Quiénes son los artesanos que resisten en la Plaza Cortázar
*La mayoría de los artesanos de la ex Plaza Serrano trabajaba de otra cosa antes de la crisis.
*Ahora acampan para resistir al desalojo que impulsa el gobierno porteño.
*Características de los nuevos hippies del siglo XXI y de una feria muy particular.
La Feria de Artesanos de la Plaza Cortazar, más conocida como Placita Serrano, podría desaparecer en los próximos días. El gobierno de la ciudad puso un vallado alrededor y se dispone a hacer obras de reestructuración como lo viene haciendo en la mayoría de las plazas porteñas. Los artesanos que trabajan allí se resisten al desalojo, ya que el gobierno quiere reubicarlos en un predio de la calle Darwin donde “no pasa nada, es un basural”, según Martín Arce, quien se presentó como delegado de la feria.
Martín, 23 años, pelo largo, arito y gorrita negra, trabaja hace tres años y medio en la feria. “Hago platería. Colgantes, aros, pulseras. Compro el alambre y la alpaca y tengo el taller en casa. Acá vengo los sábados, domingos y feriados. Un buen día puedo hacer 150 mangos, pero es muy raro, en general hago un promedio de 600 por mes”. El resto de la semana hago changas con mi viejo que es pintor”. Arce se explaya acerca de la situación de la feria: “Hace más de cuatro años que buscamos la regularización y no tenemos respuesta del gobierno. Estamos esperando rediscutir las otras propuestas, como la de pasarnos a un predio en Bonpland, pero recién dentro de 120 días, mientras tanto nos quieren mandar a Darwin, un ex mercado de barrio, un galpón reacondicionado donde no pasa nadie, además está al lado de las vías y es inseguro”.
Hoy, en la plaza, hay una decena de carpas y una mesa de ping pong improvisada con los caños y maderas que hacen las veces de puestos de venta. Dos artesanos juegan un partido, otro grupo toma mate y una chica duerme con su remera pintada a mano que dice “no al desalojo de la feria”. Algunos planean una olla popular y otros una huelga de hambre frente al domicilio del jefe de gobierno Jorge Telerman.
Eduardo Nieves tiene 52 años, va ser abuelo próximamente, pero es hijo de la crisis. “Antes era tapicero y restaurador de muebles, llegué a tener mi propio taller, pero después del 2001 me quedé sin laburo. Ahora trabajo con cuero, hago carteras, cinturones”. Eduardo es otro de los delegados de la feria y vive solo en un hotel a pocas cuadras de allí. Está visiblemente molesto con la situación y es uno de los que apoya la huelga de hambre. Es que el es de los que va todos los días a la feria: “Vengo de martes a domingo y hago una rutina de 10 de la mañana a 8 de la noche, los lunes corto cuero en casa. En un mes puedo llegar hacer unos mil pesos”.
“Aquí ocurre algo insólito” dice uno de los tantos artesanos que acampan allí resistiendo al desalojo. “Esta es, tal vez, la única feria independiente, no se le cobra a nadie”, cuenta el rubio de colita y barba mientras ceba mate a sus compañeros. Un calentador de gas, varios sobres de sopa y conservas están desparramados a su lado en las gradas de la plaza, señal de que están preparados para quedarse allí. “Nuestros delegados estudiaron bien las leyes, por eso todavía nadie pudo sacarnos”, asegura el rubio.
La feria es muy visitada por turistas de todo el mundo, y también hay vendedores extranjeros. Es el caso de León y Wilson, dos colombianos que están en Buenos Aires hace algunos años ya. León va y viene pero dice que aquí es donde “más se asienta”.
Lee La Salamandra de Morris West recostado en las gradas. Hace un par de chistes pero en seguida se pone serio para hablar de la situación: “Acá se preocupan por arreglar las plazas pero hay otras cosas más importantes, como la salud y los chicos de la calle”. Wilson, su compañero, se suma a la charla: “El lugar donde nos quieren mandar es una tumba”. Wilson tiene un hijo argentino y hace cinco años que está en el país. Trabaja filigrana, metal, cuero, macramé. “Es un polirrubro”, bromea León. Los dos coinciden en que hacer un promedio de ventas es difícil: “Un día vendés 5 pesos y al otro 200”.
Liliana no va a ser abuela como Eduardo, pero también es hija de la crisis. Es separada y madre de una jóven de de 26. “Antes trabajaba de empleada en un frigorífico, ahora hago prendedores y otros cosas en telas y cuero, como esta flor que tengo puesta”. Liliana va sábados, domingos y feriados y promedia unos 850 pesos por mes. Su hija, que estudia diseño de indumentaria, la ayuda con su trabajo en casa, pero no va a vender a la feria.
La mayoría de los artesanos tiene la esperanza de quedarse allí. Una señora sentada en sillita playera asegura que pese a todo va montar su puesto el sábado y que van llevar sus talleres hasta allí. El resto asiente. Y espera acampando en Plaza Serrano, mientras el retraso de las topadoras lo permitan.
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