El diputado nacional por el Frente para la Victoria analiza uno de los temas que vertebró gran parte del discurso opositor durante la campaña de cara a las Legislativas.
Escribe Eric Calcagno (*)
La década ganada queda relegada al supuesto "roban pero hacen" que nos endilgan los medios dominantes y su comité político, lo cual no sólo es falso, sino que permite ignorar los logros alcanzados, desprestigiar conducción y militantes y sobre todo, emplazar el debate sobre la cuestión de la moral, que tanto nos faltaría.
Enhorabuena. Porque, como veremos, desconocen qué es la moral, tanto como para qué sirve la política. Quizá la reseña de un texto de André Comte-Sponville (Pensées sur le politique) editado en 1998, contiene algunos análisis de este filósofo francés que permitan distinguir la cuestión moral de la realidad política, su necesaria articulación y su nefasta confusión.
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"La política no es el reino de la moral, del deber, del amor... Es el reino de las relaciones de fuerza y de las opiniones, de los intereses y de los conflictos de intereses". "Moral y política no se oponen, pero tampoco pueden confundirse", afirma. ¿Quién no prefiere la salud a la enfermedad, la prosperidad a la pobreza, la lealtad a la traición? Eso nos dice la moral, "que no conoce fronteras y habla por el individuo y por la humanidad". Pero sólo la política puede llevar a cabo tal cometido. La política tiene fronteras, su sujeto es el pueblo y además tiene al Estado, que es el instrumento que permite completar, si no superar, a la generosidad como virtud moral por la solidaridad como virtud política. Ninguna acción de caridad, por noble y desinteresada que sea –que las hay– puede alcanzar los ocho puntos de Producto Bruto Interno destinados a la ANSES, ni pueden remplazarse, puesto que la caridad como moral es individual y la seguridad social como política es por ley del Congreso Nacional.
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Esta ilusión "angelista" –como la define Comte-Sponville– se basa sobre la creencia que si las cosas funcionan mal, o no como desea un individuo, grupo o clase, es porque hay personas malvadas que gobiernan. Basta con poner a los buenos, para que cese todo mal. ¿Cómo distinguir a los buenos? Bueno, los buenos deben ser morales. Si la presunta inmoralidad de los gobernantes es la causa de todos los males, pongamos fiscales de la moralidad, que no faltan, y que de tan buenos que son los buenos, no fallan (basta con leer las páginas de Clarín o de La Nación... y resulta que los que nos aferramos a un relato somos nosotros).
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Un claro ejemplo es la división de poderes que establecen las constituciones modernas. Los que tanto hablan de moral ven ese ordenamiento como fin en sí mismo. Se equivocan.Porque de un sistema de pesos y contrapesos no puede surgir un proyecto político, una estrategia de acción, porque se trata nada más que de un modo de organización y de gestión de los conflictos que existen en la sociedad. Ni nada menos. Veamos un ejemplo: la existencia del hospital no garantiza la plena curación del enfermo. Por cierto, sin hospital es difícil el tratamiento, como lo sería sin médicos, enfermeras y personal de mantenimiento. O sin insumos, sin presupuesto. Creer que el hospital por sí, como institución ordenada, puede curar, equivale a confundir al hospital con un templo mágico.
El ordenamiento institucional es, apenas y tanto, aquello que permite resolver los conflictos existentes, sublimar la violencia, atenerse a las leyes y reglamentos libremente aceptados que permitan que esos conflictos se expliciten, así como los intereses de cada clase social, de cada actor económico, de cada corriente política. Sacrificar las discusiones a la organización equivale a pensar que los problemas económicos y sociales tienen soluciones técnicas, ahora disfrazadas de moral. Es excluir a la política, por lo tanto a la libertad, tanto personal como colectiva. "Ser generoso no dispensa de ser solidario; ser solidario no impide ser generoso", afirma Comte-Sponville, "pero no son equivalentes ni substituibles". Confundir generosidad con solidaridad, o pretender reemplazar la segunda por la primera es renovar las relaciones de violencia y consentimiento que existieron antes y que se pretende, con sonrientes candidatos, restablecer en el futuro.
Esto es lo que esconde la "buenocracia", hecha de honestismos afichados y republicanismos proclamados, que poco tienen que ver con la honestidad o con la República.Significa reducir el carácter político de los problemas económicos, sociales y culturales a la presunta bondad de tal o cual individuo.Reeditan, a su modo, la versión noventista del gerente perfecto, aquel que podía con el manual correcto aplicar las soluciones convenientes porque verdaderas. Era el Consenso de Washington. La estafa que se consumó en esta campaña por parte de la oposición consiste en remplazar al eficaz gerente privado de los intereses públicos durante los años noventa por el gestor eficiente de la moralidad pública, aquel que podrá sacar a los "inmorales" acusados por los medios y aplicar las soluciones pertinentes porque son morales. Será el Consenso de Washington.
En conclusión, la moral es aquello que nos interpela desde lo individual con una pregunta fundamental: ¿qué debo hacer? Se estructura en torno de la visión cultural del bien o del mal que cada uno pueda tener desde su grupo social. La política consiste en cómo hacerlo. De allí que aquel que pone la economía al servicio de la política es un hombre –¡o una mujer!– de Estado; aquel que ponga la política al servicio de una moral es un hombre –¡y una mujer!– que crea justicia. Atacar desde la política para defenderse desde un supuesto posicionamiento moral es moralina; como atacar desde la moralina para conseguir ventajas políticas es cinismo.Aunque venga en una coqueta presentación, lleno de marketing a falta de ideas, repleto de prejuicios a falta de valores. Sus dientes demasiado largos le impiden caminar.
(*) Eric Calcagno es diputado nacional por el Frente para la Victoria en representación de la provincia de Buenos Aires
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