Como cada año desde el retorno de la democracia a nuestro país, el 24 de marzo se presenta como una fecha para reflexionar acerca de conceptos profundos como "memoria", "verdad" y "justicia". No obstante, la complejidad de la historia y la pluralidad de percepciones nos llevan a una pregunta profunda y para nada sencilla de responder: ¿cómo construir una memoria colectiva?
Existen diversas maneras para referirse a la memoria, comenzando por la visión cognitivista que la define como un proceso mental de almacenamiento, codificación y recuperación de datos, entendiendo que hay distintos tipos (como por ejemplo la memoria declarativa y la procedimental) y derivando su estudio al ámbito de las neurociencias. Sin embargo, también podemos optar, sin ir en desmedro de la percepción mencionada, por una visión más social e incluso política en donde se ve a la misma como el acervo de experiencias y hechos que han marcado a los individuos y las sociedades de una manera tan fuerte que llega a configurarse como elemento primordial para la constitución de la propia identidad.
Así entonces, ¿quiénes seríamos si no tuviéramos estos recuerdos que poseemos? Si el presente dura un suspiro y el futuro aún no es, el bagaje de nuestro pasado es lo que en definitiva nos termina definiendo.
De todas maneras, aún comprendiendo esta relevancia, el acto de memorizar no es para nada sencillo ya que no solamente es evocar un recuerdo, si no que se manifiesta como toda una construcción en donde el empeño y la voluntad por recuperar aquellas experiencias vividas juegan un rol preponderante. Memorizar es una práctica completamente activa que implica una dedicación especial ya que convive permanentemente con el olvido. ¿Es el olvido el enemigo del recuerdo? En principio podríamos decir que sí, pero si lo analizamos más profundamente tal vez encontremos que, en realidad, es una condición de posibilidad: para memorizar lo importante, es necesario olvidar los detalles innecesarios.
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Claro que aquí surge un conflicto mucho mayor: ¿cómo separar lo relevante de lo irrelevante? Quizás haya que distinguir tipos de olvidos para no caer en confusiones. Por un lado está el olvido de aquellos detalles que no harán más que sobrecargar el recuerdo con información trivial; después encontramos el olvido que por momentos ponemos en práctica para ocultar hechos aberrantes que no hemos podido asimilar; por último, el más peligroso, aquel que se favorece a propósito para "torcer" la memoria colectiva hacia un punto en particular.
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¿Habrán pensado quienes llevaron adelante la quema de ciertos muñecos alegóricos que así combatirían este olvido? ¿Habrá sido un llamado a la pluralidad o simplemente un acto transgresor sin ningún tacto político? ¿Habrá sido como lo vemos desde afuera o entrañará circunstancias que no podemos ver a simple vista? Sin lugar a dudas, varias son las preguntas que nos podemos realizar al respecto, pero tal vez sea relevante focalizar en un punto: lo complejo de la construcción de la memoria.
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¿Por qué complejo? Porque si pretende ser plural habrá de contemplar múltiples perspectivas, perspectivas que tal vez no estén convencidas con la búsqueda de la verdad o que no concuerden con la de la mayoría. Si seguimos a Nietzsche con su idea acerca de que "no hay hechos si no interpretaciones", entonces la memoria no es la recopilación de hechos, si no la interpretación de la interpretación. Ahora bien, si dicha construcción se basará sólo en aquellos relatos que concuerdan con la "historia autorizada", entonces lo colectivo queda relegado.
Entonces, ¿debemos desistir de la construcción de una memoria colectiva? En absoluto, el esfuerzo vale porque, como decía Todorov, el acto de memorizar busca principalmente evitar repetir los errores cometidos, a fin de que el presente se vea enriquecido por las experiencias previas. Por ello, en lo que a nuestra democracia se refiere, olvidar es negar, es manipular la memoria para constituir un relato falso que niegue lo que somos, lo que hemos sido y lo que queremos ser.
Por supuesto que este acto requiere esfuerzo, porque la pluralidad así lo exige, porque dar lugar a un otro que piensa y vive diferente siempre es costoso, pero es la única forma de constituirla porque de otro modo no haremos más que seguir olvidando y callando una multitud de voces, tal como se pretendió hacer treinta y nueve años atrás.
Por Federico Emmanuel Mana Licenciado en Filosofía @fede_mana
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