Discriminar no está tan mal y Pergolini tiene razón
“No se dice, discapacitado sino con capacidad diferente”. O bien, “no se dice ciego, sino no vidente”. O “no se dice rengo, sino con movilidad reducida”. Estamos expuestos a una forma de tratamiento de las discapacidades que hace eje en la forma de nombrarlas. Nadie duda de la importancia que puede tener el trato respetuoso, pero lo que realmente duele es la invisibilización a que son sometidos. Quiero decir, lo que realmente complica la vida de estas personas es la falta de mecanismos integradores, la ausencia completa de la idea de sociedad como un conjunto compuesto por gente, más allá de los nombres que se use para llamarla.
Y esta forma de abordar la discapacidad, este vínculo ausente, se puso de relieve en estos días, con el “exabrupto” de Mario y el espectáculo de Marcelo.
Parto de una base aprendida en la calle: la actitud que toma la mayoría de los ciudadanos en los medios de transporte públicos cuando se cruza con una persona que tiene algún tipo de discapacidad, es hacerse el distraído. Y eso, dicho por los propios interesados, es decir, los discapacitados, es la peor actitud, porque los sanciona con esa impiadosa invisibilización de que hablábamos.
Una persona en silla de ruedas necesita que lo acompañen al bajar del colectivo y que no le estacionen el auto frente a las pocas rampas para subir a las veredas. Eso necesita, y no un nombre bonito para su afección. Pero la mayoría, pasa de largo frente a una silla de ruedas y (eso si) dice “con movilidad reducida”.
La enorme mayoría se hace el distraído ante una persona de edad que sube al subte. La enorme mayoría mira por la ventanilla cuando un joven con evidente síndrome de down vende biromes. Ahí parece radicar el centro de nuestra actitud: Hacer como que no existe, o por lo menos, hacer como que no tiene lo que tiene. Casi casi, que se les perdona que tengan una discapacidad.
Pero esto no es culpa del gran pueblo argentino salud. La mayoría de nosotros no tiene entrenamiento ni información acerca de cómo comportarse con una persona que padece alguna afección cerebral o física.
Porque, precisamente, lo primero que se necesita para construir una sociedad de mejor calidad para todos, es decir para integrar a todas las minorías, es discriminarlas.
El primer sentido de discriminar es “separar”, es decir, es un acto racional de entender que no somos iguales. Que hay una diferencia y esa diferencia no consiste en una capacidad “distinta”. La diferencia radica en que hay cosas que esa persona no puede hacer. Y que para hacerla necesita que los veamos, que no los invisibilicemos. Y por supuesto, que estemos a su lado. Porque si, porque vivimos en sociedad.
Y la participación de Serafín Zubiri en “Bailando…” ¿no es una invisibilización? ¿No le están “perdonando la vida”? Si cualquiera de los otros participantes bailara como él ¿no sacaría menos de un punto en cada presentación?
Por supuesto que es genial que pueda bailar, y que lo haga con el decoro que lo hace. Por supuesto que debemos celebrar esa actitud ante la adversidad, pero en mi humildísima opinión, el comportamiento del jurado y del público camina más en el sentido de la invisibilización que en el de la integración.
¿Es con la pretensión hipócrita de que baila igual que los demás como solucionamos los problemas de integración? ¿Es llamándolos “con capacidades diferentes” como los ayudamos a sentirse integrados? ¿Es, acaso, que ellos mismos se convenzan de que tienen movilidad reducida como van a bajar un escalón? Demasiadas preguntas que ameritan un sincero debate social. Sin hipocresías.
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