberada la dopamina, sentimos el impulso de ponernos en marcha para conseguirlos.

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La adicción comienza porque en este sistema se dan fenómenos de tolerancia y dependencia: cada vez es necesaria una dosis mayor y más frecuente para obtener el mismo resultado. Por eso, cuando nos acostumbramos a una determinada frecuencia de contacto con lo gratificante y/o novedoso, sentiremos ansiedad si no obtenemos una nueva “dosis”. Esa es la dependencia y la explicación de ese malestar que en la vida cotidiana llamamos síndrome de abstinencia.

Esto puede ocurrir en mayor o menor medida con la pizza, la ruleta, el sexo, la consulta frenética de las actualizaciones del celular, la cocaína o cualquier cosa que, de una forma o de otra, active este circuito de recompensa.

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Ahora bien, hay una diferencia fundamental entre la adicción al sexo y las adicciones a sustancias: mientas que el sexo es evolutivamente necesario para la supervivencia de la especie (no así para la supervivencia del individuo, al día de la fecha no hay estudios que demuestren que se pueda morir de abstinencia al sexo), las sustancias no lo son.

La cocaína o las anfetaminas generan una activación notablemente mayor que el sexo. Por lo tanto, cabe la pregunta: ¿puede el sexo por sí mismo volverse adictivo, tal como son las drogas? Para que el sexo active el circuito de recompensa de forma adictiva debe estar abierto a una “novedad interminable”. Hay estudios que demuestran que un macho mamífero puede tener una frecuencia de relaciones sexuales mucho más alta si se lo expone a hembras distintas que si está frente a una sola. Esto se denomina "efecto Coolidge".

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Los seres humanos que desarrollan adicción al sexo se ubicaron justamente en un contexto de "novedad interminable", sea a través de Internet, de la pornografía (una droga de diseño del siglo XXI), de las aplicaciones o páginas de citas, yendo a bailar a lugares donde es muy fácil conseguir pareja, o acudiendo a la prostitución reiteradamente. Por lo tanto, es necesario evaluar qué grado de responsabilidad existe en el origen de esta adicción. El contexto de acceso permanente al sexo incrementa la activación sexual de manera que puede llevar a perder la libertad, a caer en la espiral de la adicción.

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El circuito de recompensa es necesario para la supervivencia. Sin embargo, la felicidad del ser humano, vivir una vida con sentido y dirigida por valores, depende de la libertad. Las adicciones nos vuelven esclavos de los impulsos y llevan a un callejón sin salida, que interviene nocivamente en las relaciones, el trabajo, los proyectos, el ánimo.

La psicología actual enfatiza la necesidad de un entrenamiento que permita la libertad de poder elegir con base en mis valores y metas. Las nuevas terapias insisten una y otra vez en que, en el fondo, lo único que importa es tener una vida llena de sentido. Las adicciones secuestran nuestra búsqueda de sentido: la apertura y el respeto a los demás presentan el camino de la libertad.

*El autor es médico psiquiatra de la Fundación Foro e investigador en el Centro de Epilepsia del Hospital Ramos Mejía.

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