Horacio Rodríguez Larreta y los límites del discurso político

Política

Ante la contundencia de las estadísticas, el jefe de Gobierno porteño tuvo que asumir que las clases presenciales impactan en la circulación.

Pirro fue un General de la antigua Grecia que logró expandir las fronteras de Epiro, su reinado. En el año 284 a.c. enfrentó al Imperio Romano y logró conquistar parte de lo que hoy es Italia. Sin embargo el costo en vidas que le demandó dicha victoria diezmó su ejército e hizo que no pudiera sostener durante mucho tiempo los territorios anexados. Incapaz de defenderlos, los volvió a perder en la primera incursión que lanzada por Roma para recuperarlos.

Precisamente de la historia de Pirro viene la expresión "victoria pírrica" que se utiliza para dar cuenta de una victoria que se consigue a un costo muy alto, que no siempre vale la pena conseguir pero que sobre todo no se podrá sostener en el tiempo.

Tal fue la victoria política que consiguió hace apenas un mes Horacio Rodríguez Larreta cuando al calor de los sondeos de opinión y de las presiones del ala más dura del macrismo se vio tentado de colgarse una cucarda en un año electoral y abandonó por un rato el rol de gestor de la pandemia que se vio obligado a asumir para erigirse en un inesperado defensor de la educación.

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Horacio Rodríguez Larreta y Soledad Acuña insistieron con las clases presenciales en la Ciudad de Buenos Aires

Horacio Rodríguez Larreta y Soledad Acuña insistieron con las clases presenciales en la Ciudad de Buenos Aires

Desde el primer momento aquella postura se reveló no solo como muy arriesgada desde lo sanitario sino también como una estrategia política de muy corto aliento. Las experiencias vividas en Europa anticipaban con claridad el cariz que tendría la segunda ola de contagios de coronavirus Covid-19 en la Argentina. Más aún a partir de la detección en el país de las nuevas variantes del Covid-19, mucho más contagiosas que la original de Wuhan.

En conferencia de prensa el 19 de abril pasado el jefe de Gobierno porteño aseguró que la presencialidad en las aulas no incrementaba la circulación y que por ende no tenía incidencia en el nivel de contagios. “Respecto de la circulación, el uso del transporte público es igual al que antes del 17 de febrero, cuando arrancaron las clases. Del mismo modo, aumentamos un 20% la cantidad de colectivos y disminuyó la cifra de alumnos y docentes que usan el transporte público: antes lo utilizaba una de cada tres personas, y ahora una de cada cuatro. También es un hecho que la mayoría de las vacantes en el nivel inicial y primario se asignan a chicos que viven a menos de 10 cuadras de su escuela”, aseguraba en aquel entonces Rodríguez Larreta lanzado de lleno al campo de la batalla electoral munido de gráficos y estadísticas para intentar instalar la idea de que las clases presenciales no implicaban un aumento de la circulación.

Apenas once días más tarde, y mientras esperaba el fallo de la Corte Suprema que le avalara la posibilidad de desconocer un DNU del Ejecutivo nacional, Rodríguez Larreta comenzaba a dar marcha atrás y disponía que la Secundaria pasara a un sistema bimodal que combinaba presencialidad con virtualidad para bajar la circulación. "Vamos a estar colaborando a reducir el uso del transporte público" dijo en ese entonces negando lo que había dicho apenas unos días antes.

Este jueves tuvo que desandar del todo y sin atenuantes el peligroso camino desandado y tuvo que adherir ya sin medias tintas a la nueva suspensión de las clases presenciales en todos los niveles educativos definida por el gobierno de Alberto Fernández.

¿Si la presencialidad en las aulas no aumentaban la circulación ni incidía en el nivel de contagios por qué ahora Rodríguez Larreta sí elige adherir a las restricciones dispuestas por Nación? ¿Qué fue lo que cambió? ¿Por qué esta vez la decisión de Rodríguez Larreta de suspender las clases presenciales no generó una nueva revolución de los chats de mamis ni generó una nueva cruzada por mantener las escuelas abiertas?

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Nada cambió y todo cambió al mismo tiempo. Simplemente quedaron en evidencia los límites del discurso político. Y ese límite lo impuso el incontenible avance de la segunda ola de contagios que el macrismo en la Ciudad decidió ignorar a lo largo de todo un mes. Hoy, con el colapso sanitario como una amenaza cada vez más certera Rodríguez Larreta da marcha atrás, niega aquello mismo que afirmaba hace apenas un mes para complacer a los miles de padres de la Ciudad frustrados por el déjà vu de la nueva batería de restricciones que se avecinaba y hace lo que el sentido común dictaba desde el primer momento y que lejos está de ser una estrategia inventada por el gobierno de Fernández. Es, simplemente, lo mismo que hicieron la mayoría de los países del mundo ante el avance de los contagios.

Nada cambió con respecto al impacto de las clases presenciales en la circulación de personas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y todo cambió en la situación sanitaria. Si antes todavía Rodríguez Larreta veía algún margen para intentar capitalizar políticamente el descontento que generan las restricciones, hoy ya no lo tiene. Lo único que logró fue perder tiempo. Cuando tiempo es precisamente tiempo es lo que más se necesita para que no se sature el sistema sanitario y mueran más personas.

En su libro "El imperio de lo efímero" el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky analiza las modas en las sociedades postmodernas y advierte que hoy la moda es el paradigma mismo del sistema y nada escapa a ella, ni el arte, ni el amor, ni tampoco la política. Nada.

Y advierte que nunca antes las referencias, los valores, las decisiones que se toman fueron tan dependientes de lo voluble, lo contagioso, lo seductor. Tal parecen ser las características de los pilares que sostuvieron por lo menos hasta este jueves las decisiones del gobierno porteño. Convicciones efímeras que cambian con la velocidad de las tendencias que dicta el mundo de las redes sociales y asumidas al calor de la seducción y placeres que prometen las conclusiones de los focus group. Por lo menos hasta que el imperio de la realidad se impuso con toda su fuerza y no dejó margen para seguir mirando para el costado.

La victoria política de Rodríguez Larreta fue pírrica, efímera. Le sirvió solo para convencer aún más a los convencidos pero no para mejorar la situación sanitaria de la Ciudad que se siguió deteriorando hasta que no tuvo más remedio que hacer lo que los principales líderes del mundo hicieron muy a su pesar para frenar los contagios. Cerrar. Aún a costa de las muy duras consecuencias sociales, económicas, educativas y psicológicas que una decisión como esta conlleva. Consecuencias que aún así, y por más duras que sean se revelan menos definitivas que la muerte. Porque la especulación política, en tiempos de pandemia, mata.

Pirro regresó derrotado a Epiro. Expulsado por los romanos. Cargaba consigo la cucarda sin embargo de haber conquistado durante un breve tiempo una parte del imperio romano. Este módico triunfo le alcanzó para quedar en la historia como el hombre que extendió aunque fuera de manera efímera los límites de la antigua Grecia. Luego se lanzaría a nuevas batallas. Acumularía nuevas victorias y derrotas. Quizás a Rodríguez Larreta le baste esta módica y anecdótica victoria política obtenida en medio de una lucha mucho más importante como lo es enfrentar una pandemia. Parece poco. Pero cada uno libra la batalla que puede dar.

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