El miedo al retiro: ¿Juan Román Riquelme y Carlos Fayt le temen a la muerte?

Sociedad

Saber decir "basta" en el momento apropiado puede ser síntoma de un correcto conocimiento de sí mismo, de las propias capacidades para realizar determinadas actividades, a la vez que se reconoce que uno no es indispensable para que el mundo continúe adelante. No obstante, ya sea retirarse de la práctica profesional de un deporte, o jubilarse de cualquier otra actividad, este reconocimiento de la merma física y mental puede traer aparejada una profunda crisis existencial que nos pone frente a frente con nuestra propia filosofía de vida.

El filósofo alemán Martin Heidegger sostenía que los seres humanos somos seres para la muerte. De todas formas esta categórica descripción al entender de este pensador, no quita sentido a la vida, si no que más bien empodera al ser humano quien se vuelve así la única especie que sabe que ha de morir, conocimiento fundamental para apropiarse de sí mismo.

Así pues, si seguimos esta idea, podemos sostener que nuestro bien más preciado es el tiempo y, el uso que hemos de darle para poder vivirlo plenamente, nuestra estrategia más meticulosa. Es entonces que pergeñamos las diferentes actividades que entendemos nos darán más placer al momento de "gastar" nuestro tiempo. Ahora bien, el problema surge cuando nos percatamos de que estas actividades van atadas a nuestro rendimiento físico y mental por lo que, al tener que abandonar algunas de ellas nos enfrentamos no sólo con nuestro deterioro, si no también con el hecho de que el tiempo de vida se nos va agotando.

Por lo tanto ¿cómo afrontar esta situación irremediable pero también angustiante?

Pensemos por caso en el retiro de Juan Román Riquelme. Con 36 años, ha pasado la mitad de su vida jugando profesionalmente por lo que podemos decir que el fútbol no sólo ha sido una actividad para ganar dinero, si no también el medio casi exclusivo por el cual ha encontrado el sentido de vivir. Precisamente él, quien acuñó una de las frases con más contenido filosófico dentro del mundo deportivo al declarar "me siento vacío", debe enfrentarse ahora a una novedad que en principio se puede mostrar aterrorizante: ¿cómo usar este tiempo que me queda? ¿Cómo resignificar su ser en el mundo?

Sin ánimos de entrar en sus procesos mentales, lo cierto es que podemos vislumbrar lo movilizante que puede llegar a ser el abandono de una actividad que se ha hecho parte de la propia identidad; todo futbolista de renombre, aún habiendo pasado años desde su retiro, no puede abandonar jamás la identificación con su carrera deportiva, a menos que haya podido desarrollar una carrera como director técnico. Es así que entonces pareciera abrirse un vacío existencial en donde debe replantearse tanto el presente como el futuro a la vez que sobrellevar el dolor de ya no ser.

Claro que también existe la alternativa, allende el mundo deportivo, de buscar estirar lo más posible la vida activa, tal como lo muestra el juez Carlos Fayt, cuestionado por diversos sectores, pero firme en su postura de continuar en la Corte Suprema pese a sus 97 años. ¿Existirá aquí también el miedo a enfrentar el propio deterioro o el acercamiento a la muerte?

En muchas ocasiones el miedo a la muerte no sobreviene tanto por el hecho de desconocer qué es lo que nos ocurrirá una vez hayamos partido de este mundo, si no más bien por la vanidad de no poder concebir cómo es que todo continuará adelante sin nosotros. Este sentirse imprescindible para el ambiente que nos rodea también atenta a la hora de retirarse aún a riesgo de perjudicar a quienes nos rodean. Pero entonces, el hecho de admitir nuestra disminución ¿debe ser necesariamente un acto angustiante?

Tal vez sea inherente a nuestro crecimiento el hecho de angustiarnos por el tiempo que se nos agota y por lo que ya no podremos hacer, pero esto no significa que la vida se nos clausure en su totalidad. Un buen síntoma de sanidad mental es poder proyectar hacia el futuro en función de nuestras capacidades a sabiendas de nuestras virtudes y defectos y, en vez de enemistarnos con nuestras falencias, reconocerlas para que nuestros planes puedan ser alcanzados.

Si somos seres para la muerte nuestro futuro es limitado, pero esto no significa que no hemos de tenerlo. Anular el futuro es sinónimo de morir en vida y mientras sigamos teniendo proyectos, por más mínimos que parezcan, podemos encontrar el método infalible para continuar sintiéndonos vivos.

Por Federico Emmanuel Mana
Licenciado en Filosofía
[email protected]

Dejá tu comentario