Salta: llevan más de 50 años juntos, pero viven en montañas separadas

Sociedad

En los Valles Calchaquíes de Salta, Juan y Antolina encontraron la fórmula del éxito para perdurar como pareja: cada uno tiene su choza. Solo se ayudan para pastorear las cabras y ovejas.

Juan y Antolina llevan más de 50 años y eligieron su propio nido en las alturas. Él, en una montaña; ella, en la de enfrente. En el medio, un camino de tierra, viento seco y la certeza de que el amor no necesita de la misma vista todos los días. A 3500 metros sobre el nivel del mar, en los Valles Calchaquíes de Salta, esta pareja de baqueanos encontró la clave para una relación de medio siglo: vivir en chozas separadas. Su rutina es particular, él camina entre 20 y 30 minutos cada mañana para visitar a su esposa y ayudarla con el cuidado de los animales

Es un relato de resiliencia, de elegir su propio camino y de una conexión tan profunda que la distancia física, de media hora de caminata, fortalece el vínculo en lugar de debilitarlo. Su secreto, revelado con una sonrisa cómplice, es simple: “Así no nos vemos los días de mal humor”, contó Antolina.

Juan camina todas las mañanas hasta la choza de Antolina para ayudarla con el pastoreo de los animales.

Juan camina todas las mañanas hasta la choza de Antolina para ayudarla con el pastoreo de los animales.

Ambos son baqueanos, personas habituadas a desenvolverse en terrenos rurales y montañosos. Sus viviendas se encuentran a unas cinco horas de caminata desde Cafayate, una localidad salteña conocida por sus paisajes y viñedos. Allí, lejos del movimiento de las ciudades, mantienen una vida vinculada al pastoreo y a las tareas cotidianas del campo.

Una rutina que desafía la modernidad

La vida de Juan y Antolina transcurre a un ritmo ancestral. Por las mañanas, Juan cruza la montaña para ayudar a Antolina a pastorear las cabras y ovejas. Juntos, se dedican a las tareas del campo, a cuidar de los animales y de sus huertas protegidas por pircas, los muros de piedra que construyen con sus propias manos.

Viven sin las comodidades del mundo moderno: no tienen electricidad ni agua corriente. Hablar con ellos, si no es de manera presencial, es imposible. El agua la obtienen de las vertientes naturales y la cocina se hace en la tierra, con leña y piedras.

Las chozas donde viven Juan y Antolina están hechas con paredes de piedra Pirca, techo de paja y aberturas con troncos.

Las chozas donde viven Juan y Antolina están hechas con paredes de piedra Pirca, techo de paja y aberturas con troncos.

Hasta ese inhóspito lugar, a unas cinco horas de caminata desde Cafayate, llegó el youtuber Sergio Caballero. Oriundo de Caleta de Olivia, que reside actualmente en Catamarca, se dedica a explorar y documentar a comunidades que viven aisladas en la Argentina, especialmente en el norte del país y en las zonas montañosas. A través de videos, muestra la vida cotidiana de personas que viven en lugares de difícil acceso, sin electricidad, con caminos de tierra y en un entorno completamente diferente al de las ciudades.

“Al principio uno se asombra porque piensa: ‘¿Cómo pueden vivir así?’ -se sincera Sergio-. Pero ahora lo veo normal. De estar tanto con ellos, compartimos: llevo para hacer asado, mercadería”.

Al igual que muchas de sus aventuras, Sergio se enteró de la existencia de Juan y Antolina a través de un mensaje que recibió del sobrino de la pareja. “Mi mamá vive en las montañas, pero también tengo una tía que lleva años allá arriba, en su puesto, y su marido vive en otro cerro”, le escribió por privado al Facebook. La idea lo atrapó de inmediato.

A pesar de su avanzada edad, Juan se mantiene activo. “Me decía que estaba medio complicado de la rodilla, pero se lo veía fuerte y valiente”, precisó el youtuber. Para ellos, la vida en la montaña es una elección. “Ellos eligen estar ahí. Podrían tener su casa en Cafayate, pero quieren estar en ese lugar”, aseveró Sergio, destacando que ambos tienen tres hijos; uno de ellos, Clemente, todavía vive con Antolina.

La relación con la naturaleza es total. El mayor peligro, detalla Sergio, son los pumas. Para proteger a su ganado, la pareja utiliza trampas rudimentarias: “Ponen un cabrito adentro de un señuelo y una trampa. Es algo muy común”.

Su rutina, marcada por las visitas diarias de Juan, demuestra que la convivencia no tiene que ser constante para ser significativa.

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