Bruja eterna: la historia de Juan Sebastián Verón

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El emblema de Estudiantes le pone fin a una carrera plagada de éxitos y polémicas. Conocé su historia.

En lo que fue un anécdotico encuentro ante el descendido Olimpo por la 18° fecha del Torneo Clausura, Juan Sebastián Verón se despidió del público de Estudiantes en La Plata, ciudad que lo vio crecer y que lo ponderó como el máximo ídolo de la institución pincharrata.

"Sebastián", como lo llaman sus amigos de siempre, creció bajo la mirada desconfiada de quienes pensaban que por ser el hijo de Juan Ramón, "La Bruja", unos de los grandes ídolos de la historia del club, tendría beneficios que otros no.

Pero con sus primeros pasos en el barrio El Mondongo y los inicios de una relación de amor eterno con la pelota en la inmensidad del Country Club de City Bell, "Sebastián" forjó su propia historia. Esa historia tuvo este sábado un capítulo muy especial, el que el propio Verón nunca soñó, el de la despedida ante su gente; pero dará paso, una vez finalizado el Clausura, a un nuevo rol, pero que tiene el mismo fin: llevar a su Estudiantes a lo más alto.

Si hasta el nacimiento de Verón quedó marcado a fuego por Estudiantes. Fue la noche del 8 de marzo de 1975 cuando Cecilia Portella, mamá de Sebastián, llamó al Country de City Bell para avisarle a Juan Ramón que su heredero estaba pronto a nacer, pero en lugar de escuchar la voz de su marido, fue Carlos Bilardo quien la tranquilizó y le dijo que "La Bruja" dormía, que debía descansar y que en su lugar iría a verla el médico del plantel.

De ninguna manera Bilardo permitiría que un jugador tan importante como Verón padre perdiera horas de descanso previo a un clásico frente a Gimnasia. Así fue que "La Bruja" se enteró del nacimiento de Sebastián a la mañana siguiente, y recién ahí, aunque apenas unos minutos, pudo visitarlo.

Años después, tras un sin fin de tardes interminables en el estadio de 1 y 57, en el que sí gozaba de los privilegios de ser "el hijo de La Bruja", cuando saltaba al campo de su mano empilchado con la albirroja, a Sebastián le llegó la hora de comenzar a escribir su propia historia en el fútbol grande.

Nadie, ni el más optimista, imaginó que en esa tarde de 1993, en la victoria 1-0 frente a Deportivo Mandiyú de Corrientes, la "Brujita", el flaco de piernas largas y trote de pasos eternos, "el hijo del ídolo", protagonizaría el primer capítulo de una historia que, casi veinte años después, lo despide como el máximo ídolo pincharrata de todos los tiempos.

Pero no todas fueron flores en el largometraje de Verón, ya que al año siguiente vivió en carne propia el destierro del descenso, la ingratitud de las derrotas. Lejos de intentar buscar suerte en otro lugar, Verón se convirtió, bajo la tutela de Miguel Russo y Eduardo Luján Manera, en una pieza clave del equipo que consiguió el ascenso siete fechas antes de que finalizara el Torneo Nacional B.

Pese a su juventud, Verón demostró rápidamente a los hinchas que no estaba ahí por portación de apellido y, tras un solo campeonato en Primera División, fue transferido a Boca Juniors. De allí en más, comenzó una carrera plagada de éxitos, con logros en la mayoría de los clubes en los que jugó, aunque siempre añorando regresar a su pago chico, a su casa, a pasar tardes bajo el pino gigante aledaño a la popular local, junto a la intendencia del club.

Sampdoria, Parma, Lazio e Inter, en Italia; y Manchester United y Chelsea, en Inglaterra, se deleitaron con su pegada exquisita y su fibra ganadora. Pero "Sebastián" siempre quiso volver. Fue así que una fría tarde de 2006, luego de haberle anunciado al poderoso presidente del Inter, Massimo Moratti, que no continuaría en Italia, Verón celebró ante miles de hinchas de Estudiantes que regresaba al club de sus amores.

La rápida consagración en el Apertura 2006, el llanto y la dedicatoria a su ex compañero y amigo que ya no está, Edgardo Prátola, y el primer gran abrazo en una cancha con su padre, le dio a Verón la certeza de que su decisión había sido acertada. Pero la gran ilusión de "La Brujita" era escribir, como lo hizo Juan Ramón en tres oportunidades, un nuevo capítulo en la tan añorada Copa Libertadores.

Y fue leyenda. Arrodillado en medio del mítico Mineirao de Belo Horizonte y con las lágrimas como testigo de la emoción de quien alcanzó la gloria, Verón alcanzó su máximo anhelo. Fue en ese momento que el heredero de la tan afamada Bruja se convirtió en "el jugador más preponderante de la historia de Estudiantes", tal como lo definió más de una vez Alejandro Sabella.

Hubo más títulos y otros tantos capítulos en la rica historia del emblema albirrojo, pero Verón ya había adquirido su lugar en el pedestal de la historia pincharrata, un lugar de privilegio que no perderá pese al inexorable paso del tiempo.

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