La tragedia de Villa Valeria descubrió la triste realidad social que vive el sur cordobés

La tragedia vivida en Villa Valeria destapó una situación realmente caótica, pero no tan distinta a la que viven varios pueblos de la zona sur de Córdoba. Es que estas poblaciones vivieron en los últimos 5 años el resurgimiento de la actividad agrícola ganadera, que provocó la llegada de migrantes de otros puntos del país en busca de trabajo y una esperanza para sus familias.

La triste historia de Ceferino, Analía, Marisol, Marcela, Susana, Vanesa, Marilín y Jésica, que encontraron la muerte mientras dormían dentro de un vagón de tren abandonado en las vías del ferrocarril San Martín, ahora es conocida por todo el país. Pero lo que no se sabía hasta hoy era que como ellos, muchos otros argentinos viven hacinados en donde pueden con tal de conseguir un sueldo, aunque sea mínimo.

Lo terrible de esta historia es que de lo que se trata aquí es de tres familias: los Abregó, los Arrieta y los Sitjas. Según pudo saberse, estas tres familias son oriundas de Mendoza, llegaron hace muchos años y que tuvieron sus hijos en Villa Valeria mientras trabajaban como peones rurales en los establecimientos de la zona.

El matrimonio Abregó tenía dos hijas; Analía de 14 años y Marisol de 13. Ambas fallecieron calcinadas en ese vagón de madera abandonado. Pero lo más terrible es que esas adolescentes eran a su vez madres. Sí, Analía era la madre de la pequeña Marilín Abregó de 10 meses y Marisol era la mamá de Jesica de apenas 3 meses.

Y la tragedia no terminó ahí, porque los Arrieta perdieron a dos hijas también, la pequeña Susana de seis años y Marcela de 8. Pero hay más dolor porque los Sitjas perdieron a otra bebé llamada Vanesa que tenía apenas 24 meses.  

Completó esta triste lista el joven Ceferino Tuama, un correntino de 22 años que también llegó a Villa Valeria  con la ilusión de trabajar y ganar con dignidad un salario. En cambio murió de la peor manera.

Heridos quedaron Marcelo Arrieta de 10 años, Jonathan Sitjas (hermano de la niña de 2 años que murió) de cuatro, y Matías Flores, el joven de 20 años que fue internado en el Instituto del Quemado en Córdoba y que se recupera satisfactoriamente. Los dos jóvenes mayores (Tuama y Flores) eran los padres de las criaturas que finalmente murieron.

Ante este panorama los pobladores de Villa Valeria salieron a hablar y contaron cómo les duelen estas muertes y lo impotentes que se sienten al ver como quedaron esas familias. Paula, la maestra de las madres adolescentes Analía y Marisol Abregó, contó que ya sufría por ellas el año pasado cuando las veía embarazadas a las dos y nadie se ocupaba de ellas.

“Aquí vive una psicopedagoga que se llama Laura Baravalle que hizo un relevamiento en todo este pueblo y descubrió que había un 40% de desnutrición infantil. Ella fue la que se ocupó de ayudarlas a estas chicas y las trajo a la escuela. Incluso les enseñaba a amamantar a las bebas porque las dos ni se daban cuenta que eran madres”, contó con amargura la maestra.

La docente explicó que el problema de la vivienda es serio en esta localidad porque si bien existen barrios de plan, “para entrar tenés que poner $ 4.000 y recién después pagar cuotas de 200 o 400 pesos. Con esa cantidad de plata, ¿qué peón rural puede pagarla?”.

Otro vecino del barrio Los Silos, donde ocurrió la tragedia, contó que “a este pueblo ha llegado gente de Corrientes, Catamarca, Chaco y Tucumán a trabajar. Por ahora estaba todo bien porque en esta zona hay laburo, pero después de ésto me parece que algo hay que hacer. Además de esta gente, que yo sepa hay otras cuatro familias viviendo en los trenes abandonados”.

A todo ésto se sumó el ministro de la Solidaridad, Daniel Passerini, quien llegó al pueblo y enseguida tomó contacto con los dos chicos que lograron salvarse: Marcelo Arrieta (10 años) fue llevado a la escuela donde lo esperaba su tía y Jonathan Sitjas (4 años) quedó a cargo de las psicólogas del ministerio.

También informó que ya se habían contactado con los padres de Jonathan, que al parecer no viven en ese lugar. Incluso contó que no fue fácil determinar las identidades de todos y que ya comenzaron a comunicarse con los familiares que tienen en Mendoza.

Y aclaró que otra familia, a la que llamó “grupo de riesgo”, fue trasladada a otra parte para que pueda vivir en un lugar seguro.

Así amaneció Córdoba, con fuego y dolor, con muerte y tristeza. A lo mejor ahora todos despiertan de su sueño sojero y empiezan a mirar a los que tienen al lado. 

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