Tras la humillación sufrida por España, el conjunto de Sampaoli consiguió una trabajada victoria frente a Australia por 3-1. Sánchez, Valdivia y Beausejour convirtieron los goles.
Ganó Chile insinuando mucho más de lo que concretó. Jugó contra dos rivales: los australianos y ellos mismos. Le terminaron ganando a los dos, pero con un sufrimiento innecesario.
Chile arrancó concretando sueños. Tuvo 15 minutos ideales y proyectó una goleada cuyo único interrogante era el número final. Pero se dejó estar, le dio lugar a su adversario a que comprendiese dos cosas: que no estaba liquidado como el desarrollo del juego hacía presuponer y que su adversario también era vulnerable.
Con poco, con muy poco, trazó una mueca de preocupación en los rostros chilenos y a los 34 minutos del período inicial, en su primera llegada neta, puso una distancia mínima en el marcador.
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El problema de los trasandinos fue su propia inoperancia. Dilataban tanto la definición de las jugadas que terminaba permitiendo la recuperación de los australianos. Ni la capacidad de Arturo Vidal, ni la exquisitez de Valdivia ofrecían modificaciones de este panorama cada vez más aterrador. El abismo estaba a un paso.
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Pero Sampaoli echó mano a los recursos del banco. Ingresó Beausejour y le dio otra dinámica, aunque el problema de la indefinición seguía subsistiendo, hasta que el mismo Beausejour cuando el partido se moría entre temores de empate, puso el 3-1 inalcanzable.
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