Sin lugar a dudas las múltiples peripecias que presenta el caso del docente envenenado por una estudiante nos lleva a posar la mirada en las distintas bifurcaciones del mismo, como lo son el pasado actoral de Porro o las denuncias por supuesto acoso sexual. No obstante, más allá de todo esto, tal vez no se haya profundizado en la cuestión de fondo; esto es, cómo este suceso pone de manifiesto la crisis educativa que atraviesa nuestra sociedad, crisis que no tiene que ver solamente con una cuestión económica, si no más que nada humana.
De este modo, la lectura rápida del hecho nos da cuenta de un ejemplo más de la juventud perdida, en donde se han perdido todos los límites hasta llegar al punto de buscar el daño físico en la autoridad mediante la administración de una sustancia tóxica con la posterior adjudicación orgullosa del atentado. Así, se visualiza al docente como una víctima de estos jóvenes que no quieren estudiar y prefieren ir al colegio a molestar o a hacerles la vida imposible a sus maestros, quienes intentan en vano educarlos en el respeto hacia los demás y en los valores de la sociedad.
¿Qué hay de cierto en esta lectura del caso? Llama la atención que una estudiante actúe con tanta enjundia ante un docente, y no debería aplaudirse su actitud que pudo haber puesto en riesgo la vida de una persona, excediendo con creces la frontera de la "travesura". Tal vez sí se trate de un ejemplo de falta de límites o de cierta ignorancia en lo que atañe al cuidado del otro, pero ello no significa que sea el fiel reflejo de lo que acontece con el gran porcentaje de la juventud argentina.
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Al mismo tiempo debemos replantearnos cuál ha sido el rol de una institución que evidentemente ha fracasado a la hora de impartir los contenidos mínimos para llevar adelante una convivencia pacífica. Pero ¿es culpa de la institución en particular, del cuerpo docente, del sistema educativo o sólo de esta menor que no quiso aprender? Creemos que la culpa es compartida y que atañe a todos los sectores involucrados.
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Por más que el imaginario siga dictando que la escuela es un templo del saber donde los jóvenes podrán adquirir los conocimientos básicos para desempeñarse en la sociedad como "hombres y mujeres de bien", lo cierto es que a medida que pasa el tiempo, el colegio se va transformando cada vez más en un ente ajeno al sentir y vivir de los jóvenes, ya que busca imprimir categorías propias de la Edad Moderna como "Patria", "Estado" o "Nación" a mentes posmodernas que piensan en red y desconfían de los grandes relatos.
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De esta manera, el proceso de apropiación de la institución se dificulta día a día hasta transformarse el colegio en un lugar opresivo, que obliga a las personas a permanecer quietas durante cinco o más horas, en el mismo espacio físico, con los mismos rostros durante unos 180 días al año. No hay que ser un gran investigador en educación para darse cuenta que esta circunstancia generará resistencias que se manifestarán de diversas formas.
Por otro lado, varios sectores del cuerpo docente adhieren a este régimen, no sólo buscando reproducir este sistema, si no también llegando al aula con supuestos muy firmes al respecto del alumnado tales como "no quieren aprender", "no saben nada", "son irrecuperables" y un largo etcétera más que fuerza desde el inicio los destinos de cada clase. Claro que el docente no llega sólo a estas ideas, el contexto en muchas ocasiones lo hace caer en él y el tortuoso camino burocrático que ha de recorrer para poder tomar horas, llegando a experimentar momentos indignos en donde debe regalar su tiempo pagando cursos de dudoso nivel académico para obtener puntos, lo dejan tan extenuado que se muestra permeable a incorporar prejuicios elaborados de antemano.
Así pues, en el aberrante acto de colocar K-Othrina en la botella de un docente no sólo se manifiestan los problemas de conducta de varios sectores del alumnado, si no que también se hacen patentes las fallas de las instituciones para incluir a sus estudiantes, el rol displicente que muchos docentes han elegido ocupar y la crisis de un sistema educativo que pareciera estar más preocupado en confeccionar formularios que en formar ciudadanos autónomos y responsables.
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