La fábula del tesoro que terminó con una masacre

Alex creía que su abuelo había enterrado US$ 10 millones en el terreno de la casa en la que vivía. Junto a un amigo mató a su padre, la pareja de él y su abuela para hacerse con el dinero que nunca existió.

Escribe Paulo Kablan

"Tu abuelo siempre dijo que en esta quinta tenía su tesoro." Norma contó varias veces la historia de su fallecido esposo, que había creado una de las cadenas más importantes de zapaterías de la Argentina: "Pepe Cantero". En el 192 de la calle 20 de Junio de la ciudad de San Vicente, la casona con pileta rodeada de un parque de casi media manzana fue un paraíso terrenal para el empresario que se hizo famoso auspiciando programas de televisión de los '70 y comienzos de los '80.

A "Pepe" Canteros (a diferencia de la marca, su apellido era con "s") los vaivenes del país le dieron un golpe mortal. El empresario, tras una quiebra, quedó casi en la ruina. Murió cuando sólo tenía una propiedad: su tesoro. Uno de sus hijos, Jorge Canteros (51), se mudó a la quinta. Allí, luego de divorciarse, vivió junto a su nueva pareja, Giselle Edith Minod (34), y su madre, Norma (78).

Alex, el hijo menor, vivía con ellos. Estaba cansado de repartir lavandina con su padre en los comercios del sur del Conurbano. Soñaba con el pasado millonario de su familia. Y creía, como si fuese un guión de una película, en la historia de la abuela Norma. Pero para él, el tesoro tenía otro significado: el abuelo "Pepe", en algún lugar del parque, había enterrado diez millones de dólares.

El joven, cuando tenía 18 años, llegó a discutir con su padre para que le permitiese buscar el tesoro. "Dejáte de joder con pavadas", escuchó una y otra vez Alex. Pero no le creía: su amigo y confidente, Eugenio Gustavo "Tito" Muñoz, había realizado rituales pseudo-religiosos, en los que "había confirmado" sus sospechas: a un paso de un árbol de mandarinas, en botellones enterrados, se amontonaban los fajos de billetes de cien dólares.

El plan lo estudiaron varias veces. Muñoz, por entonces de 31 años, aportó ideas. Y Alex pensó y pensó hasta que, finalmente, tomó la decisión. Era la noche del 10 de enero de 2004 y hacía varias horas que estaba lloviendo.

Fue Alex el que dio aviso a la Policía. Dijo que había regresado a su casa a las 2.30 de la madrugada del día 11, que había encontrado a todos muertos, que había corrido a pedir ayuda y que no tenía la menor idea de lo que había ocurrido.

Jorge había recibido un balazo en la cabeza con una pistola Pietro Bereta calibre 7.65 que los asesinos habían encontrado en la casa. Norma y Giselle, tenían dos impactos de bala cada una. Los tres habían sido sorprendidos en el quincho de la quinta mientras miraban televisión, luego de comer un asado.

La masacre era inexplicable. Para sumar confusión a los primeros minutos de la investigación, surgieron dos elementos llamativos: los cuatro perros doberman y el ovejero alemán, que no dejaban acercar a nadie al parque, habían sido encerrados mansamente en una habitación. Y había dos pozos, recién cavados, cerca de un árbol de mandarinas.

Un policía de San Vicente, cuando entró a la quinta, se paró a un costado de la casa y observó la escena mientras frotaba sus zapatos en el pasto, tratando de sacarse el barro que le había quedado pegado en el calzado. Fue cuando miró a Alex y notó algo que sería el comienzo del esclarecimiento: las zapatillas de Canteros estaban limpias. El chico había contado que esa noche había viajado en colectivo a Temperley, que había estado en un shopping, que había regresado de madrugada y que, cuando vio a su familia muerta, había salido corriendo para pedir ayuda.

Cuando le repreguntaron por la salida nocturna, Alex mostró los boletos del colectivo y un ticket de una compra en el supermercado. La coartada aguantó dos días. Darío, un amigo del barrio, declaró que él había viajado a Temperley con su novia, y que Muñoz le había dado 25 pesos, con la condición de que le entregara los boletos. Alex nunca más volvería a declarar.

El fiscal Marcelo Martini envió a la cárcel a Alex y "Tito", a quienes acusó de triple homicidio calificado. El juicio oral y público se realizó en La Plata, en el año 2008. Los jueces Juan Carlos Bruni, Emir Caputo Tártara y Gloria Berzosa los condenaron a perpetua. Habían escuchado al fiscal Carlos Gómez, en el alegato, decir que "prepararon con antelación el escenario con un macabro plan, casi de película, para matar a tres personas y apoderarse de una suma de dinero fantasiosa o no, pero ese fue el motivo que los llevó a cometer una masacre despiadada".

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