¿Alguien pudo ganar algo en las máquinas “saca peluches”?

Sociedad

Las hay simples, dobles o prometedoras. Pero en todos los casos, acceder a uno de los premios que prometen las “máquinas saca-peluches” a cambio de una monedita se parece mucho a una misión verdaderamente imposible.

¿Se trata de un genuino entretenimiento instantáneo a cambio de un peso o de una estafa socialmente aceptada?

minutouno.com ingresó en el mundo de esas maquinitas y propone un recorrido por sus entrañas.

Se acaban las clases y las salidas con los chicos se convierten en obligadas. Salas de “jueguitos” o patios de comidas de supermercados, son algunas de las alternativas habituales, en las que seguramente habrá alguna de estas máquinas de frente vidriado.

Para aquellos que no las conocen, su funcionamiento es (debería ser, bahh) muy sencillo: a cambio de una moneda, que actualmente es de un peso en la mayoría de los casos, se accede a la posibilidad de usar una pinza metálica que descenderá sobre un pilón de regalos para intentar alcanzar alguno, que se transformará en el premio.

Esto sería así, si no existieran unas cuantas salvedades en estas máquinas en las que, en pocos instantes y a suerte y verdad, se juega la alegría de un chico.

Todo debería ser sencillo: elegir el juguete más tentador para intentar pescar, direccional el brazo metálico sobre él y esperar que la pinza lo atrape y lo descargue en nuestras manos.

Pero no, empiezan las complicaciones. Primero, lo más probable es que la palanca con la que se mueve el brazo (ojo, solo para adelante, atrás y los costados, nunca en diagonal) esté vencida por el uso. Con esto, es poco probable que finalmente nos hayamos colocado sobre el objeto deseado.

Después, y sin que lo hayamos decidido todavía, el brazo mecánico, con sus humildes tres dedos, intentará agarrar, por ejemplo, a un “Winnie Pooh”. O a un “Woody” o “Donald”, si se tiene suerte. Porque, claro, siempre es más barato para sus dueños, colocar peluches genéricos del montón.

Y ahí empiezan las desilusiones: Porque en una de esas la mano metálica sí descendió sobre el muñeco elegido y logró, como fue planificado, rodearlo. Pero en menos de un segundo, la ilusión se desvanecerá. El propio peso del juguete hará que los dedos de manteca de la máquina no puedan retenerlo y caiga nuevamente en el lugar original. Y chau ilusiones y premio.

Pero, como en todo juego que apele al azar, muchos pensarán que estuvieron cerca, y que en realidad los que fallaron fueron ellos con la palanca, por falta de práctica. Y van por otra chance. “Ahora vas a ver”, suelen prometerle a quien esté al lado.

Y, lógicamente, porque de eso se trata el negocio de las maquinitas, será otro peso perdido. Y así, hasta que el sentido común haga ver la realidad.

En caso de los peluches, muchas veces se gastará más en la máquina que en la juguetería vecina por el precio de comprarlo. Y, en cambio, la promesa de un reloj o una mini radio, lo más probable es que haga gastar varias monedas.

En todos los casos, el que sonreirá, será el dueño o el concesionario de la maquinita.

¿Cómo remediarlo? No quedará otra que invertir los dos mil pesos que cuesta una de ellas usada y colocarla en la puerta de casa. Porque tentaciones e incautos, hay en todos los barrios.

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