Hay que decidir qué ciudades queremos
El especialista en urbanización, Guillermo Tella, escribe sobre las inundaciones, las razones detrás de la recurrencia de este fenómeno y las posibles soluciones.
Escribe Guillermo Tella (*)
En primer término hay que decir que, si bien la cantidad de lluvia que cayó fue excepcional, estamos en un marco de cambio climático en el que este tipo de eventos tenderá a darse con mayor frecuencia. Y esta lluvia puso en evidencia la falta de infraestructura, de planificación, y que el modelo de ciudad no responde a las necesidades de la población que alberga.
La lluvia es un fenómeno previsible, esperable y manejable: no es un terremoto. Aún en estos niveles, si se cuenta con voluntad política y dirección eficiente con sistemas de alerta temprana que alerten a los ciudadanos, se puede manejar este tipo de siniestros.
Hay problemas de infraestructura y canalización del agua. Uno de los principales problemas de la última década es la impermeabilización del suelo. Hemos avanzado en proyectos de urbanización y edificaciones, cementando toda superficie y con eso taponamos aquel suelo absorbente que permitía retener en su interior el agua. Nuestras ciudades están siendo, periódicamente, sometidas a lluvias intensas o sudestadas y no dispone de los desagües necesarios para canalizarla.
Se precisa una mirada de mediano y largo plazo que piense en ciudades más amigables y, en ese sentido, un equipo de gobierno que tome el tema y lo instale en la agenda y lo convierta en una política de estado. Todas las gestiones apuestan a que no caiga el siniestro en su mandato, pero deberían estar pensando –más allá de la acción sobre la emergencia- en la intervención a mediano plazo.
En primer lugar, se debe hacer una modificación de los códigos de planeamiento y edificación. Por un lado, para que promuevan las superficies de escurrimiento y absorción. En la mayoría de los municipios de la Provincia de Buenos Aires existen leyes que exigen que un 40% de la superficie de cada lote sea para absorción, pero no siempre se respeta. La falta de controles y regulación hace que todo valga y se avance con áreas de quincho, estacionamiento o embaldosado. Es preciso modificar o ajustar las normas, pero también generar mecanismos de control: no en contra del propietario, sino en favor del bien común.
Por otro lado está n las fallas del funcionamiento de los sistemas de emergencia. No se trabajó en forma coordinada entre organismos y distritos. Debieran haberse puesto a trabajar en forma aunada y no arrojarse muertos de un lado a otro.
A mediano plazo, se debe revisar la normativa, hacerla cumplir y desarrollar una mejora en el tratamiento de residuos con la población y cómo actuar frente a emergencias; en el largo plazo, definir cuál es el suelo susceptible de ser urbanizado y cuál no. Hay áreas que han sido suelo de bañados y regulación hídrica naturales y se han modificado elevando sus niveles y desviando el agua hacia otros lugares: Nordelta, zonas de Avellaneda o Quilmes, la zona de Tecnópolis.
En el marco del boom inmobiliario de la última década pareciera que todo suelo es susceptible de ser urbanizado, pero la ciudad debe definir en qué territorios crecer, cómo hacerlo y no que se realice un avance indiscriminado. El sistema natural en el que estamos insertos en la Pampa húmeda tiene condiciones particulares que, de ser subvertidos, tiene efectos catastróficos. Por eso precisamos de mecanismos de absorción –suelo virgen, pasto, tierra- y mecanismos de canalización y escurrimiento acordes. Pensar qué áreas de la ciudad se protegen y quedan como reserva.
Un buen proyecto que se aprobó en la Ciudad y tuvo resultado en otros sitios del mundo es el proyecto de Techos Verdes, que da un color paisajístico a la quinta fachada. Promueve que en los techos o terrazas, haya un piso de 20 o 30 centímetros de pasto y tierra. De este modo ayuda a bajar y regular la temperatura y la humedad de la ciudad y también absorbe agua en estos casos de lluvia. Son experiencias que van llegando muy lentamente a nuestro país. Es un camino interesante dentro de un conjunto de medidas necesarias en el largo plazo.
Si bien es probable que algunas cuestiones lleven entre 3 o 5 años –las obras en el mismo Arroyo Vega llevarán al menos 2 años- debemos comenzar ya a trabajar en ese sentido. En ese marco, hay que pensar cómo organizaremos la ciudad y su crecimiento urbano. Hay sitios que son de una profunda relevancia natural, que son zonas de regulación térmica, hídrica y de oxigenación, fundamentales para la Ciudad. Hoy hay proyectos de enorme especulación inmobiliaria para construir residencias, shoppings, en lugares como Campo de Mayo o la zona sur -Parque Brown o el Parque Indoamericano- o en las mismas trazas ferroviarias que quedaron vacíos: son reguladores naturales y pulmones verdes necesarios.
Todas esas inversiones de mucho dinero se preocupan de canalizar el agua fuera de sus sitios, pero no se preocupan por dónde termina. Es el caso del shopping DOT o de los barrios y clubes cerrados del conurbano: elevan niveles, invierten para canalizar el agua fuera de sus terrenos y lo vuelcan, por lo general, en barrios populares vecinos. Incluso tienen la complicidad de los municipios. Esto habla de un modelo de inequidad e injusticia con el cual nos acostumbramos a transitar.
Detrás de esta tragedia hay una oportunidad para revisar ciertos mecanismos en relación a la igualdad en la ciudadanía, en el acceso a los derechos y a los servicios, al espacio público y a las áreas de salud. Todas las ciudades pueden manejar la cantidad de lluvia que cayó, pero para eso se precisa inversión, elegir cómo se urbanizará y dirección política: hoy en día, no estamos preparados.
*Es arquitecto y Doctor en Urbanismo por la Universidad de Buenos Aires, investigador y docente universitario por la Universidad de General Sarmiento, así como asesor de organismos públicos y privados.
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