La historia de un gaucho justiciero que produjo el milagro

Sociedad

*Ya conociste a la Difunta Correra. Hoy es el turno del Gauchito Gil, según dicen, el santo profano más venerado del país.

La soledad y el aislamiento del litoral argentino se transformaron en terreno fértil para la proliferación de toda clase de mitos. Leyendas y santificaciones populares pueden verse plasmadas en las festividades y en el santoral de los pueblos. Uno de estos santos paganos es el Gauchito Gil. Con sólo nombrarlo se despierta la fe de sus devotos.

Hoy, Antonio Gil Núñez (su verdadero nombre) es uno de los santos profanos más difundidos entre la gente, de boca en boca, de milagro en milagro podría decirse. Por todo el país, al costado de los caminos y en las casas de sus creyentes hay una insignia, un altar, una señal en su honor.

Cada 8 de enero se conmemora su muerte y se acercan a su tumba ubicada en Mercedes, provincia de Corrientes (de donde era originario), cerca de 100 mil personas para rendirle homenaje. Allí va su gente a rezarle, a pedirle y agradecerle por los pedidos concedidos.

Juan y Silvana son dos de ellos. Los jóvenes viven en Capital Federal, más precisamente en el barrio del Abasto. En la puerta de su casa, en plena vereda, levantaron una pequeña capilla del Gauchito a la que prenden velas rojas y acercan ofrendas todos los días. Además, cada vez que pueden, viajan a Corrientes para venerar a este santo del pueblo que, según dicen, los liberó de la cárcel.

“Hace un tiempo nos detuvo la policía porque decían que vendíamos drogas. Yo me drogaba, es cierto, pero jamás se me ocurrió vender. Estando preso, me dijeron que le rece al Gauchito Gil y al otro día me liberaron”, contó Juan a minutouno.com, al mismo tiempo que Silvana agregó: “Yo también le pedí a él y me soltaron. Hoy creo en la Virgen, en Dios y en el Gauchito”.

El bandido justiciero 

Para María Rosa Lojo, autora de “Cuerpos resplandecientes, santos populares argentinos”, el culto de Antonio Gil Núñez es el más extendido del país. Según explica la escritora a minutouno.com, en los últimos quince años se multiplicaron sus altares y sus devotos, desde las Cataratas del Iguazú hasta la Tierra del Fuego. Pero su origen es por cierto, antiguo.

No existe una única versión de cómo vivía, pero se sabe que  nació en la zona de Corrientes entre 1830 y 1870. En esos años en la provincia había un enfrentamiento político entre los azules y colorados (Gil pertenecía a los colorados, por eso se ven las banderas rojas en su santuario).

Cerca del 1850 ambos bandos se enfrentaron en las batallas de Ifran y Cañada del tabaco y es por eso que el coronel azul Juan de la Cruz Salazar citó a todos los hombres posibles para librar esas batallas, haciendo lo mismo con Gil. Fue entonces cuando el gaucho dijo que no había que pelear entre hermanos y no se presentó a la convocatoria.

En esa época, la deserción se pagaba siendo degollado o fusilado. “Se convirtió en un desertor ‘cuatrero fugitivo y hombre de Dios’ y sobrevivió escondiéndose en los esteros del Iberá. A pesar de su pobreza, no dejaba de repartir con otros necesitados aquello que conseguía en sus robos. Finalmente fue prendido y ejecutado sin más trámite en camino al lugar donde tendría que haber sido juzgado”, expresa Lojo.

Pero la verdadera leyenda comienza con su asesinato. Dirigiéndose al que lo iba a matar, el Gauchito pronunció sus últimas palabras: Cuando vuelvas a tu casa, encontrarás a tu hijo muy enfermo pero si mi sangre llega a Dios, juro que volveré en favores para mi pueblo”. Acto seguido, obedeciendo la voz de mando, el soldado le cortó el cuello.

Varios días después, cuando todos ya habían olvidado al Gauchito, el soldado que lo había matado volvió a su casa y encontró a su esposa desesperada porque su único hijo estaba muy enfermo. En ese instante recordó las palabras de Gil. Entonces volvió al lugar donde lo habían matado, enterró el cuerpo y le rogó al Gauchito por su hijo. Cuando volvió a su casa, al amanecer, encontró a su niño sano.


 


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