El duro pasado de Sergio "Maravilla" Martínez
El boxeador se sinceró y contó cómo llegó a mendigar comida en una iglesia de Europa.
Maravilla-martinez
Sergio "Maravilla" Martínez rompe todos los estereotipos, un ejemplo de perseverancia, uno de esos casos que demuestran que los sueños son realizables. Desde su infancia en Claypole tuvo que luchar para sobrevivir y ahora con 37 años, y casi en lo más alto del boxeo internacional, no pierde la cabeza y demuestra que con trabajo y sacrificio todos los sueños son realizables.
Con todos sus sueños a cuestas llegó a Madrid en tren luego de cinco días de haber dejado Buenos Aires y descubrió que le habían robado, por esas casualidades de la vida encontró en un bolsillo el número de teléfono de Pablo Salvador con quien comenzó a trabajar en ese entonces y hoy en día continúa siendo su entrenador.
En Europa no la pasó bien, sin documentos y sin dinero se la tuvo que rebuscar para sobrevivir, trabajó dando clases en gimnasios, dio clases particulares y hasta bailó en una discoteca de donde fue portero. "Como fui indocumentado, estuve preso, pasé hambre y los domingos pedía comida en la puerta de una iglesia con los mendigos, eso fue duro, no fue bonito", se sinceró.
Pero nunca perdió el objetivo que lo había llevado hasta allí. “Estaba programado para triunfar”, reconoce. Le llegó la oportunidad de pelear en Manchester y partió hacia Inglaterra para disputar la pelea que le cambió la vida. “Caí en el segundo round del combate pero me levanté, vi a mi padre en la platea, sentí mucha vergüenza por eso por lo que me levanté y desde ese momento la pelea cambió y la gané en el último round. Ganar allí fue lo más increíble, ese día estaba solo contra todos”.
Ahora repartiendo sus días entre España y Estados Unidos donde continúa con su meticuloso entrenamiento a la espera del gran combate, Maravilla tiene en claro sus objetivos y no se encandila con las luces. "Mi vida no es la del campeón. Eso es un momento y es bueno para divertirse un rato, mi vida es en mi casa con mis cosas", reconció.
“Me costó mucho ganar mis primeros 1000 dólares y aunque ahora tenga millones todo lo valoro. Mi vida es haberle comprado una casa a mi vieja y a mis hermanos por todo lo que ellos hicieron por mí, ellos son mis verdaderos campeonatos mundiales”, relató casi al borde del llanto.
También confesó su particular comportamiento luego de las peleas: "Lejos del ruido, de las cenas enormes que quiere organizar mi promotor, llego a la habitación del hotel y en la ducha lloro. Lloro por cuarenta minutos como desahogo. Después como algo dulce, miro una película y me duermo hecho un ovillo".
Con respecto al posible encuentro con Julio César Chávez Junior se mostró ilusionado de poder enfrentarlo pero aclaró que sus objetivos son Manny Pacquiao y Floyd Mayweather, "cuando los supere, cuando les coma el hígado a ellos dos voy a poder decir que soy el número uno".
Y concluyó la entrevista dejando algo de lo que aprendió luego de tantos años de lucha: "La vida está para pelearla, la vida no es corta el problema es que pasamos mucho tiempo haciendo nada. Hay que hacer todo lo que nos proponemos, todo comienza con un sueño, hay que soñar en grande para lograr cosas grandes, yo mire Las Vegas y un poquito más arriba desde Claypole".
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