Murió en Córdoba el pintor Carlos Alonso, referente de una generación de artistas argentinos que sigue vigente

Sociedad

Alonso tenía 97 años. Su obra está llena de simbolismo pero también de imágenes cuyo significado sale al cruce del espectador como un compromiso ineludible.

El artista plástico Carlos Alonso falleció el lunes de esta semana en su casa de Unquillo, provincia de Córdoba, a los 97 años. Su familia comunicó la noticia a través de sus redes sociales, donde remarcaron que "su obra y su legado permanecerán siempre".

La afirmación es adecuada, porque Carlos Alonso retrató en su trabajo las realidades más duras, dolorosas y urgentes de nuestro país, y en el camino desarrolló un lenguaje propio para contarlo.

"Sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable, no sentimental pero que es capaz de fijar las heridas que la realidad deja en nosotros", expresó el artista en una publicación del 1o de agosto pasado a través de su Instagram a propósito de lo que se convirtió en su última muestra.

"No creo que el arte pueda resolver ninguno de los problemas del mundo, máxime cuando la ambigüedad invade el arte figurativo y la banalidad es consagrada de utilidad pública", agregó el pintor, para quien "los Estados del mundo intentan esterilizarnos con la miseria y el terror, pero es con ese amor aterrorizado con el que podemos construir nuestros cuadros".

Las palabras de Alonso, nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, siguen vigentes y en discusión con las páginas de los diarios.

La formación de Carlos Alonso comenzó en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi.

En 1950 se trasladó a Tucumán para sumarse al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, una experiencia decisiva en su desarrollo artístico, y tres años más tarde entró en contacto directo con la obra de maestros como Diego Velázquez y Vincent van Gogh, cuyas influencias reaparecerían posteriormente en numerosos trabajos.

Pero fue su viaje a Santiago del Estero el que le abrió los ojos aún más a una realidad social.

En 2018, con motivo del gran premio a la trayectoria del Salón Nacional de Artes Visuales, dio una entrevista que esta semana reprodujo el diario El País, de España, en la que reconoció: "Ahí descubrí niños con hambre; niños con los vientres hinchados de hambre. Descubrí la miseria y las dificultades para sobrevivir. En algún sentido, todo eso me cambió completamente el lenguaje".

Alonso tenía 25 años cuando hizo ese viaje, y extrajo el principio de que "un artista tiene un grado de responsabilidad con la comunidad a la que pertenece".

"Elegí la necesidad de reflejar lo que pasaba en situaciones de emergencia, en situaciones de pobreza, en situaciones que no correspondían a la capacidad, la posibilidad, la imagen o el deseo que uno tenía de su propio país", agregó.

Alonso obtuvo en 1957 el primer premio de un concurso para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, y en 1968 se instaló temporalmente en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

El artista empezaría a trabajar a finales de los sesentas en su serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, y en ella profundizó -a través de la muerte de Ernesto Che Guevara, por caso- una preocupación que sería central en su producción: la violencia ejercida sobre los cuerpos y su relación con el poder.

Esa búsqueda también quedó plasmada en sus trabajos vinculados con El matadero, de Esteban Echeverría, donde estableció asociaciones entre el cuerpo humano, la carne y el sacrificio.

A partir del golpe de Estado de 1976 se exilió primero en Italia y luego, en España. En 1977 el gobierno militar secuestró a su hija Paloma, de entonces 21 años, quien permanece desaparecida.

Alonso volvió al país en 1980 y se instaló en Unquillo, donde las sierras sirvieron de escenario para sus últimos trabajos.

Su última exposición, en 2025, estuvo dedicada a una faceta menos difundida de su producción: su relación con el paisaje de Córdoba.

Entre sus trabajos más reconocidos se encuentra Manos anónimas, serie en la que abordó el terrorismo de Estado y la violencia política. Su trayectoria recibió numerosos reconocimientos, entre ellos los premios Konex de Platino de 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición que revisó su producción y su diálogo con la tradición pictórica.

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